La momia verde

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CAPÍTULO VII. EL CAPITÁN DEL DIVER

Al día siguiente del proceso, el cadáver de Sidney Bolton fue enterrado en el cementerio de Gartley. Debido a la naturaleza de la muerte y a la publicidad dada al asesinato por la prensa, una gran muchedumbre se congregó para presenciar la inhumación, y hubo un impresionante silencio cuando el cadáver fue encomendado a la sepultura. Después, como era natural, siguieron amplias discusiones sobre el veredicto del proceso. Opinión general fue que el jurado no podría haber emitido otro veredicto, considerando la naturaleza de las pruebas aportadas; pero mucha gente declaró que el capitán Hervey, del Diver, debería haber sido llamado. Si el difunto tenía enemigos, decían estos sabihondos, era probable que se lo hubiera contado al patrón. Pero olvidaban que los testigos llamados al proceso, incluida la madre del muerto, habían insistido en que Bolton no tenía enemigos, por lo que es difícil ver qué esperaban que dijera el capitán Hervey.

Después del entierro, los periódicos hicieron muy pocos comentarios sobre el misterio. De cuando en cuando se insinuaba que se había encontrado una pista y que la policía daría antes o después con el criminal. Pero todas esas habladurías no condujeron a nada, y a medida que pasaban los días, el público —en Londres, cuando menos— perdió interés en el caso. El emprendedor semanario que había ofrecido la casa amueblada y la renta vitalicia a quien encontrara al asesino recibió una intimación del Gobierno diciendo que no podía permitirse semejante lotería. El periódico volvió, pues, a los Limericks, y los detectives aficionados, como otros tantos Otellos, se encontraron sin trabajo. Después vino una crisis política en el Lejano Oriente, y el voluble público relegó el asesinato de Bolton a la lista de crímenes sin resolver. Incluso los detectives de Scotland Yard, al no encontrar ningún indicio, perdieron interés en el asunto, y parecía que el misterio de la muerte de Bolton no se resolvería hasta el Día del Juicio Final.

Sin embargo, en el pueblo, la gente seguía estando vivamente interesada, ya que Bolton era uno de ellos, y, además, la viuda Ana mantenía un clamor perpetuo sobre su asesinado hijo. Había perdido la pequeña suma semanal que Sidney le daba de su salario, de modo que los vecinos, la gente de alcurnia del campo circundante y los oficiales del Fuerte le mandaron abundante ropa que lavar. La viuda Ana tuvo en pocas semanas un negocio bastante grande, teniendo en cuenta el tamaño del pueblo, y observó filosóficamente a una vecina que «no hay mal que por bien no venga», añadiendo también que Sidney le era más útil muerto que vivo. Pero incluso en Gartley los aldeanos se cansaron de discutir un misterio que nunca podría resolverse, y así fue como el caso se fue dejando de hablar. En estos días de ajetreo, preocupación y competencia, es asombroso lo que la gente olvida hasta los eventos importantes. Si un sol azul surgiera para iluminar el mundo en lugar del amarillo, tras nueve días de asombro, el hombre se asentaría bastante cómodamente en una existencia cerúlea. Tal es la maravillosa adaptabilidad de la humanidad.

El Profesor Braddock fue menos olvidadizo, pues siempre tenía presente la pérdida de su momia y constantemente pensaba en planes para atrapar al asesino de su difunto secretario. No es que le importara el muerto en modo alguno, salvo desde un punto de vista estrictamente comercial, pero la captura del criminal significaba la restitución de la momia, y —como Braddock decía a todo el que se ponía a su alcance— estaba decidido a recobrar posesión de su tesoro. Fue él mismo al Sailor's Rest, y enloqueció al tabernero y a sus criados con preguntas incisivas y arrebatos de cólera cuando no se les podía dar una respuesta satisfactoria. Quass se alegró cuando vio la rechoncha espalda del furioso hombrecillo, que con tal pertinacia seguía lo que todos los demás habían abandonado.

«La vida era demasiado corta», gruñó Quass, «para que le molestaran de esa manera».

El cortejo de Archie y Lucy proseguía sin contratiempos, y el Profesor no daba señales de querer deshacer el compromiso. Pero Hope, como confió a Lucy, estaba algo preocupado, pues su pordiosero tío, con un capital prestado insuficiente, había comenzado a especular en minas de Sudáfrica, y era probable que perdiera todo su dinero. En tal caso, Hope suponía que se le pediría de nuevo que compensara las pérdidas del tío, y así el matrimonio tendría que posponerse. Pero ocurrió que el pordiosero tío dio en el blanco en algunas jugadas especulativas y adquirió dinero, que reinvirtió prontamente en nuevas minas de carácter aventurero. Aun así, de momento todo iba bien, y los enamorados pasaron unos días dichosos de paz y felicidad.

Entonces cayó una bomba en la persona del capitán Hervey, quien llamó a ver al Profesor quince días después del funeral. El patrón era un hombre alto y delgado, enjuto como un fraile en ayunas y duro como el acero, con el pelo corto y rojo, bigote del mismo color agresivo, y una perilla americana. Hablaba con acento yanqui y de manera pendenciera, suficientemente irritante para el irascible Profesor. Cuando se encontró con Braddock en el museo, los dos se hicieron enemigos a la primera ojeada, y porque ambos eran de mal genio y obstinados, se cogieron una antipatía instantánea. Lo semejante no atrajo a lo semejante en este caso.

«¿Para qué quiere verme?» preguntó Braddock enfadado. Le había hecho salir Cacatúa de la lectura de un nuevo papiro para ver al visitante, y consiguientemente no estaba de muy buen humor.

«He venido a echar un parrafillo», respondió Hervey con un marcado acento americano.

«Estoy ocupado: váyase», fue la descortés respuesta.

Hervey tomó una silla y, estirando las largas piernas, sacó un negro cigarrillo, tan largo y delgado como él mismo.

«Si usted estuviera en los Estados, Profesor, le metería una bala por ese estilo de conversación. Yo no me trago eso. ¿Entiende?» y lo encendió.

«¿Es usted el capitán del Diver?»

«Así es; lo era, quiero decir. Ahora me he pasado a una bonita embarcación de vela que puede dar cien vueltas a la vieja. Calculo que en tres meses me voy a los mares del Sur, a buscar perlas. Si usted quiere, me llevo a ese Canaca, Profesor», y echó una mirada de soslayo a Cocatúa, que se hallaba en cuclillas, como de costumbre, puliendo un jarrón de esmalte azul procedente de una tumba tebana.

«Necesito los servicios del hombre», dijo Braddock rígidamente. «En cuanto a usted, señor: ya se le ha pagado por su trabajo en relación con el pasaje de Bolton y el transporte de mi momia, así que no hay más que decir.»

«¡Mucho más hay! Mucho, ya lo creo», observó el hombre del mar plácidamente, dominando un genio que en partes menos civilizadas le habría llevado a vapulear al rechoncho científico. «Mis armadores fueron pagados por ese asunto: no yo. No, señor. Así que he venido hasta este puerto a ver si puedo hacerme con unos cuantos dólares por mi cuenta.»

«No tengo dólares que darle, como caridad, quiero decir.»

«¡Bah! ¿Y quién ha pedido caridad, viejo calvo?»

Braddock se puso encarnado de furor. «Si me habla así, rufián, le echaré a la calle.»

«¿Cómo, usted?»

«Sí, yo», y el Profesor se puso de puntillas, como el gallo enano que era.

«Me hace reír, y también me cansa», murmuró Hervey, admirando el aplomo del hombrecillo. «Oiga, Profesor, tocante a esa momia...»

«Mi momia: mi momia verde. ¿Qué pasa con ella?» Braddock mordió el anzuelo que le tendía este hábil pescador.

«Así es. ¿Cuánto soltará usted si le pongo en las manos ese cadáver?»

«¡Ah!» El Profesor volvió a ponerse de puntillas, jadeando y violeta en el rostro. Casi chilló en el extremo de su ira. «Ya lo suponía.»

«¿Qué suponía?» preguntó el patrón, genuinamente sorprendido.

«Que usted había robado mi momia. Sí, no tiene para qué negarlo. Bolton, el muy tonto, le contó cuánto valía la momia, y usted estranguló al pobre diablo para hacerse con mi propiedad.»

«Vaya despacio», dijo el capitán, sin perturbarse lo más mínimo por esta acusación. «Le recuerdo que en el proceso se declaró que la ventana estaba cerrada con pestillo y la puerta abierta. ¿Cómo iba yo, pues, a meterme en ese maldito hotel a arreglar un entierro? Además, la pistola me viene más al pelo que el garrote. Eso se lo dejo a los Barrigas-Amarillas de la Costa Este.»

Braddock se sentó y se limpió el rostro. Veía bastante claro que no tenía en pie de qué sostenerse, puesto que Hervey era evidentemente inocente.

«Además», prosiguió el patrón, mascando el cigarrillo, «si hubiera querido ese viejo cadáver suyo, habría tirado a Bolton por la borda y achacado el accidente al mal tiempo. Más ventajoso para mí saquear el cajón a bordo que hacer el ridículo en tierra. No, señor, H.H. no monta su particular circo de ese maldito modo.»

«¿Y quién diablos es H.H.?»

«Yo, por supuesto. Hiram Hervey, ciudadano de los Estados Unidos de América. Natural de Nantucket. Y mire, no me saque de mis casillas, o le escalpo.»

«No puede usted scalparme», se rió Braddock, pasándose la mano por una cabeza muy calva. «Vamos, ¿qué quiere usted?»

«Dígame un precio y me pongo a buscar su verdoso cadáver.»

«¿Pensaba que iba a los Mares del Sur?»

«En tres meses, a buscar perlas. Tiempo de sobra, calculo, para montar este viejo circo que quiero que usted financie.»

«¿Tiene usted alguna sospecha?»

«No, salvo que no me creo lo del asunto de la ventana.»

«¿Qué quiere usted decir?» Braddock se irguió.

«Pues verá», dijo el yanqui lentamente, «es que entrevisté a la chica que dijo esa mentira particular en el tribunal.»

«Eliza Flight. ¿Dijo una mentira?»

«Bueno, no exactamente. La ventana estaba echada el pestillo, pero eso se hizo después de que el tipo que mandó a su amigo al otro mundo hubiera salido.»

«¿Quiere decir que la ventana estaba cerrada desde fuera?» preguntó Braddock, y luego, cuando Hervey asintió, exclamó «¡Imposible!»

«Nada de imposible, ya lo creo. El tipo que organizó el circo era atrociamente listo. El pestillo era viejo, y ató un trozo de cuerda alrededor del mismo, pasando la cuerda por la rendija entre el bastidor superior e inferior de la ventana. Al estar fuera tiró, y el pestillo se deslizó a su sitio. Pero dejó la cuerda en el suelo fuera. La recogí al día siguiente y adiviné el juego. Intenté lo mismo y salió bien.»

«Suena maravilloso y sin embargo imposible», exclamó Braddock, frotándose la calva cabeza y caminando excitadamente de un lado a otro. «Mire, vendré con usted a ver cómo se hace.»

«Eso no, a no ser que pague. Escuche», —Hervey se inclinó hacia adelante—, «por lo del asunto de la ventana está claro que nadie de dentro de la posada mató a su amigo. El que lo hizo entró y salió por la ventana, y se largó con ese viejo cadáver que usted quiere. Si ahora me da quinientas libras, que es la moneda inglesa, creo, iré husmeando por el ladrón.»

«¿Y dónde piensa que puedo obtener yo quinientas libras?» preguntó el Profesor muy secamente.

«Pues, si ese maldito cadáver lo vale, estará usted dispuesto a negociar. No vive usted en esta casa de balde.»

«Mi buen amigo, tengo lo suficiente para vivir, y obtengo esta casa por un pequeño alquiler en razón de su aislamiento. Pero lo mismo podría volar que encontrar la suma de quinientas libras.»

Hervey se levantó y estiró las piernas.

«En ese caso, creo que mejor vuelvo a Pierside.»

«Un momento, señor. ¿Sucedió algo durante el viaje? ¿Dijo Bolton algo que pueda llevar a suponer que estaba en peligro de ser robado y asesinado?»

«No», dijo el patrón pensativo, tirándose de la perilla. «Me dijo que había conseguido el viejo cadáver y lo traía a usted. No hablé mucho con Bolton; no era de mi estilo.»

«¿Tiene usted alguna idea de quién le mató?»

«No, ninguna.»

«¿Cómo se propone entonces encontrar al criminal que tiene la momia?»

«Déme usted quinientas libras y ya verá», dijo Hervey fríamente.

«No tengo el dinero.»

«Pues no recuperará el cadáver. Adiós», y el patrón se encaminó hacia la puerta. Braddock le siguió.

«¿Tiene usted una pista?»

«No, no tengo nada; ni siquiera esas quinientas libras de que hace tanta alharaca. Un día perdido para H.H., calculo. ¡Espere!» Garabateó en una tarjeta y la tiró a través de la habitación. «Esa es mi dirección en Pierside, si cambia usted de maldita opinión.»

El Profesor recogió la tarjeta. «¡El Sailor's Rest! ¿Qué, se hospeda usted allí?» Entonces, cuando Hervey asintió, exclamó violentamente: «Pues yo creo que tiene usted una pista, y para seguirla se queda en el hotel.»

«Puede que sí y puede que no», replicó el capitán, abriendo la puerta de golpe; «en todo caso, no voy a buscar ese cadáver sin los dólares.»

Cuando Hiram Hervey se marchó, el Profesor rabiaba tan violentamente de un lado a otro de la habitación que Cacatúa quedó amilanado por su ira. Al parecer, este patrón americano sabía de algo que podría conducir al descubrimiento del asesino y, accidentalmente, a la restitución de la momia verde a su legítimo propietario. Pero no daría un paso sin recibir quinientas libras, y Braddock no sabía dónde procurarse esa cantidad. Habiendo ya hace tiempo comprobado la situación financiera de Hope, sabía muy bien que no había posibilidad de obtener un segundo cheque en esa dirección. Estaba, por supuesto, Random, de quien había oído casualmente que había regresado de su crucero en yate y estaba ahora de vuelta en el Fuerte. Pero Random amaba a Lucy, y probablemente sólo daría o prestaría el dinero a condición de que el Profesor le ayudara en su cortejo. En tal caso, puesto que Lucy estaba prometida a Hope, habría alguna dificultad en alterar las condiciones actuales. Pero al llegar a este punto en sus meditaciones algo iracundas, Braddock mandó a Cocatúa con un mensaje a su hijastra, diciendo que deseaba verla.

«Veré si ama de verdad a Hope», pensó el Profesor, frotándose las regordetas manos. «Si no le ama, puede que haya una oportunidad de que le rechace para convertirse en lady Random. Entonces podré obtener el dinero. Y en verdad», soliloquió el Profesor virtuosamente, «debo hacerle ver que está mal hacer un matrimonio pobre, cuando puede conseguir un marido rico. No haré sino cumplir con mi deber con mi querida difunta esposa, evitando que se case con la pobreza. Pero las muchachas son tan obstinadas, y Lucy es una muchacha cabal.»

Su amable preocupación en nombre de la señorita Kendal sólo quedó interrumpida por la entrada de la propia joven. El Profesor Braddock mostró entonces sus cartas con demasiada claridad, evidenciando un fuerte deseo de congraciarla en todo. Le buscó asiento: le preguntó por su salud: le dijo que cada día estaba más guapa, y de todas las formas se comportó de manera tan distinta a su habitual que Lucy se alarmó y pensó que había bebido.

«¿Por qué me ha mandado llamar?» preguntó, ansiosa por ir al grano.

«¡Ah!» Braddock ladeó su venerable cabeza como un pájaro travieso y sonrió de manera infantil. «Tengo buenas noticias para usted.»

«¿Sobre la momia?» preguntó inocentemente.

«No, sobre carne y hueso, que es lo que usted prefiere. Sir Frank Random ha regresado al Fuerte. ¡Ahí va!»

«Ya lo sé», fue la inesperada respuesta de la señorita Kendal. «Su yate llegó a Pierside la misma tarde que llegó El Diver.»

«¡Oh, de veras!» dijo el Profesor, sorprendido por la coincidencia, y mirando fijamente. «¿Cómo lo sabe?»

«Archie se encontró el otro día con Sir Frank y supo tanto.»

«¿Qué?» Braddock adoptó una actitud trágica. «¿Quiere usted decir que esos dos jóvenes se hablan el uno al otro?»

«Sí. ¿Por qué no? Son amigos.»

«¡Oh!» Braddock volvió a ponerse travieso. «Creía que eran dos amantes de cierta joven que se encuentra en esta habitación.»

Para entonces Lucy empezaba a adivinar a lo que apuntaba su padrastro, y se fue poniendo correspondientemente irritada.

«Archie es mi único amante ahora», observó con rigidez. «Sir Frank sabe que estamos comprometidos y está muy dispuesto a ser amigo de los dos.»

«¿Y eso lo llama amor? ¡Idiota!» gritó el Profesor, muy disgustado. «Pero quiero hacerle observar a usted, Lucy, —y lo hago por mi profundo afecto hacia usted, querida niña— que Sir Frank es rico.»

«Archie también lo es, en mi amor.»

«¡Tonterías! ¡Tonterías! Eso es un mero y absurdo romanticismo. No tiene dinero.»

«No debería usted decir eso. Archie tuvo dinero por valor de mil libras, que le dio a usted.»

«Mil libras: una miseria. Piense usted, Lucy, que si se casa con Random tendrá un título.»

La señorita Kendal, a quien se le iba agotando la paciencia, pisoteó con un pie muy elegante.

«No sé por qué habla usted así, padre.»

«Deseo verla feliz.»

«Pues su deseo se cumple: me ve feliz. Pero no seré feliz mucho tiempo si sigue molestándome para que me case con un hombre que me importa un bledo. Voy a ser la señora Hope, y punto.»

«Hija mía», dijo el Profesor, que siempre se volvía paternal cuando más obstinado era, «tengo razones para creer que se puede descubrir la momia verde y vengarse de la muerte del pobre Sidney si se ofrece una recompensa de quinientas libras. Si Hope pudiera darme ese dinero...»

«No lo hará: no voy a permitirlo. Ya ha perdido demasiado.»

«En ese caso, tendré que acudir a Sir Frank Random.»

«Pues acuda», replicó ella, decididamente irritada; «no es asunto mío. No quiero oír nada de eso.»

«Es asunto suyo, señorita», gritó Braddock, que a su vez se fue irritando y poniéndose muy encarnado; «usted sabe que solo procurándole que se case con Random puedo obtener el dinero.»

«¡Oh!» dijo Lucy fríamente. «Así que para eso me mandó llamar. Bien, padre, estoy harta de esto. Usted dio su consentimiento para que Archie se prometiera conmigo a cambio de mil libras. Como le amo, me atengo a su palabra. Si no le amara, habría rehusado casarme con él. ¿Entiende?»

«Entiendo que tengo una muchacha muy obstinada a quien tratar. Se casará como yo decida.»

«No haré nada de eso. No tiene usted derecho a dictarme la elección de marido.»

«¿Sin derecho, cuando soy su padre?»

«Usted no es mi padre: sólo mi padrastro, mero pariente por matrimonio. Soy mayor de edad. Puedo hacer lo que me plazca, y así lo haré.»

«Pero, Lucy», suplicó Braddock, cambiando de tono, «piense.»

«He pensado. Me caso con Archie.»

«Pero él es pobre y Random es rico.»

«Me da lo mismo. Amo a Archie y no amo a Frank.»

«¿Quiere que pierda la momia para siempre?»

«Sí, si mi desgracia ha de ser el precio de su rescate. ¿Por qué voy a venderme a un hombre que nada me importa, sólo porque usted quiere un viejo y mohoso cadáver? Y ahora me voy.» Lucy caminó hacia la puerta. «No voy a escuchar una palabra más. Y si vuelve a molestarme, me caso con Archie en seguida y dejo la casa.»

«De todas formas puedo hacerle salir, muchacha desagradecida», vociferó Braddock, que estaba morado de rabia, pues no tenía nunca muy buen genio. «¡Mire lo que he hecho por usted!»

La señorita Kendal podría haber señalado que su padrastro no había hecho nada que no fuera atenderse a sí mismo. Pero desdeñó semejante argumento, y sin decir una palabra más abrió la puerta y salió. Casi inmediatamente después entró Cocatúa, para gran alivio del Profesor, quien desahogó sus sentimientos pateando al desgraciado canaco. Luego se sentó de nuevo a considerar los medios de obtener la necesaria momia y el aún más necesario dinero.