CAPÍTULO VI. EL PROCESO
Como un geográfico Lord Byron, el aislado pueblecito de Gartley amaneció cierto día para encontrarse famoso. Anteriormente desconocido, salvo para los habitantes de Brefort, Jessum y el campo circundante, y para los soldados acuartelados en el Fuerte, se convirtió en centro de interés durante nueve días. El inspector Date, de Pierside, llegó con sus policías para investigar el crimen denunciado, y los periodistas locales, olfateando el escándalo, volaron a Gartley en bicicletas y en calesas. A la mañana siguiente Londres fue debidamente informado de que faltaba una momia de gran valor, y de que el asistente del Profesor Braddock, enviado a buscarla a Malta, había sido asesinado por estrangulación. En un par de días los tres reinos resonaban con la noticia del misterio.
Y resultó ser un misterio en toda regla, pues, a pesar de los esfuerzos del inspector Date y de los detectives de Scotland Yard convocados por el Profesor, no se pudo encontrar pista alguna que condujera a la identidad del asesino. En pocas palabras, la historia que contaban los periódicos era la siguiente:
El vapor de carga Diver —al mando del capitán George Hervey— había atracado junto al muelle de Pierside a las cuatro de la tarde de un miércoles a mediados de septiembre, y unas dos horas más tarde Sidney Bolton desembarcó la caja que contenía la momia verde.
Como era imposible trasladar la caja a los Pirámides aquella misma noche, Bolton la había colocado en su dormitorio del Sailor's Rest, una mísera taberna de poco envidiable reputación cerca de la ribera. Fue visto por última vez con vida por el tabernero y la camarera, cuando, después de tomarse un vaso de inofensiva cerveza de jengibre, se retiró a la cama a las ocho, dejando instrucciones al tabernero —escuchadas por la camarera— para que la caja fuera enviada al día siguiente al Profesor Braddock, de Gartley. Bolton insinuó que quizás abandonaría el hotel pronto, y que probablemente llegaría al destino de la caja antes que ésta, a fin de avisar al Profesor Braddock —necesariamente ansioso— de su llegada sin novedad. Antes de retirarse pagó su cuenta y depositó en manos del tabernero una pequeña suma de dinero, de modo que la caja fuera enviada río abajo a Brefort y de allí trasladada en un camión a los Pirámides. Ni la camarera ni el tabernero dieron señal alguna de que Bolton tuviese el propósito de suicidarse, ni de que temiera una muerte repentina. Toda su conducta fue alegre, y manifestó que se sentía sumamente feliz de estar en Inglaterra una vez más.
A las once de la mañana siguiente, llamar con insistencia a la puerta del cuarto de Bolton y abrirla en seguida probó que él no estaba en la habitación, aunque el estado revuelto de la ropa de cama demostraba que se había descansado algo. Nadie en el hotel le dio importancia a la ausencia de Bolton, puesto que éste había insinuado que partiría temprano, aunque la camarera consideró extraño que nadie le hubiera visto salir del hotel. El tabernero cumplió las instrucciones de Bolton y envió la caja, custodiada por un hombre de confianza, a Brefort, al otro lado del río. Allí se procuró un camión y la caja fue transportada a Gartley, donde llegó a las tres de la tarde. Fue entonces cuando el Profesor Braddock, al abrir la caja, descubrió el cuerpo de su desdichado asistente, rígido en la muerte, con un cordón rojo de persiana fuertemente atado alrededor de la garganta del cadáver. El Profesor mandó buscar a la policía en seguida, y más tarde insistió en que los más hábiles detectives de Scotland Yard bajaran a dilucidar el misterio, dicen los periódicos. Por el momento, la policía y los detectives se ocupaban de buscar una aguja en un pajar, y hasta entonces no habían obtenido ningún resultado.
Tal era el relato publicado en los periódicos locales, londinenses y de provincia. Por muy ampliamente que se discutió, y muchas las teorías ofrecidas, nadie pudo aclarar el misterio. Pero todos estaban de acuerdo en que el fracaso de la policía en encontrar un indicio era inexplicable. Era bastante difícil comprender cómo el asesino había podido asesinar a Bolton y abrir la caja de embalaje, y extraer la momia para sustituirla por el cuerpo de su víctima en una casa en la que había por lo menos media docena de personas; pero era aún más difícil adivinar cómo había podido escapar el criminal con un objeto tan llamativo como la momia, envuelta en tela verde esmeralda tejida con pelo de llamas peruanas. Si el culpable era alguien que robaba y mataba por ganancia, difícilmente podría vender la momia sin ser detenido, puesto que toda Inglaterra se hacía eco de la noticia de su desaparición; si era un científico, movido al robo por una manía arqueológica, tampoco podría seguir en posesión de la momia sin que alguien se enterara de que la tenía. Mientras tanto, el ladrón y su botín habían desaparecido tan completamente como si la tierra los hubiera tragado a los dos. Grande era el asombro ante la habilidad del criminal, y muchas las soluciones ofrecidas para explicar la desaparición. Un emprendedor semanario, aprovechando la moda de los Limericks, ofrecía una casa amueblada y tres libras semanales de por vida a la persona afortunada que pudiera resolver el misterio. Aún no había nadie que hubiera ganado el premio, pero eran los primeros tiempos, y al menos cinco mil detectives aficionados trataban de resolver el problema.
Naturalmente Hope lamentó la muerte prematura de Bolton, al que había conocido como un joven afable e inteligente. Pero también le irritaba que su préstamo del dinero a Braddock hubiera quedado, por así decirlo, anulado por la pérdida de la momia. El Profesor estaba perfectamente furioso por su doble pérdida de asistente y de cadáver embalsamado, y sólo le impedía ofrecer una recompensa por el descubrimiento del ladrón y del asesino el doloroso hecho de que no tenía dinero. Insinuó a Archie que debería ofrecerse una recompensa, pero ese joven, apoyado por Lucy, se negó a tirar el buen dinero tras el malo. Braddock tomó tan a mal esta negativa, que Hope estaba plenamente convencido de que intentaría escaquearse de su promesa de permitir el matrimonio y persuadir a Lucy para que se prometiera con Sir Frank Random, si el baronet estuviera dispuesto a ofrecer una recompensa. Y Hope estaba también seguro de que Braddock, hombre singularmente obstinado, no descansaría nunca hasta volver a tener la momia en su poder. Que el asesino de Sidney Bolton fuera ahorcado era para el Profesor una consideración del todo secundaria.
Mientras tanto, la viuda Ana había insistido en que el cuerpo muerto fuera llevado a su cabaña, y Braddock, con el consentimiento del inspector Date, lo consintió de buena gana, ya que no deseaba tener un cadáver reciente bajo su techo. Por tanto, los restos del desafortunado joven fueron trasladados a su humilde hogar, y aquí fue el cuerpo inspeccionado por el jurado cuando tuvo lugar el proceso de instrucción en el salón del Warrior Inn, situado justo enfrente de la casa de la señora Bolton. Había una gran muchedumbre alrededor de la posada, ya que gente de cerca y de lejos había venido a escuchar el veredicto del jurado, y Gartley, por primera y única vez en su existencia, presentó el aspecto de un día de fiesta del banco de agosto.
El Coroner —un viejo médico de mal genio, provocado por la ambición irrealizada de un médico rural— abrió el procedimiento con un breve discurso, en el que expuso los detalles del crimen de la misma manera audaz en que habían sido publicados por los periódicos. Se presentó entonces ante el jurado un plano del Sailor's Rest, y el Coroner llamó la atención de los doce hombres buenos y de ley hacia el hecho de que el dormitorio ocupado por el difunto estaba en la planta baja, con una ventana que daba al río, a solo un tiro de piedra de distancia.
«Como veis, señores», dijo el Coroner, «la dificultad del asesino para salir del hotel con su botín no era tan grande como se ha imaginado. Lo único que tenía que hacer era abrir la ventana en las tranquilas horas de la noche, cuando no había nadie alrededor, y pasar la momia a su cómplice, que probablemente esperaba fuera. También es probable que esperase un bote en la orilla del río, y, habiéndose colocado en él la momia, el asesino y su amigo podían remar hacia lo desconocido sin la menor posibilidad de ser descubiertos.»
El inspector Date —un hombre alto, delgado, erguido, de mandíbula de hierro y expresión severa— llamó la atención del Coroner sobre el hecho de que no había prueba alguna de que el asesino tuviese un cómplice.
«Lo que usted ha manifestado, señor, puede que haya ocurrido», dijo Date con voz militar, «pero no podemos probar la verdad de su suposición, puesto que las pruebas de que disponemos son meramente circunstanciales.»
«Yo nunca sugerí que fuera de otra manera», dijo el Coroner con brusquedad. «Usted pierde el tiempo rebatiendo mis declaraciones. Diga lo que tenga que decir, señor Inspector, y presente sus testigos, si los tiene.»
«No hay testigos que puedan jurar conocer la identidad del asesino», dijo el inspector Date fríamente, y decidido a no alterarse por la aparente hostilidad del Coroner. «El criminal ha desaparecido, y nadie puede adivinar su nombre ni su oficio, ni siquiera la razón que le llevó a matar al difunto.»
Coroner: «La razón es evidente. Quería la momia.»
Inspector: «¿Por qué iba a querer la momia?»
Coroner: «Eso es lo que queremos averiguar.»
Inspector: «Exactamente, señor. Queremos saber la razón por la que el asesino estranguló al difunto.»
Coroner: «Esa razón la conocemos. Lo que queremos saber es por qué el asesino robó la momia. Y les señalaré, señor Inspector, que todavía ni siquiera sabemos el sexo del asesino. Podría ser una mujer quien asesinó al difunto.»
El Profesor Braddock, que estaba sentado cerca de la puerta del salón, más irascible que de costumbre, se levantó para contradecir.
«No hay un ápice de prueba que demuestre que el asesino era una mujer.»
Coroner: «Usted está fuera de orden, señor. Y diré que hasta el momento el inspector Date no ha presentado testigos.»
Date lanzó una mirada furiosa. Él y el Coroner eran viejos enemigos, y siempre se picaban cuando se encontraban. Parecía probable que el picajoso Profesor se sumara a la disputa y que hubiera un duelo a tres; pero Date, no queriendo un informe adverso en los periódicos sobre su manejo del caso, se contentó con la mirada furiosa antedicha, y, después de un breve discurso, llamó a Braddock. El Profesor, con cara de querubín malhumorado más que nunca, prestó declaración secamente. A su mente prevenida le parecía ridículo que se hiciera tanto alboroto sobre el cuerpo de Bolton, cuando la momia seguía sin aparecer. Sin embargo, como el descubrimiento del criminal conduciría sin duda a la recuperación de esa preciosa reliquia peruana, refrenó su ira y contestó a las preguntas del Coroner de manera bastante amable.
Después de todo, Braddock tenía muy poco que contar. Había visto, según declaró, un anuncio en un periódico de que una momia, envuelta en vendas verdes, estaba a la venta en Malta, y había enviado a su asistente a comprarla y traerla a casa. Esto se había hecho, y lo que ocurrió después de que la momia abandonara el vapor de carga era conocido de todos gracias a la prensa.
«Con lo que», gruñó el Profesor, «no estoy de acuerdo.»
«¿Qué quiere usted decir con eso?» preguntó el Coroner con brusquedad.
«Quiero decir, señor», soltó Braddock, con la misma brusquedad, «que la publicidad dada por los periódicos a estos detalles probablemente pondrá en guardia al asesino.»
«¿Por qué no en guardia a ella?» insistió el Coroner con terquedad.
«¡Tonterías! ¡Tonterías! ¡Tonterías! Mi momia no fue robada por una mujer. ¿Qué diablos iba a hacer una mujer con mi momia?»
«Sea más respetuoso, Profesor.»
«Entonces diga usted cosas con sentido, doctor», y los dos se miraron furiosos.
Después de un momento la situación se ajustó en silencio, y el Coroner hizo algunas preguntas pertinentes al asunto en cuestión.
«¿Tenía el difunto algún enemigo?»
«No, señor, no los tenía, pues no era suficientemente famoso, ni suficientemente rico, ni suficientemente inteligente para suscitar el odio de la humanidad. Era simplemente un joven inteligente, que trabajaba excelentemente cuando yo le supervisaba. Su madre es lavandera en este pueblo, y el muchacho traía la ropa lavada a mi casa. Observando que era inteligente y deseaba elevarse sobre su posición, le contraté como asistente mío y le entrené para hacer mi trabajo.»
«¿Trabajo arqueológico?»
«Sí. Yo no lavo, aunque la madre de Bolton lo haga. No haga usted preguntas tontas.»
«Sea más respetuoso», dijo el Coroner de nuevo, y se puso colorado. «¿Tiene usted alguna idea del nombre de alguien que deseara obtener la posesión de esta momia?»
«Diría que docenas de científicos de mi especialidad hubieran querido hacerse con el cadáver del Inca Caxas. Tales como...» y soltó un elenco de hombres célebres.
«Tonterías», gruñó el Coroner. «Hombres famosos como los que usted menciona no asesinarían aunque fuera para hacerse con esta momia.»
«Yo no he dicho que lo harían», replicó Braddock, «pero usted quería saber quién querría tener la momia, y se lo he dicho.»
El Coroner renunció a la pregunta.
«¿Había alguna joya en la momia que pudiera atraer a un ladrón?» preguntó.
«¡Qué demonios voy a saber yo!» se exasperó el Profesor. «Nunca desembalé la momia; nunca la vi siquiera. Cualquier joya enterrada con el Inca Caxas estaría envuelta en las vendas. Por lo que yo sé, esas vendas nunca han sido desliadas.»
«¿No puede usted arrojar ninguna luz sobre el asunto?»
«No, no puedo. Bolton fue a buscar la momia y la trajo a casa. Entendía que él llevaría personalmente a mi casa a su preciosa carga; pero no lo hizo. Por qué, no lo sé.»
Cuando el Profesor bajó del estrado, todavía enfadado por lo que consideraba preguntas innecesarias del Coroner, fue llamado el joven médico que había examinado el cadáver. Robinson declaró que el difunto había sido estrangulado mediante un cordón rojo de persiana, y que, por el estado del cuerpo, juzgaba que la muerte había tenido lugar unas doce horas más o menos antes de que Braddock abriera la caja de embalaje. Eso era a las tres de la tarde del jueves, de modo que, en opinión del testigo, el crimen fue cometido entre las dos y las tres de la madrugada del día anterior.
«Pero no puedo tener absoluta certeza sobre la hora precisa», añadió el testigo; «en todo caso, el pobre Bolton fue estrangulado después de medianoche y antes de las tres.»
«Es un margen muy amplio», gruñó el Coroner, celoso de su colega médico. «¿Había otras heridas en el cuerpo?»
«No. Puede verlo usted mismo si ha inspeccionado el cadáver.»
El Coroner, reprendido de este modo, lanzó una mirada furiosa, y después de que Robinson se retirara compareció la viuda Ana. Manifestó, entre muchos sollozos, que su hijo no tenía enemigos y que era un joven bueno y bondadoso. También relató su sueño, pero éste fue desechado por el Coroner, que no creía en lo oculto. Sin embargo, el relato de su premonición fue escuchado con profundo interés por los presentes en el tribunal. La viuda Ana concluyó su declaración preguntando cómo iba a vivir ahora que su hijo Sid había muerto. El Coroner se declaró incapaz de responder a esta pregunta, y la despidió.
A continuación fue llamado Samuel Quass, el tabernero del Sailor's Rest. Resultó ser un hombre grande y corpulento, de pelo rojo y patillas rojas, que tenía aspecto de marinero. Y de hecho pocas preguntas bastaron para saber que era un capitán de barco jubilado. Prestó su declaración de manera brusca pero honesta, y aunque regentaba una taberna tan sombría, parecía suficientemente franco. Contó más o menos lo mismo que había aparecido en los periódicos. En el hotel aquella noche sólo estaban él mismo, su mujer y sus dos hijos, y el personal de servicio. Bolton se retiró a la cama diciendo que quizás partiría temprano para Gartley, y pagó una libra para que la caja fuese llevada al otro lado del río y puesta en un camión. Como Bolton había desaparecido a la mañana siguiente, Quass cumplió las instrucciones, con el resultado que todo el mundo conocía. Declaró también que no sabía que la caja contenía una momia.
«¿Qué pensaba usted que contenía?» preguntó el Coroner con viveza.
«Ropa y curiosidades de países extranjeros», dijo el testigo tranquilamente.
«¿Se lo dijo así el señor Bolton?»
«No me dijo nada de la caja», gruñó el testigo, «pero habló mucho de Malta, que conozco bien, pues hacía escala en ese puerto con frecuencia cuando era marinero.»
«¿Insinuó que habían ocurrido peleas en Malta?»
«No, no lo hizo.»
«¿Dijo que tenía enemigos?»
«No, no lo hizo.»
«¿Le pareció un hombre que temía la muerte?»
«No, no lo hizo», dijo el testigo por tercera vez. «Parecía bastante contento. Nunca pensé por un momento que estuviera muerto hasta que oí cómo se había encontrado su cuerpo en la caja de embalaje.»
El Coroner hizo toda clase de preguntas, y lo mismo hizo el inspector Date; pero todos los intentos de incriminar a Quass fueron vanos. Era franco y directo, y contó —hasta donde era posible juzgar— todo lo que sabía. No había más remedio que despedirle, y Eliza Flight fue llamada como última testigo.
También resultó ser la más importante, pues sabía varias cosas que no había dicho a su amo, ni a los reporteros, ni siquiera a la policía. Al preguntársele por qué había guardado silencio, dijo que su deseo era obtener cualquier recompensa que se pudiera ofrecer; pero como había oído que no habría recompensa, estaba dispuesta a contar lo que sabía. Era una prueba importante.
La muchacha declaró que Bolton se había retirado a la cama a las ocho en la planta baja, y que el dormitorio tenía una ventana —como se señalaba en el plano— que daba al río, a sólo un tiro de piedra de distancia. A las nueve o un poco más tarde, la testigo salió a decir unas palabras a su novio. En la oscuridad vio que la ventana estaba abierta y que Bolton estaba hablando con una mujer vieja envuelta en un chal. No pudo ver el rostro de la mujer, ni juzgar su estatura, pues se inclinaba para escuchar a Bolton. La testigo no le prestó mucha atención, pues tenía prisa por ver a su novio. Cuando pasó de nuevo junto a la ventana a las diez, estaba cerrada y la luz apagada, por lo que pensó que el señor Bolton estaba dormido.
«Pero, a decir verdad», dijo Eliza Flight, «no pensé nada del asunto en absoluto. Sólo después del asesinato vi cuán importante era que recordara todo.»
«¿Y lo recuerda?»
«Sí, señor», dijo la muchacha con suficiente honradez. «Les he contado todo lo que ocurrió aquella noche. A la mañana siguiente...» Vaciló.
«¿Qué pasó a la mañana siguiente?»
«El señor Bolton había echado la llave a su puerta. Lo sé porque pocos minutos después de las ocho de la noche anterior, sin saber que ya se había retirado, intenté entrar en la habitación para preparar la cama para la noche. Él gritó a través de la puerta —que estaba cerrada con llave, pues lo intenté— que estaba en la cama. Eso también era mentira, pues después de las nueve le vi hablando con la mujer en la ventana.»
«Antes dijo usted una mujer vieja», dijo el Coroner, refiriéndose a sus notas. «¿Cómo sabe usted que era vieja?»
«No puedo decir si era vieja o joven», dijo la testigo con franqueza; «es sólo una manera de hablar. Llevaba un chal oscuro sobre la cabeza y un vestido oscuro. No podría decir si era vieja o joven, rubia u oscura, gorda o delgada, alta o baja. La noche era oscura.»
El Coroner se refirió al plano.
«Hay un farol de gas cerca de la ventana del dormitorio. ¿No la vio usted a esa luz?»
«Oh, sí, señor; pero sólo un momento. Le presté muy poca atención. Si hubiera sabido que el caballero iba a ser asesinado, le habría prestado mucha atención.»
«Y bien, esa puerta cerrada con llave...»
«Estaba cerrada por la noche, señor, pero cuando fui a la mañana siguiente no lo estaba. Llamé y llamé, pero no pude obtener respuesta. Como eran las once, pensé que el caballero dormía mucho tiempo, así que intenté abrir la puerta. No estaba cerrada, como digo; pero», añadió la testigo con énfasis, «la ventana tenía el pestillo puesto y la persiana estaba bajada.»
«Es bastante natural», dijo el Coroner. «El señor Bolton, después de su entrevista con la mujer, habría, naturalmente, puesto el pestillo a la ventana y bajado la persiana. Al irse a la mañana siguiente abriría la puerta con llave.»
«Con el permiso de usted, señor, pero, como sabemos, no se fue a la mañana siguiente, estando en la caja de embalaje, clavado.»
El Coroner podría haberse pateado a sí mismo por el tan natural error que había cometido, pues vio una sonrisa de mofa en los rostros a su alrededor, y particularmente en el del inspector Date.
«Entonces el asesino debió de salir por la puerta», dijo débilmente.
«Pues no sé cómo salió», gritó Eliza Flight, «pues estaba levantada a las seis y las puertas delantera y trasera del hotel estaban cerradas con llave. Y después de las seis anduve por pasillos y habitaciones haciendo mi trabajo, y el amo y la señora y los demás estaban por todas partes. ¿Cómo podía salir el asesino sin que ninguno de nosotros le viera, señor?»
«¿Acaso le vio usted y no se fijó?»
«Oh, señor, si hubiera habido algún desconocido por allí, todos nos habríamos fijado.»
Con esto concluyeron las pruebas, que eran bastante escasas. La viuda Ana fue en efecto llamada de nuevo para ver si la señorita Flight podía identificarla como la mujer que había estado hablando con Bolton, pero la testigo no logró reconocerla, y la propia viuda probó, por medio de tres amigos, que había estado bebiendo ginebra en casa durante la noche y en la hora en cuestión. Tampoco había prueba alguna que conectara a esta mujer desconocida con el asesinato, y ningún sonido —según el testimonio unánime de los inquilinos del Sailor's Rest— se había oído en el dormitorio de Bolton. Sin embargo, como observó el Coroner, debe de haber habido algún golpeteo, algún martillazo y algún ruido de crujidos. Pero nada de esto pudo probarse, y aunque varios testigos fueron interrogados de nuevo, ninguno pudo arrojar luz sobre el misterio. En estas circunstancias el jurado no pudo hacer otra cosa que emitir un veredicto de homicidio doloso contra alguna persona o personas desconocidas, lo que así se hizo. Y puede mencionarse que el cordón con el que Bolton había sido estrangulado fue identificado por el tabernero y la camarera como perteneciente a la persiana de la ventana del dormitorio.
«Bien», dijo Hope cuando terminó el proceso, «así que nada puede probarse contra nadie. ¿Qué se hace a continuación?»
«Se lo diré después de que haya visto a Random», dijo el Profesor secamente.