La momia verde

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CAPÍTULO II. EL PROFESOR BRADDOCK

La única mansión verdaderamente suntuosa de Gartley era la antigua casa georgiana conocida como las Pirámides. El padrastro de Lucy había dado al lugar ese nombre excéntrico cuando se instaló allí unos diez años antes. Hasta entonces la vivienda había sido ocupada por el señor del lugar y su familia. Pero ahora el viejo hacendado había muerto y sus hijos sin blanca se habían dispersado a los cuatro confines del mundo en busca del dinero con que recomponer sus fortunas arruinadas. Como el pueblo era algo aislado y estaba situado en una zona de marismas más bien insalubre, el enorme y espacioso caserón no había sido fácil de alquilar, y había resultado del todo imposible de vender. En estas desastrosas circunstancias, el Profesor Braddock —quien se describía humorísticamente como «un pauper científico»— había obtenido el arrendamiento a un precio ridículamente bajo, con gran satisfacción suya.

Muchas personas habrían pagado dinero por evitar el destierro en aquellas húmedas tierras baldías que parecían bordear la civilización, pero su soledad y desolación le convenían al Profesor a la perfección. Necesitaba amplio espacio para su colección egipcia, y mucho tiempo para descifrar jeroglíficos y estudiar las perecidas dinastías del Valle del Nilo. El mundo del presente no le interesaba a Braddock lo más mínimo. Vivía casi sin cesar en ese plano mental que tenía que ver con el pasado más remoto, y sólo se ocupaba de la existencia física cuando ésta consistía en momias y escarabajos místicos, ornamentos sepulcrales, documentos pintados, deidades con cabeza de halcón y demás objetos de una antigüedad casi inconcebible. Rara vez salía de paseo y llegaba invariablemente tarde a las comidas, salvo cuando se perdía alguna del todo, lo que sucedía con frecuencia. Distraído en la conversación, desaliñado en el vestir, poco práctico en los negocios, soñador de talante, el Profesor Braddock vivía únicamente para la arqueología. Que semejante hombre se hubiera tomado una esposa era un misterio.

Y sin embargo se había casado quince años antes con una viuda que poseía unos ingresos modestos y una niña pequeña. Fue la oportunidad de asegurarse el uso de unos ingresos regulares lo que había atraído a Braddock hacia la trampa matrimonial de la señora Kendal. Por decirlo llanamente, se había casado con la agradable viuda por su dinero, aunque difícilmente podía llamársele un cazafortunas. Como Eugène Aram, deseaba el dinero para contribuir al saber, y así como ese erudito había cometido un asesinato para conseguir lo que quería, el Profesor se casó para lograr sus fines. Estos consistían en tener a alguien que administrara la casa y quedar libre de la necesidad de ganarse el pan, de modo que pudiera entregarse a aficiones más placenteras que el dinero. La señora Kendal era una dama plácida y flemática, que apreciaba al Profesor más que le amaba, y que lo deseaba más como compañero que como marido. Con Braddock no contrajo tanto un matrimonio romántico como ingresó en una asociación armoniosa. Ella quería un hombre en casa y él deseaba liberarse de los apuros pecuniarios. En estos términos se cerró el prosaico trato, y la señora Kendal se convirtió en la esposa del Profesor con resultados completamente satisfactorios. Ella le dio un hogar a su marido y a su hija un padre, quien se encariñó con Lucy y que, teniendo en cuenta que era un padre meramente aficionado, se condujo admirablemente.

Pero esa sensata asociación duró sólo cinco años. La señora Braddock murió de un enfriamiento en el hígado y dejó al Profesor sus quinientas libras anuales de por vida, con el remanente para Lucy, entonces una niña de diez años. Fue en ese momento crítico cuando Braddock se convirtió en hombre práctico por primera y última vez en su soñadora vida. Enterró a su esposa con pesar sincero —pues se había encariñado de veras con ella a su manera distraída— y mandó a Lucy a un internado de Hampstead. Tras entrevistarse con el abogado de su difunta esposa para cerciorarse de que los ingresos estaban a salvo, buscó una casa en el campo y descubrió enseguida Gartley Grange, que nadie quería por su aislamiento. A los tres meses del entierro de la señora Braddock, el viudo se había trasladado con su colección a Gartley y le había dado a su nueva morada el nombre de las Pirámides. Aquí vivió tranquila y placenteramente —desde su punto de vista árido como el polvo— durante diez años, y aquí fue a parar Lucy Kendal cuando terminó su educación. La llegada de una joven en edad de casarse no supuso diferencia alguna en los hábitos del Profesor, quien la recibió con agradecimiento como sucesora de su madre en la gestión del pequeño establecimiento. Es de temer que Braddock fuera algo egoísta en sus puntos de vista, pero la idea fija de la investigación arqueológica le hacía egotista.

La mansión era de tres pisos, de tejado plano, sumamente fea e inesperadamente cómoda. Construida de ladrillo rojo ennegrecido con lúgubres molduras de piedra blanca, estaba situada unos pocos metros retirada de la carretera que iba de Gartley Fort por el pueblo y, en el punto exacto donde estaban situadas las Pirámides, torcía bruscamente entre arboledas para terminar una milla más allá en Jessum, la estación local de la Thames Railway Line. Una verja de hierro, empotrada en una cantería en ruinas, separaba el estrecho jardín delantero de la carretera, y a ambos lados de la puerta —a la que se llegaba subiendo cinco escalones poco profundos— crecían dos pequeños tejos, pulcramente recortados y modelados en conos de verde apagado. Estos tejos poseían cierta significación mágica, que el Profesor Braddock explicaba de cuando en cuando a los visitantes ocasionales interesados en asuntos ocultos; pues, entre otras cosas egipcias, el arqueólogo investigaba la magia de los Hijos de Khem, e insistía en que había más verdad que superstición en sus encantamientos.

Braddock utilizaba todas las vastas salas de la planta baja para alojar su colección de antigüedades, que había ido reuniendo a lo largo de muchos años laboriosos. Vivía enteramente en ese museo, pues su dormitorio era contiguo a su estudio, y con frecuencia devoraba sus precipitadas comidas entre los brillantemente pintados sarcófagos. Los muertos embalsamados poblaban su mundo, y sólo de vez en cuando, cuando Lucy insistía, subía al primer piso, que era su particular morada. Aquí estaban el salón, el comedor y el tocador de Lucy; aquí también había varios dormitorios, amueblados y sin amueblar, en uno de los cuales dormía la señorita Kendal, mientras los demás permanecían vacíos para los visitantes ocasionales, principalmente del mundo científico. La tercera planta estaba reservada a la cocinera, su marido —que hacía de jardinero— y a la doncella de comedor, una doméstica polivalente que trabajaba de la mañana a la noche para mantener limpia la gran casa. Durante el día estos criados atendían sus quehaceres en un cómodo sótano, donde la cocinera reinaba de manera suprema. Detrás de la mansión se extendía un huerto bastante amplio, al que el marido de la cocinera dedicaba su atención. Este era el dominio completo perteneciente al arrendatario, pues, como es natural, el Profesor no arrendaba las fincas cultivables ni las cómodas granjas que habían pertenecido a la familia desposeída.

Todo en la casa marchaba sin tropiezos, pues Lucy era una joven metódica que se regía por el reloj y el almanaque. Braddock poco sabía cuánto de su innegable comodidad le debía a sus cuidados solícitos; porque, antes de su regreso de la escuela, los domésticos sin escrúpulos le habían robado por todas partes. Cuando llegó su hijastra, él se limitó a entregarle las llaves y el dinero de la casa —una suma fija— y le dio instrucciones estrictas de no molestarle. La señorita Kendal observó fielmente esta consigna, pues disfrutaba siendo dueña sin disputa, y sabía que, mientras su padrastro tuviera sus comidas, su cama, su baño y su ropa, no necesitaba nada más que la constante compañía de sus amadas momias, de las que nadie deseaba privarle. Estas las desempolvaba, limpiaba y reordenaba él mismo. Ni siquiera Lucy se atrevía a invadir el museo, y la mera mención de la limpieza de primavera hacía que el Profesor montase en cólera y soltase improperios.

Al regresar del paseo con Archie, la muchacha había atraído a su padrastro hasta hacerle ponerse un traje de etiqueta enmohecido que llevaba muchos años prestando servicio, y le había embaucado para que prometiera estar presente en la cena. La señora Jasher, la alegre viuda del distrito, iba a venir, y Braddock apreciaba a una mujer que le miraba como al único sabio del mundo. Hasta la ciencia es susceptible a la adulación juiciosa, y la señora Jasher nunca era remisa en poner su admiración en palabras. Los cotilleos femeninos declaraban que la viuda deseaba convertirse en la segunda señora Braddock, pero si así era en realidad, tenía pocas posibilidades de lograr su fin. El Profesor había sacrificado una vez su libertad para asegurarse una renta, y, habiendo adquirido quinientas libras anuales, no estaba dispuesto a una segunda aventura matrimonial. Aunque la viuda hubiera sido una heredera millonaria, no se habría molestado en ponerle un anillo en el dedo. Y desde luego la señora Jasher tenía poco que ganar con semejante aburrido matrimonio, a no ser una colección de trastos —según decía— y una sosa casa de campo en un distrito habitado exclusivamente por campesinos de tiempos sajones.

Archie Hope dejó a Lucy en la puerta de las Pirámides y se dirigió a su alojamiento en el pueblo para ponerse el frac. Lucy, siendo su propia ama de llaves, ayudó a la sobrecargada doncella a poner y adornar la mesa antes de recibir a los invitados. Así fue que la señora Jasher no encontró a nadie en el salón para recibirla, y, tomándose el privilegio de la vieja amistad, bajó a enfrentarse a Braddock en su guarida. El Profesor levantó los ojos de un escarabeo recién adquirido para contemplar a una rechoncha señorita que le sonreía desde el umbral. No dio muestras de gratitud por la interrupción, pero la señora Jasher no se desanimó en absoluto, siendo cazadora de hombres por profesión. Además, vio que Braddock estaba en las nubes como de costumbre y habría recibido al propio Rey del mismo modo distraído.

—¡Buf! ¡Qué olor más horrible! —exclamó la viuda, llevándose a la nariz un delicado pañuelo de encaje—. Una especie de olor a alcanfor-sándalo-depósito de cadáveres. Me asombra que no se asfixie. ¡Buf! ¡Ugh! ¡Brrr!

El Profesor la miró con ojos fríos de pez. —¿Dijo usted algo?

—¡Oh, claro que sí, y ni siquiera me ofrece una silla! Si yo fuera una asquerosa momia maloliente, para estas alturas ya me estaría abrazando. ¿No sabe que he venido a cenar, hombre tonto? —y le dio un golpecito juguetón con el abanico cerrado.

—Ya he cenado —dijo Braddock, egotista como siempre.

—No, no ha cenado. —La señora Jasher habló de manera tajante y señaló una pequeña bandeja de comida intacta sobre la mesita lateral—. Ni siquiera ha almorzado. Debe de vivir del aire, como un camaleón —o del amor, quizá —terminó con un tono deliberadamente tierno.

Pero era como hablar con la imagen de granito de Horus en el rincón. Braddock se limitó a frotarse la barbilla y a mirar con más fijeza que nunca a la reluciente visitante.

—¡Caramba! —dijo él inocentemente—. Debo de haberme olvidado de comer. ¡La luz de las lámparas! —miró vagamente a su alrededor—. Claro, recuerdo haber encendido las lámparas. El tiempo ha pasado muy rápidamente. Tengo verdadera hambre. —Hizo una pausa para asegurarse, luego repitió el comentario de manera más positiva—: Sí, tengo muchísima hambre, señora Jasher. —La miró como si acabara de entrar—. Claro, señora Jasher. ¿Desea verme sobre algo en particular?

La viuda frunció el ceño ante su distracción y luego se echó a reír. Era imposible enojarse con este soñador.

—He venido a cenar, Profesor. Haga el favor de espabilarse; está usted medio dormido y supongo que también medio muerto de hambre.

—Ciertamente noto un hambre inexplicable —admitió Braddock con cautela.

—Inexplicable, cuando no ha comido nada desde el desayuno. Hombre extraño, creo que usted mismo es una momia.

Pero el Profesor había vuelto a examinar el escarabeo, esta vez con una poderosa lupa.

—Pertenece sin duda a la vigésima dinastía —murmuró, frunciendo el ceño.

La señora Jasher dio una patada en el suelo y agitó el abanico con impaciencia. El alma de esta criatura, decidió, no estaba ciertamente en su cuerpo, y hasta que regresase seguiría ignorándola. Con el disgusto de una mujer a quien no le salen las cosas como quiere, se recostó en la única silla cómoda de Braddock —que había elegido infaliblemente— y le observó con atención. Quizá los chismosos tenían razón, y ella estaba tratando de imaginar qué clase de marido haría. Pero cualesquiera que fuesen sus pensamientos, miraba a Braddock tan fijamente como Braddock miraba el escarabeo.

Exteriormente el Profesor no parecía el sabio que se decía que era. Era de baja estatura, de cuerpo rechoncho, sonrosado como un pequeño Cupido, y extraordinariamente juvenil teniendo en cuenta sus cincuenta y tantos años de desgaste científico. Con su cara lisa y bien afeitada, su abundante cabello blanco como seda hilada, y sus manos y pies pequeños y cuidados, no representaba su edad. La expresión soñadora de sus pequeños ojos azules quedaba un tanto desmentida por la dureza de su boca de labios finos y por el empuje pugnaz de su mandíbula. Los ojos y la frente abombada sugerían un cerebro sin mucha originalidad; pero la parte inferior de este semblante contradictorio podría haber pertenecido a un boxeador profesional. Sin embargo, la gordura de Braddock eliminaba en considerable medida su aspecto agresivo. Era latente, sin duda, pero sólo salía a la superficie cuando se enzarzaba con un colega sabio por algún habitante de una tumba tebana. A la suave luz de las lámparas parecía un querubín belicoso, y era una lástima —en aras del arte— que la cara rosada y blanca y lampiña no coronara un par de alas en lugar de un traje de etiqueta viejo y mal ajustado.

«No es tan tonto como parece,» pensó la señora Jasher, que era escocesa, aunque se proclamaba cosmopolita. «Con sus momias lo hace de maravilla, pero fuera de eso podría ser difícil de manejar. Y estas cosas...» echó un vistazo a la sombría habitación, atestada de muertos y sus pertenencias terrenales. «Creo que no me gustaría casarme con el Museo Británico. Demasiado trabajo duro, y yo ya no soy tan joven como era.»

El espejo cercano —uno de plata pulida que, siglos atrás, había pertenecido a alguna coqueta de Menfis— desmintió ese pensamiento poco halagüeño, pues la señora Jasher no representaba más de treinta años, aunque su partida de nacimiento la consignaba como de cuarenta y cinco. A la luz de las lámparas podría haber parecido incluso más joven, tan cuidadosamente había conservado lo que le quedaba de juventud. Era algo robusta, desde luego, y nunca había sido tan alta como deseara. Pero las curvas de su figura rolliza eran aún perceptibles en el astuto corte del traje, y llevaba su pequeña persona con tanta majestuosa dignidad que la gente pasaba por alto la mortificante estatura de poco más de cinco pies. Sus facciones eran pequeñas y bien formadas, pero sus grandes ojos azules eran tan notables y derritiéndose que quienes eran blanco de su mirada ignoraban la falta de rotundidad en barbilla y nariz. Su pelo era castaño y peinado a la última moda, mientras que su tez era tan fresca y sonrosada que, si se pintaba —como afirmaban las mujeres celosas—, debía de ser toda una artista con la pata de liebre, el pote de colorete y la borla de polvos necesaria.

Las ropas de la señora Jasher correspondían al pensamiento que ella les dedicaba, y era artística en esto como en otras cosas. Vestida con un traje de color amarillo crocus, con mangas cortas para mostrar sus hermosos brazos y escotada para lucir su espléndido busto, parecía perfectamente ataviada. Una mujer habría declarado que el amplio encaje negro de malla con que estaba drapeado el vestido era barato, y habría insinuado que la viuda llevaba demasiadas joyas en el cabello, en el corsé, en los brazos, y ridículamente recargados anillos en los dedos. Esto podría haber sido cierto, pues la señora Jasher centelleaba como la Vía Láctea a cada movimiento; pero el brillo del oro y el destello de las piedras preciosas parecían convenirle a su opulenta belleza. Su más leve movimiento exhalaba a su alrededor un extraño perfume chino que obtenía —según decía— de un amigo de su difunto marido que estaba en la Embajada británica en Pekín. Nadie más poseía ese perfume especial, y quien la hubiese conocido antes, si la encontraba en la oscuridad, podría haber adivinado su identidad. Con su sonrisa que mostraba los dientes blancos, con su vestido de color dorado y sus joyas relucientes, la bella viuda brillaba en aquella tenue habitación como un ave tropical.

El Profesor levantó sus ojos soñadores y dejó el escarabeo a un lado cuando su cerebro comprendió del todo que aquella encantadora visión esperaba ser agasajada. Era más agradable a la vista que incluso el amado escarabeo, y se adelantó a estrecharle la mano como si ella acabara de entrar en la habitación. La señora Jasher —conociendo sus costumbres— se levantó para tenderle la mano, y las dos figuras bajitas y gorditas parecían ridículamente una pareja de regordetes adornos de Dresde que hubieran bajado de la repisa de la chimenea.

—Querida señora, me alegro de verla. Usted ha... ha... —el Profesor reflexionó y luego volvió de golpe al siglo actual—: Ha venido a cenar, si no me equivoco.

—Lucy me invitó hace una semana —respondió ella con cierta sequedad, pues ninguna mujer gusta de ser ignorada en favor de un mero escarabeo, por antiguo que sea.

—Entonces tendrá sin duda una buena cena —dijo Braddock, agitando sus regordetas manos blancas—. Lucy es una excelente ama de llaves. No tengo queja alguna de ella... ninguna en absoluto. Pero es obstinada... oh, muy obstinada, como su madre. ¿Sabe usted, querida señora, que en un papiro que adquirí recientemente encontré la receta de un plato egipcio auténtico que Amenemha —el último faraón de la undécima dinastía, ¿sabe?— podría haber comido, y probablemente comió? Deseaba que Lucy lo sirviera esta noche, pero se negó, con gran contrariedad mía. Los ingredientes, que tenían que ver con gacela asada, eran aceite, semilla de cilantro y —si mi memoria no me falla— asafétida.

—¡Ugh! —el pañuelo de la señora Jasher volvió a su boca—. No diga más, Profesor; su plato suena horrible. No deseo comerlo y convertirme en momia antes de tiempo.

—Usted haría realmente una hermosa momia —dijo Braddock, pronunciando lo que concebía como un cumplido—; y, si usted muriera, ciertamente me ocuparía de su embalsamamiento, si lo prefiere a la cremación.

—¡Hombre horroroso! —exclamó la viuda, palideciendo y encogiéndose—. ¡Pero si realmente creo que le gustaría verme metida en uno de esos espantosos ataúdes!

—¡Espantoso! —exclamó el Profesor, indignado, golpeando uno de los brillantemente pintados féretros—. ¿Puede llamar espantoso a tan hermoso ejemplar de arte sepulcral? Mire los colores, la regularidad de los jeroglíficos... en esta magnífica serie de imágenes está escrita la historia del muerto. —Ajustó sus anteojos y empezó a leer—: «El osiriano Scemiophis —ese es un nombre femenino, señora Jasher— que...»

—No quiero tener mi historia escrita en mi ataúd —interrumpió la viuda histéricamente, pues esta charla fúnebre la asustaba—. Para escribirla haría falta mucho más espacio que el de un sarcófago. Mi vida ha sido volcánica, se lo aseguro. A propósito —añadió apresuradamente, viendo que Braddock estaba a punto de reanudar la lectura—, cuénteme lo de su momia inca. ¿Ha llegado ya?

El Profesor siguió al instante el señuelo. —Todavía no —dijo vivamente, frotándose las tersas manos—, pero espero que dentro de tres días el Diver estará en Pierside, y Sidney traerá la momia hasta aquí. La desembalaré inmediatamente y averiguaré exactamente cómo embalsamaban sus muertos los antiguos peruanos. Sin duda aprendieron el arte de...

—Los egipcios —aventuró la señora Jasher imprudentemente.

Braddock la fulminó con la mirada. —Nada de eso, querida señora —resopló con enojo—. ¡Absurdo, ridículo! Me inclino a creer que Egipto no era más que una colonia de aquella vasta isla de la Atlántida mencionada por Platón. Allí —si mi teoría es correcta— comenzó la civilización, y los reyes de la Atlántida —sin duda los dioses de las tribus históricas— gobernaban el mundo entero, incluida la porción que ahora denominamos América del Sur.

—¿Quiere decir que en aquellos tiempos también había yanquis? —preguntó la señora Jasher a la ligera.

El Profesor se metió las manos bajo los faldones de su raída levita y empezó a pasearse por la habitación, aviando su cólera, que semejante ignorancia había provocado.

—¡Dios mío, señora, en qué mundo ha vivido! —exclamó explosivamente—. ¿Es usted una tonta o simplemente una mujer ignorante? Estoy hablando de tiempos prehistóricos, de hace miles de años, cuando usted probablemente era un átomo errante sepultado en el fango.

—¡Criatura horrible! —exclamó la señora Jasher indignada, y estaba a punto de darle a Braddock su opinión, aunque sólo fuera para demostrarle que sabía tenerse, cuando se abrió la puerta.

—¿Qué tal, señora Jasher? —dijo Lucy, avanzando—. Aquí estamos Archie y yo. La cena está lista. Y tú...

—Tengo mucha hambre —dijo la señora Jasher—. Me han llamado átomo del fango, —y luego se echó a reír y se apoderó del joven Hope.

Lucy frunció el ceño; no aprobaba el instinto anexionista de hombres que tenía la viuda.