La momia verde

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CAPÍTULO VIII. EL BARONET

El Profesor Braddock decidió a la mañana siguiente visitar al Fuerte para ver a Sir Frank Random. Sir Frank Random era un joven oficial de Artillería de veinticinco años, alto y atlético sin ser corpulento, con brillantes ojos azul-grisáceos, cara morena y cabello rubio pálido. Tenía un aspecto agradable y se hacía querer, y todo el mundo le gustaba, pero no era hombre de talentos excepcionales. Trabajaba con aplicación pero sin entusiasmo profundo por nada; era afable, bondadoso y cortés, pero de alguna manera superficial y carente de inteligencia viva. En suma, era el tipo de hombre que reacciona a los estímulos exteriores pero no posee pasión ardiente. Por consiguiente, no es extraño que se hubiera enamorado de todas las mujeres que le habían agradado, o más bien, que hubiera experimentado un sentimiento intenso pero pasajero por ellas. No era, sin embargo, hombre de corazón frío ni de alma poco profunda; simplemente su razón dominaba sus emociones e impedía que éstas se profundizaran.

El Profesor llegó al Fuerte por la mañana y fue conducido a los aposentos de Random. Era una habitación pequeña y austera, con dos ventanas que daban al mar y al campo. Había un sofá, varias sillas, una estantería, una mesita, y algunas fotografías enmarcadas en las paredes. El joven oficial se encontraba con un teniente, quien se retiró cuando entró el Profesor Braddock.

«Hola, Profesor», dijo Random, dando la mano. «Me alegro de verle. Siéntese. ¿Quiere un cigarrillo?»

«No, gracias», dijo Braddock. «Tengo que hablar con usted. Un asunto privado.»

«Desde luego», dijo Random, acomodándose en una silla. «Hable usted. Pero», añadió, «si es para aconsejarme que me case con Lucy, más vale que no diga nada.»

«¿Por qué dice eso?» preguntó Braddock agudamente.

«Porque me imagino bastante bien la razón de su visita», dijo el joven tranquilamente. «Lucy ama a Hope, y Hope la ama a ella. Eso lo reconozco.»

«¿Reconoce usted esa relación?» dijo Braddock amargamente.

«Tengo que reconocerla. Cuando supe que Lucy y Hope estaban comprometidos, comprendí que debía retirarme si quería su felicidad. No pienso volver a declarar a Lucy.»

«Pero usted tiene dinero», insistió Braddock.

«Tengo alguno. ¿Y qué?»

«Con dinero podría obtener lo que yo necesito, tanto para Lucy como para mí. Es por el bien de Lucy, naturalmente — ella disfrutaría de esa posición como esposa suya — es decir, como Lady Random.»

Random se rió suavemente. «Profesor, es usted hombre práctico, pero muy torpe como alcahuete. Hable claro. ¿Qué es lo que necesita?»

«Quinientas libras», dijo Braddock francamente.

«¿Para qué?»

«El capitán Hervey, del Diver, cree que puede recuperar la momia verde. Dice que lo hará por quinientas libras.»

«¿Quiere usted que yo le pague eso?» preguntó Random.

«Si usted pudiera casarse con Lucy...»

«Imposible. Ella está prometida a Hope. Además, yo no deseo casarme con ella. Lucy es una mujer admirable, pero su corazón pertenece a Hope.» Random vaciló y añadió: «La verdad es que cuando iba en yate, pasando por Génova, conocí a otra mujer.»

«¿En Génova?» Braddock se inclinó hacia adelante.

«Me alojaba en el Hotel Casa Bianca. Allí conocí a un caballero llamado Don Pedro de Gayangos y a su hija. Venían de Lima, en el Perú.»

«¿Gayangos? No conozco ese nombre.»

«Don Pedro es un caballero rico de Lima, que vino a Europa hace algunos años y tiene una verdadera pasión por las antigüedades. Había oído hablar de la momia verde — no dijo cómo — y la quería mucho.»

«¡Quería mi momia!» exclamó Braddock.

«Así parecía. De hecho, dijo que deseaba conocerle a usted y que la compraría a cualquier precio.»

«¡Pero yo no la vendo!» dijo el Profesor vivamente. «¡Es mía! Salió de la tumba de un explorador etíope...»

«Ya lo sé», dijo Random con calma. «Pero si quiere usted recobrar la momia, quizás Don Pedro pueda ayudar. Es muy rico, y tal vez aceptaría ofrecer una recompensa de quinientas libras.»

Braddock lo pensó. «Pero Lucy y Hope...»

«Olvídese de eso», interrumpió Random suavemente. «Profesor, ¿por qué no deja usted que ella sea feliz? Lucy ama a Hope, y Hope la ama. Si usted no se interpone, podrían ser muy dichosos.»

«Hope es pobre», se quejó Braddock.

«Quizás ahora sí, pero puede que no siempre. Además, la felicidad no se compra sólo con dinero.»

«Eso es muy filosófico», dijo Braddock con sarcasmo. «Lo que yo necesito no es filosofía, sino dinero. ¿Cuándo podré ver a ese Don Pedro?»

«No lo sé. Nos separamos en Génova, pero dijo que pensaba venir a Inglaterra. Cuando llegue, le avisaré.»

«¿Y la hija? ¿La hija de Don Pedro, cómo es?»

Random tomó una fotografía que había sobre la mesa. Era la fotografía de una joven de cabellos oscuros, con ojos profundos y hermosos. Se puso un poco encarnado.

«Donna Inés», dijo. «Una mujer admirable.»

Braddock miró a Random con ojos curiosos. «¿Es que le gusta a usted?» preguntó.

Random dejó la fotografía y sonrió. Pero en su sonrisa había algo de encubrimiento.

«Es una mujer muy encantadora», dijo. «Bien, Profesor, cuando Don Pedro llegue, le pediré que ofrezca la recompensa. Quiere la momia; si la recompensa la hace encontrar, querrá comprarla. Si no quiere usted venderla, no la vende. Pero al menos podrá recobrarla.»

«Eso tiene lógica», admitió Braddock. «¿Pero qué hago de momento?»

«Diga a Hervey que espere. Cuando llegue Don Pedro, todo se arreglará.»

Braddock se levantó. «Pues esperaré que llegue. Pero comuníquese con Don Pedro cuanto antes.»

«Así lo haré», prometió Random.

Cuando Braddock salió de la habitación, Random tomó de nuevo la fotografía de Donna Inés y la contempló largo rato; luego sonrió y la guardó cuidadosamente.