CAPÍTULO V. MISTERIO
Después de aquel grito de agonía de la viuda Ana, se hizo el silencio durante un minuto entero. El terrible contenido de la caja de embalaje sobresaltó y aterró a todos los presentes. Pálida y desfallecida, Lucy se aferró al brazo de su amado para no caer al suelo, como había hecho la señora Bolton. Archie contempló la grotesca rigidez del cadáver como si se hubiera convertido en piedra, mientras el Profesor Braddock hacía lo propio, sin poder dar crédito a lo que veían sus ojos. Sólo el canaca permanecía impasible, en cuclillas, observando indiferente a vivos y muertos. No cabía esperar de un salvaje los nervios de un hombre civilizado.
Braddock, que había soltado el escoplo y el martillo en el primer movimiento de sorpresa, fue el más rápido en recobrar el uso de la palabra. La única pregunta que hizo revelaba el asombroso egocentrismo de un científico subyugado por una sola idea. «¿Dónde está la momia del Inca Caxas?», murmuró con aire desconcertado.
La viuda Ana, que se había derrumbado en el suelo, se tiró de las canas hasta ponerlas en confuso desorden y lanzó un grito de rabia y dolor mezclados. «¿Que él pregunta eso? ¿Que él pregunta eso?», exclamó entre sollozos y tartamudeos, «cuando ha asesinado a mi pobre Sidney.»
«¿Cómo dice usted?» exigió Braddock con dureza, volviendo en sí de un estupor verdadero en el que le habían hundido la desaparición de la momia y la visión de su muerto asistente. «Matar a su hijo: ¿cómo iba yo a matar a su hijo? ¿Qué provecho me habría reportado matar a su hijo?»
«¡Dios lo sabe! ¡Dios lo sabe!» sollozó la anciana, «pero usted——»
«Señora Bolton, está usted delirando», dijo Hope precipitadamente, y trató de levantarla del suelo. «Deje que la señorita Kendal la acompañe. Y usted váyase, Lucy: este espectáculo es demasiado terrible para sus ojos.»
Lucy, que no podía articular palabra por el miedo nervioso, asintió con la cabeza y se tambaleó hacia la puerta del museo; pero la viuda Ana se negó a que la levantaran.
«Mi hijo está muerto», gimió, «mi Sidney está convertido en cadáver, tal como le vi en mi sueño. En el ataúd también, hecho pedazos——»
«¡Tonterías! ¡Tonterías!» interrumpió Braddock, escudriñando las profundidades de la caja de embalaje. «No veo ninguna herida.»
La señora Bolton se puso en pie de un salto con una agilidad sorprendente en una mujer tan mayor. «Déjeme encontrar la herida a mí», gritó, lanzándose hacia adelante.
Hope la sujetó y la empujó hacia la puerta. «¡No! El cuerpo no debe tocarse hasta que lo vea la policía», dijo con firmeza.
«La policía, ah, sí, la policía», observó Braddock en seguida, «hay que mandar buscar a la policía de Pierside y decirles que me han robado la momia.»
«Que han asesinado a mi hijo», chilló la viuda Ana, agitando los brazos esqueléticos y forcejeando para escaparse de Archie. «Maldito viejo, asesino de mi querido Sidney. Si no hubiera ido a esas tierras extranjeras, ahora no sería un cadáver. Pero reclamaré justicia: le ahorcarán a usted, a usted——»
Braddock perdió la paciencia ante este torrente de injustas acusaciones y se abalanzó sobre la señora Bolton arrastrando a Cacatúa del brazo. En menos tiempo del que se tarda en contarlo, había barrido tanto a Archie como a la viuda hacia el vestíbulo, donde Lucy temblaba, y Cacatúa, por orden de su amo, echaba la llave a la puerta.
«Nadie tocará nada hasta que llegue la policía. Hope, usted es testigo de que no he tocado al muerto: usted estaba presente cuando abrí la caja de embalaje; usted ha visto que un inútil cadáver ha sido sustituido por una valiosa momia. Y sin embargo esta vieja bruja se atreve... se atreve...» Braddock pataleó y quedó incoherente de pura rabia.
Archie le tranquilizó, soltando el brazo de la viuda Ana. «¡Silencio! ¡Silencio!» dijo el joven con calma. «La pobre mujer no sabe lo que dice. Iré a buscar a la policía y——»
«No», interrumpió el Profesor con brusquedad; «Cacatúa puede ir a buscar al inspector de Pierside. Yo llamaré al alguacil del pueblo. Mientras tanto, quédese usted con la llave del museo», la dejó caer en el bolsillo del pecho de Hope, «para que usted y la policía puedan comprobar que no se ha tocado el cuerpo. Viuda Bolton, váyase a casa», se volvió airado hacia la anciana, que ahora temblaba tras su estallido de furia. «Y no se atreva a volver hasta que pida usted perdón por lo que ha dicho.»
«Quiero estar cerca del cadáver de mi pobre hijo», gimió la viuda Ana, «y lo siento mucho, Profesor. No pretendía...»
«Pero lo ha dicho, bruja. ¡Fuera!» y pateó.
Pero Lucy ya había recobrado el dominio de sí misma, que se había visto tan seriamente quebrantado por la visión del muerto. «Déjela a mi cuidado», observó, tomando del brazo a la señora Bolton y conduciéndola hacia la escalera. «La llevaré a mi habitación y le daré coñac. Padre, hay que tener alguna consideración con su dolor natural, y——»
Braddock volvió a patalear. «¡Llévatela! ¡Llévatela!» gritó irritado, «y que no me la vuelva a poner delante de los ojos. ¿No basta con haber perdido a un asistente inapreciable y a una costosa momia de valor histórico y arqueológico inmenso, para que además me acusen a mí de... de... ¡oh!» El Profesor se ahogó de rabia y sacudió el puño en el aire.
Viendo que era incapaz de hablar, Lucy aprovechó la calma de la tormenta, y se apresuró a llevar escaleras arriba a la anciana, que sollozaba y gemía. Para entonces, los gritos de la señora Bolton y la cólera verbosa de Braddock habían atraído a la cocinera y a su marido, junto con la doncella, desde el sótano a la planta baja. La visión de sus rostros sorprendidos sólo aumentó la cólera del amo, que avanzó furioso.
«¡Bajen! ¡Bajen, les digo!»
«Pero si hay algo malo, señor», se atrevió a decir el jardinero tímidamente.
«Todo va mal. Mi momia se ha perdido; el señor Bolton ha sido asesinado. Viene la policía, y... y...» Se ahogó de nuevo.
Pero los criados no esperaron a oír más. La mera mención de las palabras «asesinato» y «policía» los mandó, pálidos y atónitos, de vuelta al sótano, donde se apretujaron como un rebaño de ovejas. Braddock buscó a Hope con la vista, pero descubrió que éste había abierto la puerta principal y había desaparecido. Pero estaba demasiado perturbado para pensar en por qué Archie se había ido, y había mucho que hacer para poner las cosas en orden. Haciendo una seña a Cacatúa, entró en una habitación lateral y garabateó a lápiz una nota para el inspector de policía de Pierside, comunicándole lo que había ocurrido y pidiéndole que viniera enseguida a los Piramides con sus subordinados. Esta comunicación la despachó por medio de Cacatúa, que voló a buscar su bicicleta. En poco tiempo estaba pedaleando a toda velocidad hacia Brefort, que estaba en este lado del río, frente a Pierside. Desde allí podía cruzar en barco a la ciudad y entregar su terrible mensaje.
Habiendo hecho todo lo que podía hasta que llegara la policía, Braddock salió por la puerta principal a la carretera para ver si Archie estaba a la vista. No vio al joven, pero, como suele ocurrir, y por una de esas coincidencias que son mucho más comunes de lo que se supone, vio al médico de Gartley que pasaba a buen paso.
«¡Oiga!» gritó el Profesor, que tenía la cara de un rojo violáceo y sudaba a mares. «¡Oiga, doctor Robinson! Le necesito. ¡Venga! ¡Venga! ¡Dese prisa, hombre, dese prisa!» terminó con rabia impaciencia, y el doctor, conociendo las extravagancias de Braddock, se acercó sonriendo. Era un joven médico esbelto y moreno de semblante amable, que no hacía pensar en ninguna inteligencia poderosa.
«Vaya, Profesor», dijo tranquilamente, «¿quiere usted que le atienda por la apoplejía? Tranquilícese, querido señor... tranquilícese.» Le dio unas palmadas en el hombro para calmar su ruidosa furia. «Ya tiene usted la cara violeta. No deje que la sangre le suba a la cabeza.»
«¡Robinson, usted es un... un... imbécil!» gritó Braddock, mirando furioso los amables modales del médico. «Estoy perfectamente sano, maldita sea.»
«Entonces, la señorita Kendal...»
«Ella también está perfectamente bien. Pero Bolton...»
«¡Oh!» Robinson mostró interés. «¿Ha vuelto con su momia?»
«¡La momia!» bramó Braddock, pataleando como un Cupido enloquecido. «La momia no ha llegado.»
«Realmente, Profesor, me sorprende usted», dijo el médico suavemente.
«Le voy a sorprender más», gruñó Braddock, arrastrando a Robinson hacia el jardín y subiendo los escalones.
«¡Con calma! ¡Con calma! querido señor», dijo el médico, que de verdad empezaba a pensar que tanto saber había vuelto loco al Profesor. «¿Bolton no...?»
«Bolton está muerto, imbécil.»
«¡Muerto!» El médico casi cayó hacia atrás por los escalones.
«Asesinado. Por lo menos creo que ha sido asesinado. En cualquier caso, llegó hoy aquí en la caja de embalaje, que debería haber contenido mi momia verde. Venga a examinar el cuerpo en seguida. No», Braddock empujó al médico hacia atrás con la misma fuerza con que lo había arrastrado hacia adelante, «espere hasta que llegue el alguacil. Quiero que él vea el cuerpo primero, y que compruebe que nada se ha tocado. He mandado buscar al inspector de Pierside. Estará aquí pronto. Habrá toda clase de complicaciones», gritó Braddock con desesperación, «y mi trabajo, el más importante, se retrasará, sólo porque ese asno de Sidney Bolton decidió que le asesinaran», y el Profesor se paseaba arriba y abajo por el vestíbulo, agitando los brazos impotentes en el aire.
«¡Santo cielo!» balbuceó Robinson, que era joven de años y algo nuevo en su profesión. «Usted... usted debe estar equivocado.»
«¡Equivocado! ¡Equivocado!» gritó Braddock con otra mirada feroz. «¡Venga a ver entonces el cadáver de ese pobre hombre! Está muerto, asesinado.»
«¿Por quién?»
«Que le joroben, señor, ¿cómo voy yo a saberlo?»
«¿De qué modo ha sido asesinado? ¿Apuñalado, disparado o...»
«¡No lo sé! ¡No lo sé! Qué molestia perder a un hombre como Bolton... asistente inapreciable. Lo que voy a hacer sin él no lo sé verdaderamente. Y su madre ha estado aquí, formando un escándalo interminable.»
«¿Puede usted reprochárselo?» dijo el médico, recbrando el aliento. «Es su madre, al fin y al cabo, y el pobre Bolton era su único hijo.»
«¡No estoy negando el parentesco, maldita sea!» soltó el Profesor, revolviendo el cabello hasta que se le puso de punta como la cresta de un loro. «Pero que no... ¡ah!» Miró por la puerta abierta y se lanzó hacia el umbral. «Aquí están Hope y Painter. Entren... entren. Tengo aquí al médico. Hope, usted tiene la llave. Observe, alguacil, que el señor Hope tiene la llave. Abra la puerta; abra la puerta y veamos el significado de este terrible crimen.»
«¿Crimen, señor?» preguntó el alguacil, que lo había oído todo de boca de Hope pero que ahora quería oír lo que Braddock tenía que decir.
«Sí, crimen; crimen, ¡idiota! He perdido mi momia.»
«Pero creía, señor, que había un asesinato...»
«Oh, por supuesto... por supuesto», parloteó el Profesor, como si la muerte fuera una consideración bastante secundaria. «Bolton está muerto... asesinado, supongo, ya que difícilmente podría haberse clavado él solo en una caja de embalaje. Pero es mi preciosa momia lo que me preocupa, Painter. Una momia... si usted sabe lo que es una momia... que me costó novecientas libras. Entre, hombre. Entre y no se quede ahí boquiabierto. ¿No ve usted que el señor Hope ha abierto la puerta? He mandado a Cacatúa a Pierside para avisar a la policía. Estarán aquí pronto. Mientras tanto, doctor, puede usted examinar el cuerpo, y Painter puede dar su opinión sobre quién robó mi momia.»
«El asesino robó la momia», dijo Archie, al entrar los cuatro hombres al museo, «y sustituyó la momia por el cuerpo del asesinado.»
«Eso es el A B C», dijo Braddock con aspereza, entrando en la vasta sala. «Pero lo que queremos saber es el nombre del asesino, si hemos de vengar a Bolton y recuperar mi momia. ¡Qué pérdida! ¡Qué pérdida! He perdido novecientas libras, o digamos mil, contando el coste de traer al Inca Caxas a Inglaterra.»
Archie se abstuvo de recordarle al Profesor quién había perdido realmente el dinero, ya que el científico no estaba en condiciones de que le hablaran razonablemente, y parecía mucho más preocupado por haber perdido su reliquia peruana de humanidad que por la terrible muerte de Sidney Bolton. Pero para entonces Painter —un joven alguacil rubio de escasa inteligencia— estaba examinando la caja de embalaje e inspeccionando al muerto. El doctor Robinson miraba también con ojo profesional, y Braddock, secándose el rostro violáceo y jadeando de agotamiento, se sentó sobre un sarcófago de piedra. Archie, cruzado de brazos, se apoyó contra la pared y esperó en silencio para oír lo que dirían los expertos en crímenes y medicina.
La caja de embalaje era profunda, ancha y larga, hecha de teca resistente y reforzada a intervalos con flejes de hierro. Dentro había una caja de hojalata que, cuando contenía la momia, había sido soldada herméticamente, impermeable al aire y al agua. Pero la persona desconocida que había extraído la momia para sustituirla por el cuerpo de un hombre asesinado había cortado el revestimiento de hojalata con algún instrumento afilado. Había paja alrededor del revestimiento de hojalata y paja en el interior, entre la cual estaba colocado el cuerpo del desgraciado joven. La rigidez cadavérica se había instalado, y el cadáver, con las piernas extendidas y las manos rígidamente colocadas a los costados, yacía contra el fondo del revestimiento de hojalata, rodeado más o menos por el relleno de paja, o al menos por tanto de él como el Profesor no había arrancado. El rostro parecía oscuro, y los ojos estaban muy abiertos y fijos. Robinson se adelantó y pasó la mano por el cuello. Lanzando una exclamación, retiró la bufanda de lana que el muerto probablemente había llevado puesta para no coger frío, y los que miraban vieron que un cordón rojo de persiana estaba firmemente atado al cuello del cadáver.
«El pobre diablo ha sido estrangulado», dijo el médico con calma. «Vea: el asesino ha dejado el arma al cuello y ha tenido el arrojo de colocar encima esta bufanda, que pertenecía a Bolton.»
«¿Cómo lo sabe usted, señor?» preguntó Painter pesadamente.
«Porque la viuda Ana tejió esa bufanda para Bolton antes de que se fuera a Malta. Él me la enseñó riendo, diciendo que su madre evidentemente creía que iba a Laponia.»
«¿Cuándo se la enseñó, señor?»
«Antes de irse a Malta, por supuesto», dijo Robinson con leve sorpresa. «No supone usted que me la enseñó a la vuelta. ¿Cuándo volvió a Inglaterra?» le preguntó al Profesor, como idea repentina.
«Ayer por la tarde, alrededor de las cuatro», respondió Braddock.
«Entonces, por el estado del cuerpo», — el médico palpó la carne muerta —, «debió de ser asesinado anoche. ¡Hm! Con su permiso, Painter, examinaré el cadáver.»
El alguacil movió la cabeza en sentido negativo. «Mejor espere, señor, a que llegue el inspector», dijo con su voz sin inteligencia. «¡Pobre Sid! Vaya, yo le conocía. Iba a la escuela conmigo, y ahora está muerto. ¿Quién le mató?»
Ninguno de los que le escuchaban pudo contestar esta pregunta.