La momia verde

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CAPÍTULO III. UNA TUMBA MISTERIOSA

Había un miembro de la casa de Braddock que no estaba incluido en el personal habitual, pues era una mera pertenencia del propio Profesor. Se trataba de un canaca enano y deforme, pigmeo en estatura pero gigante en anchura, con piernas cortas y gruesas y brazos largos y poderosos. Tenía una cabeza grande y una cara bastante apuesta, con melancólicos ojos negros y una hermosa dentadura blanca. Como la mayoría de los polinesios, su piel era de un bronce pálido y con elaborados tatuajes, hasta en las mejillas y el mentón grabados con curvas y líneas rectas de mísico significado. Pero lo más llamativo en él era su enorme mata de cabello erizado, que por algún procedimiento conocido sólo por él solía teñir de un amarillo vivo. Las vistosas mechas que le brotaban de la cabeza le hacían parecerse a una imagen peruana del sol, y fue esta peculiar cabellera la que le procuró el extraño nombre de Cacatúa. El hecho de que esta grotesca criatura llevara invariablemente un traje de dril blanco acentuaba todavía más la sugestión de su parecido con el papagayo australiano.

Cacatúa había venido de las Islas Salomón siendo adolescente a la colonia de Queensland para trabajar en las plantaciones, y allí el Profesor le recogió como servidor personal. Cuando Braddock volvió a casarse con la señora Kendal, el chico se negó a dejarle, aunque se le representó a ese joven salvaje que resultaba algo demasiado bárbaro para la sobria Inglaterra. Al fin, el Profesor consintió en traérselo por mar, y nunca se arrepintió de haberlo hecho, pues Cacatúa, hallando en su científico amo a un verdadero amigo, le adoraba como a un dios visible. Habiendo sido capturado de joven por los negreros del Pacífico, hablaba un excelente inglés, y del contacto con las restricciones indispensables de la civilización había resultado ser, en conjunto, extremadamente bien educado. De vez en cuando, cuando los aldeanos y sus compañeros de servidumbre le importunaban, estallaba en rabietas infantiles que rozaban la peligrosidad. Pero una palabra de Braddock le calmaba siempre, y cuando arrepentido venía a arrastrarse como un perro apaleado a los pies de su divinidad. Por lo general vivía enteramente en el museo, cuidando la colección y protegiéndola de daños. Lucy —que sentía horror ante el aspecto inquietante de la criatura— se oponía a que Cacatúa sirviese a la mesa, y sólo en raras ocasiones se le permitía auxiliar a la acosada doncella. Aquella noche el canaca actuó a la perfección como mayordomo, deslizándose suavemente alrededor de la mesa para atender las necesidades de los comensales. Era un sirviente admirable, hábil y diestro, pero su cara con líneas azules y su figura achaparrada, junto con el inoportuno halo dorado, inquietaban un tanto a la señora Jasher. Y de hecho, a pesar de la costumbre, Lucy también se sentía incómoda cuando ese gnomo revoloteaba junto a su codo. Parecía que uno de los fantásticos ídolos del museo de abajo hubiera subido a rondar a los vivos.

—No me gusta ese Golliwog —musitó la señora Jasher a su anfitrión cuando Cacatúa se encontraba junto al aparador—. Me pone los pelos de punta.

—Imaginación, querida señora, pura imaginación. ¿Por qué no habríamos de tener a un pintoresco animal para servirnos?

—Pintoresco serviría sin duda en un festín caníbal —sugirió Archie con una carcajada.

—¡No diga eso! —murmuró Lucy con un escalofrío—. Si habla así no voy a poder comer.

—Es curioso que Hope haya dicho lo que ha dicho —observó Braddock confidencialmente a la viuda—. Cacatúa viene de una isla caníbal y sin duda ha visto el consumo de carne humana. No, no, querida señora, no se alarme tanto. No creo que haya comido nada, pues fue llevado a Queensland mucho antes de que pudiera participar en semejantes banquetes. Es un animal muy decente.

—Creo que es bastante peligroso —replicó la señora Jasher, que estaba pálida.

—Sólo cuando pierde los estribos, y siempre puedo suprimirlo cuando está en lo peor. No está usted comiendo la carne, querida señora.

—¿Puede sorprenderle, y usted habla de caníbales?

—Cambiemos la conversación a los cereales —propuso Hope, cuyo apetito era inmejorable—. Al trigo, por ejemplo. En este curioso pueblecito advierto que las casas están separadas por un trigal. Parece un tanto impropio que el grano se amontone junto a las casas.

—Eso es del viejo granjero Jenkins —dijo Lucy con vivacidad—; tiene tres o cuatro acres junto a la taberna y no permite que se construya en ellos, aunque le han ofrecido mucho dinero. Yo misma he notado, Archie, lo raro que resulta encontrar un campo de trigo rodeado de casitas. Es como Alicia en el País de las Maravillas.

—Pero imagínese que alguien ofrezca dinero por terrenos aquí —observó Hope, jugando con su copa de clarete, que el atento Cacatúa acababa de rellenar—, al fin del mundo, por así decir. No me gustaría vivir aquí: el vecindario es tan desolado.

—¡Y sin embargo vive usted aquí! —interpuso la señora Jasher con viveza, con una mirada traviesa hacia Lucy.

Archie captó la mirada y vio el rubor en la cara de la señorita Kendal.

—Usted misma ha contestado su propia pregunta, señora Jasher —dijo él sonriendo—. Tengo el aliciente que usted insinúa para quedarme aquí, y ciertamente, como pintor de paisajes, admiro las marismas y los atardeceres. Como artista y hombre prometido me quedo en Gartley, de lo contrario me habría ido. Pero no alcanzo a ver por qué una dama con sus atractivos debería...

—Puede que yo también tenga una razón sentimental —interrumpió la viuda, con una mirada furtiva al distraído Profesor, que dibujaba jeroglíficos en el mantel con un tenedor—; además, mi casita es barata y muy cómoda. El difunto señor Jasher no me dejó dinero suficiente para vivir en Londres. Era cónsul en China, ¿sabe?, y los cónsules nunca cobran muy bien. Sin embargo, heredaré una renta considerable.

—En efecto —dijo Lucy cortésmente, preguntándose por qué la señora Jasher era tan comunicativa—. Pronto, espero.

—Puede que muy pronto. Mi hermano, ya sabe —un comerciante en Pekín. Ha vuelto a casa para morir, y no está casado. Cuando muera, me iré a Londres. Pero —añadió la viuda, meditabunda y mirando de nuevo al Profesor—, me dará pena dejar el querido Gartley. Con todo, el recuerdo de las felices horas pasadas en esta casa quedará siempre conmigo. ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! —y se llevó el pañuelo a los ojos.

Lucy telegrafió a Archie que la viuda era un fraude, y Archie telegrafió de vuelta que estaba completamente de acuerdo con ella. Pero el Profesor, a quien el momentáneo silencio había traído de vuelta al siglo presente, alzó la vista y preguntó a Lucy si había terminado la cena.

—Tengo que hacer algo de trabajo esta tarde —dijo el Profesor.

—Oh, padre, si había dicho que iba a tomarse un descanso —dijo Lucy en tono de reproche.

—Eso es lo que hago ahora. Mire los preciosos minutos que estoy malgastando en comer, querida. La vida es corta y queda mucho por hacer en materia de exploración egipcia. Está el sepulcro de la reina Tahoser. Si pudiera entrar en él... —y suspiró mientras se servía nata.

—¿Por qué no va? —preguntó la señora Jasher, que empezaba a renunciar a su cortejo del Profesor, pues no había manera de enamorar a un hombre cuyo interés se centraba enteramente en tumbas egipcias.

—Todavía tengo que descubrirlo —dijo el Profesor simplemente; luego, encendiéndose ante el tema afín, miró alrededor y pronunció una breve conferencia histórica—. Tahoser fue la esposa principal y reina de un famoso faraón, el faraón del Éxodo, en realidad.

—¿El que se ahogó en el Mar Rojo? —preguntó Archie distraídamente.

—Pues sí, pero eso fue más tarde. Antes de perseguir a los hebreos —si ha de creerse el relato mosaico—, este faraón marchó profundamente hacia el interior de África, la Libia de los antiguos, y conquistó a los nativos de la Alta Etiopía. Profundamente enamorado de su reina, la llevó consigo en esta expedición, y ella murió antes de que el faraón regresara a Menfis. Por registros que descubrí en el museo de El Cairo, tengo razones para creer que el faraón la enterró con gran pompa en Etiopía, sacrificando, creo, a muchos prisioneros en sus magníficos ritos funerarios. Por la riqueza de ese faraón —pues rico debía de ser a juzgar por sus numerosas victorias— y por el amor que profesaba a esta princesa, estoy seguro —seguro —añadió Braddock golpeando la mesa con vehemencia— de que cuando sea descubierta, su tumba estará llena de riquezas y podrá también contener documentos de valor incalculable.

—¿Y desea usted el dinero? —preguntó la señora Jasher, que estaba un poco aburrida.

El Profesor se levantó furioso. —¡Dinero! Me trae sin cuidado el dinero. Deseo obtener las joyas funerarias y las máscaras de oro, las preciosas imágenes de los dioses, para colocarlas en el Museo Británico. Y los rollos de papiro enterrados con la momia de Tahoser puede que contengan un relato de la civilización etíope, sobre la que no sabemos nada. ¡Oh, esa tumba, esa tumba! —Braddock comenzó a pasear por la habitación, olvidando del todo que no había terminado su cena—. Conozco las montañas cuyas entrañas fueron perforadas para formar el sepulcro. Si pudiera ir a África, estoy seguro de que descubriría la tumba. ¡Ah, con qué gloria quedaría cubierto mi nombre si fuera tan afortunado!

—¿Por qué no va a África, señor, y lo intenta? —preguntó Hope.

—¡Insensato! —exclamó el Profesor cortésmente—. Equipar una expedición costaría unas cinco mil libras, si no más. Habría que penetrar por un país hostil para llegar a la cadena de montañas de la que hablo, donde sé que está esta preciosa tumba. Necesito provisiones, escolta, armas, camellos y todo lo demás. Hay que encontrar a un jefe para manejar a los combatientes necesarios para atravesar esa zona peligrosa. No es tarea fácil encontrar la tumba de Tahoser. Y sin embargo, si pudiera... si sólo pudiera conseguir el dinero —y se paseaba de un lado a otro con la cabeza inclinada sobre el pecho.

La señora Jasher ya estaba habituada para entonces a las extravagancias de Braddock, y se limitó a seguir abanicándose plácidamente.

—Ojalá pudiera ayudarle con la expedición —dijo tranquilamente—. Me gustaría tener yo misma algo de esa preciosa joyería egipcia. Pero soy una completa pordiosera hasta que muera mi hermano, pobrecillo. Luego... —Vaciló.

—¿Qué luego? —preguntó Braddock, girándose.

—Le ayudaré con mucho gusto.

—¡Trato hecho! —Braddock extendió la mano.

—Trato hecho —dijo la señora Jasher aceptando el apretón algo nerviosamente, pues no había esperado que la tomaran tan fácilmente por la palabra. Una mirada a Lucy reveló su nerviosismo.

—Siéntese, padre, y termine la cena —dijo la joven—. Estoy segura de que tendrá más que suficiente que hacer cuando llegue la momia.

—Momia... ¿qué momia? —murmuró Braddock, volviendo a comer.

—La momia inca.

—Claro. La momia de Inca Caxas, que Sidney trae de Malta. Cuando despoje a ese cadáver de sus vendas verdes, encontraré...

—¿Encontrará qué? —preguntó Archie, viendo que el Profesor vacilaba.

Braddock le lanzó una rápida mirada.

—Encontraré el peculiar modo de embalsamar peruano —respondió bruscamente, y de algún modo la manera en que habló le dio a Hope la impresión de que la respuesta era un pretexto. Pero antes de que pudiera formular el pensamiento de que Braddock ocultaba algo, la señora Jasher habló frívolamente.

—Espero que su momia tenga joyas —dijo.

—No las tiene —respondió Braddock con sequedad—. Por lo que yo sé, la raza inca nunca enterraba a sus muertos con joyas.

—Pero he leído en la Historia de Prescott que sí lo hacían —dijo Hope.

—¡Prescott! ¡Prescott! —gritó el Profesor despectivamente—, una autoridad de lo menos fiable. Sin embargo, le prometo una cosa, Hope: si hay joyas o alhajas, usted se lo lleva todo.

—Déme usted algo, señor Hope —gritó la viuda.

—No puedo —rió Archie—; la momia verde pertenece al Profesor.

—No puedo aceptar tal regalo, Hope. A causa de las circunstancias me he visto obligado a tomarle prestado el dinero; de lo contrario la momia la habría adquirido otro. Pero cuando encuentre la tumba de la reina Tahoser, le devolveré el préstamo.

—Ya me lo ha devuelto —dijo Hope, mirando a Lucy.

Los ojos de Braddock siguieron su mirada y sus cejas se fruncieron. —¡Hm! —murmuró—, no sé si hago bien consintiendo en el matrimonio de Lucy con un pordiosero.

—¡Oh, padre! —exclamó la muchacha—, Archie no es un pordiosero.

—Tengo lo bastante para que Lucy y yo vivamos —dijo Hope, aunque se había ruborizado—, y si fuera un pordiosero no podría haberle dado esas mil libras.

—Le pagaré... le pagaré —dijo Braddock, agitando la mano para despedir el asunto—. Y ahora —se levantó con un bostezo—, si este tedioso festín ha terminado, volveré a mi trabajo.

Sin dirigirle ni una palabra de disculpa a la disgustada señora Jasher, trotó hacia la puerta y allí se detuvo.

—A propósito, Lucy —dijo volviéndose—, hoy he recibido una carta de Random. Regresa en su yate a Pierside dentro de dos o tres días. En realidad, su llegada coincidirá con la del Diver.

—No veo qué tiene que ver su llegada conmigo —dijo Lucy con sequedad.

—Oh, nada en absoluto... nada en absoluto —dijo Braddock alegremente—, sólo que pensaba... es decir, pero no importa, no importa. Cacatúa, ven conmigo. ¡Buenas noches! ¡Buenas noches! —y desapareció.

—Bueno —dijo la señora Jasher dando un largo suspiro—, para rudeza y egoísmo, dame a un científico. Podríamos ser barro, por todo lo que nos hace caso.

—No se preocupe —dijo la señorita Kendal levantándose—, vamos al salón y escuchamos algo de música. Archie, ¿te quedas aquí?

—No. No me apetece quedarme solo con el vino —dijo el joven levantándose también—. Les acompañaré a usted y a la señora Jasher. Y Lucy —la detuvo en la puerta, por la que la viuda ya había pasado—, ¿qué quería decir tu padre con sus insinuaciones sobre Random?

—Creo que lamenta haber dado su consentimiento a mi matrimonio contigo —le susurró de vuelta—. ¿No le oíste hablar de esa tumba? Desea conseguir dinero para la expedición.

—¿De Random? ¡Qué disparate! Antes que eso —si nuestro matrimonio es detenido por ese asunto detestable—, lo venderé todo y...

—No harás nada de eso —le interrumpió la muchacha con imperio—; si nos casamos tenemos que vivir. Ya le has dado a mi padre bastante.

—Pero si Random presta el dinero para esa expedición...

—Eso es su problema. No me voy a casar con Sir Frank por las exigencias de mi padrastro. Él no tiene ningún derecho sobre mí, y, consienta o no, me caso contigo.

—¡Querida mía! —y Archie la besó antes de seguir a la señora Jasher al salón. Con todo, presentía problemas.