CAPÍTULO XXII. UN REGALO DE BODAS
A la mañana siguiente Random fue a ver a Braddock y le contó todo sobre la señora Jasher. El anciano académico montó en cólera, insistió en que la señora debía ser públicamente deshonrada y se dirigió al teléfono para avisar al inspector Date. Pero Random le detuvo antes de que llegara.
—Ella no sabe nada del asunto de Bolton, ni de las esmeraldas —dijo Random—. Lo único que buscaba era dinero. No lo tiene y nunca lo ha tenido. Dicho sin rodeos, su vida ha sido una batalla desesperada contra la ruina. Que la compadezca no significa que excuse su deshonestidad. Pero si arrestarla no sirve para resolver el caso, ¿qué sentido tiene?
—¡Que la arresten y la metan en la cárcel! —insistió Braddock.
—¿Con qué cargo? —preguntó Random con calma—. Todo el contenido de su carta era falso. Por lo tanto, se trata a lo sumo de un intento fraudulento de obtener dinero, no de un chantaje. La acusación no llevaría a ningún resultado. Pero, profesor, dejando eso de lado, ¿podemos hablar del asunto de la momia?
La rabia de Braddock por la señora ocupó su mente varios días, pero a fuerza de persuasión de Random se vio obligado a dejar el asunto provisionalmente. Cuando llegó a la momia, volvió a desahogarse con otra queja.
—No puedo vender la momia para darle mil libras a don Pedro —insistió—. La momia es un espécimen indispensable para mis estudios de egiptología. Es el centro de mi colección, y mi investigación depende en cierta medida de esta momia. No puedo devolvérsela a don Pedro.
—Entonces él irá a los tribunales —dijo Random tranquilamente—. Y si Vasa, el capitán Hervey, testifica, la momia será confiscada con toda seguridad. No recibirá usted ni un penique. Pero ahora puede obtener mil libras.
—Pedro no haría semejante tontería —gruñó el profesor.
—Sí que lo haría. Ya está consultando a un abogado. La historia de hace treinta años plantea complicados problemas legales: tratados con el Perú, compraventa de objetos robados, reventa a terceros de buena fe: todo eso entra en juego. De Gayangos ocupa una posición sólida. Al menos, lo que le espera es algo más engorroso que perder dinero.
—Maldita sea —dijo Braddock.
—Hay muchas maneras de conseguir fondos para la expedición a Egipto en otro momento —continuó Random con calma—. Pero ahora mismo, la mejor solución para zanjar este asunto de una vez por todas son esas mil libras. Y ese dinero se empleará para saldar la deuda con Archie Hope.
—¿Devolvérselo a Archie? Ah, es verdad —dijo Braddock, suavizándose un poco. No era rico, pero sí honrado—. Me había olvidado completamente de eso.
—¿Acepta entonces?
—Bueno —admitió Braddock a regañadientes—. No hay más remedio. Vender la momia, cobrar las mil libras y devolvérselas a Archie. Usted siempre sabe cómo arreglar las cosas, Random.
—Hago lo que puedo —dijo Random con una sonrisa, y esa misma tarde fue a la Posada del Guerrero a ver a don Pedro.
El anciano peruano tenía un aspecto de gran agotamiento. La prolongada estancia en Gartley y esta serie de penosos sucesos habían mermado su energía. Estaba con Donna Inés, y la salud y la alegría de su hija eran su sustento.
—El asunto de la momia está resuelto —anunció Random—. El profesor acepta venderla por mil libras. El cheque puede estar listo de inmediato.
—Muy bien —dijo don Pedro, recobrando algo de ánimo—. Pero, señor Random, he oído que anoche visitó usted a la señora Jasher. ¿Descubrió algo?
—Ella no tiene nada que ver con el asesinato de Bolton —dijo Random—. Pero en lo que respecta a ella, aún hay cosas que investigar.
Don Pedro asintió.
—Yo también lo pienso —dijo con calma—. Esa mujer está ocultando algo. Sólo que no sé qué.
Antes de ir a ver al capitán Hervey en Pierside, Random se encontró con Archie.
—¿Fue a ver a la viuda Anne? —preguntó Random.
—Fui —respondió Archie—. Pero no cambia su versión. Sigue insistiendo en que Sidney tomó la ropa prestada para mí.
—Miente —dijo Random con seguridad.
—Desde luego que lo creo. Pero no puedo probarlo. Hay algo más importante. Cuando fui a ver a la viuda Anne, la señora Bolton también estaba allí. Me dijo que Sidney, al parecer, estaba enamorado de la señora Jasher: le había dicho a su madre que, al volver de Malta, pensaba pedirle que se casara con él.
Random tomó nota con seriedad.
—Es importante —dijo—. Si Sidney estaba enamorado de la señora Jasher, su motivo para tratar de escapar con las esmeraldas podría haber sido conseguir el dinero necesario para casarse con ella.
—Exactamente lo que yo pienso —dijo Archie—. Ella necesitaba dinero, él era pobre. Las esmeraldas le habrían parecido la solución.
—Y la señora Jasher podría ser la mujer que habló con él por la ventana de Sailor's Rest —dijo Random despacio—. La ropa, si es que la hubo, puede que la prestara ella para él. Que ella acudiera directamente a la viuda Anne echándole la culpa a Sidney, o que Sidney la tomara prestada diciendo que era para un modelo de dibujo, para ocultar el verdadero motivo.
—¿Y fue la señora quien escondió el manuscrito en la habitación de Random?
—Es posible. Pero ella no puede huir antes de esta noche. Esta noche venga conmigo. Iremos a verla.
—De acuerdo —dijo Archie.
Antes, Random fue a Pierside. Cocatúa seguía vigilando al capitán; Hervey había cambiado el Diver por el Firefly, un carguero irregular de cuatro mil toneladas, que zarparía al día siguiente.
Random pidió a Hervey que preparara una declaración por escrito sobre el robo de la momia, como obsequio para don Pedro: un testimonio de su puño y letra. El precio, cincuenta libras.
—¿Cincuenta libras? —sopesó Hervey—. No está mal, tampoco está muy bien. Pero es un trato honrado. Mañana por la tarde desciendo el río; puedo acercar una lancha al embarcadero cercano al Fuerte al anochecer. Venga al caer la tarde y le daré la declaración.
—Trato hecho —dijo Random, y abandonó Pierside.
Esa noche Random llevó a Archie al cottage. La señora Jasher les recibió; parecía más tranquila que la noche anterior. Cuando Random le comunicó que Sidney Bolton estaba enamorado de ella, la señora palideció levemente.
—No lo sabía —dijo en voz baja—. Pobre joven.
—¿De veras no lo sabía? —preguntó Random con gentileza, pero con insistencia.
—No lo sabía —repitió ella—. Que él pensara en mí de esa manera…
—Es posible que intentara conseguir el dinero necesario para casarse con ella apoderándose de las esmeraldas —dijo Random—. ¿Y no es usted la mujer que habló con él por la ventana de Sailor's Rest?
La señora guardó silencio.
—No tengo obligación de responder a eso —dijo al fin—. Pero lo haré. La mujer de esa ventana no soy yo. Si es que le conocía, quizás sólo fue porque nos cruzamos una vez antes de que él llegara a Gartley.
Random y Archie se miraron. La señora estaba ocultando algo. Pero no se podía sacar más.
—Se lo contaré todo al profesor Braddock —dijo Random. La señora asintió despacio.
—Ya sé —dijo—. Haga lo que le parezca. Ya me da lo mismo.
Los dos hombres salieron del cottage.
De vuelta al Fuerte, Random caminaba solo por la oscuridad de la noche. Archie ya se había despedido.
Al cruzar la puerta del Fuerte, el centinela se acercó a él.
—Señor, esto estaba colocado junto a la garita hace un momento —dijo, tendiéndole un pequeño paquete envuelto en papel pardo—. Lleva su nombre escrito.
Random arqueó las cejas. El paquete estaba envuelto en papel pardo corriente y decía: «Para Sir Frank Random». De vuelta a su cuarto, lo abrió a la luz de la lámpara.
Lo que contenía era asombrosamente pesado para tan pequeño bulto. Retirado todo el papel, apareció una pequeña caja de madera. Levantó la tapa: dentro había algodón en rama, y en el centro de aquel algodón había algo que hizo contener el aliento a Random.
Era una piedra preciosa. Una gema grande, de extraordinaria belleza, de un verde mar: sin duda una esmeralda, y de un tamaño y una hermosura excepcionales; la piedra más espléndida que Random hubiera visto en su vida.
En el fondo de la cajita había un pequeño papel doblado. Random lo sacó, lo desdobló y leyó las únicas palabras que contenía.
«Para Sir Frank Random — un regalo de bodas»
Random se quedó un buen rato mirando alternativamente la esmeralda y el papel. La piedra centelleaba bajo la luz de la lámpara despidiendo un profundo verde marino.
¿Quién lo enviaba? ¿Por qué ahora? ¿Era una esmeralda auténtica? ¿O alguna clase de trampa?
Pero una cosa era segura. Algo, por fin, había empezado a moverse.