Diez
Esta mañana mi amo estaba acurrucado bajo los edredones cuando su esposa se acercó a la puerta del estudio y llamó: «¿A qué hora es, cariño?» Mi amo no respondió. Ella volvió a llamar. Silencio. «Cariño, ya es hora de levantarse.» Más silencio. Pasado un buen rato, se oyó un gruñido y los edredones se enroscaron todavía más en torno a la cabeza.
La mujer no tuvo más remedio que abrir la puerta del estudio. Recogió los libros desperdigados sobre el escritorio, sacudió los cojines, pasó el plumero por todas partes, limpió el brasero hasta que brilló, y se fue. Mi amo estuvo todo el tiempo escuchando sus pasos bajo el edredón, con un oído atento, y no asomó la cabeza hasta convencerse de que ella se había alejado lo suficiente. El estudio, gracias a sus desvelos, lucía considerablemente más ordenado que de costumbre. Mi amo contempló el techo un buen rato sin propósito aparente, y al fin se levantó y se vistió.
En el desayuno estaban los tres niños. Ton-ko tenía nueve años, Sun-ko siete, y la pequeña, que llamaban Bo-ba, acababa de cumplir tres. Ton-ko y Sun-ko ya tenían cierta edad y eran razonablemente manejables, pero Bo-ba era un desastre doméstico de primera magnitud.
Bo-ba vio el cuenco de arroz de Sun-ko junto a ella y, sin motivo aparente, lo arrebató y lo colocó delante de sí proclamando: «¡Este es de Bo-ba!» Sun-ko intentó salvar sus palillos: «¡No, son los de Sun-ko!», pero los palillos también acabaron en manos de Bo-ba. Sun-ko rompió a llorar. Ton-ko, al oír el llanto, se acercó a inspeccionar la situación y dictaminó: «Bo-ba es mala». Bo-ba, estimulada por la atención, golpeó el cuenco de arroz contra la mesa baja y los granos salieron disparados en todas direcciones. Ton-ko comenzó inmediatamente a recogerlos uno a uno depositándolos en su pequeña cesta, declarando que los devolvería a la olla. Sun-ko lloraba cada vez más fuerte.
Mi amo comió en perfecto silencio sin prestar la menor atención a nada de lo que ocurría. Su mujer intentaba calmar a Bo-ba; Sun-ko lloraba sin cesar; Ton-ko recogía granos de arroz con infatigable diligencia; y mi amo tomaba su sopa de miso con la plácida indiferencia de un sabio situado por encima de las tempestades mundanas. En materia de educación infantil, mi amo profesa un naturalismo absoluto y considera filosóficamente inaceptable cualquier forma de interferencia.
Bo-ba agarró un trozo de batata asada y se lo metió en la boca. Debía de estar muy caliente porque lo escupió en el tatami. Un momento después se agachó, lo recogió del suelo y se lo volvió a meter en la boca. Las cejas de mi amo se movieron levemente. No dijo nada.
Después del desayuno, mi amo se puso la ropa de salida. Su mujer preguntó: «¿Sales hoy?» «Sí.» «¿Adónde vas?» «A Nihon Tsutsumi.» «¿Al cuartelillo de policía?» «Sí.» «¿Por lo de aquella vez?» «Sí.» Llamó a un rickshaw y se fue.
Su mujer, después de despedirle, echó una ojeada al calendario y se quedó paralizada. «¡Dios mío, hoy es festivo!» Consultó el calendario escolar para confirmarlo: era un día de fiesta pública. Ella había enviado ya, como de costumbre, el aviso de ausencia a la escuela, que hoy estaba cerrada. Y mi amo había marchado al cuartelillo de policía, que con toda probabilidad también estaría cerrado. La mujer sacudió la cabeza en el umbral y suspiró.
Por la tarde llegó una visita: la sobrina Yukie. Yukie tendría diecisiete o dieciocho años, era estudiante, llevaba el pelo partido al centro y vestía al estilo habitual de las chicas de colegio: hakama morado, cinturón de cuero, zapatos con los talones ligeramente vencidos hacia fuera. El nombre de Yukie era muy bonito; su dueña era completamente ordinaria.
Tía y sobrina se sentaron y charlaron de la escuela, de la familia, y la conversación derivó naturalmente hacia el carácter de mi amo.
«Tu tío es de una obstinación que no hay quien la aguante», dijo la mujer. «Hoy, siendo festivo, ni se le ocurrió mirar el calendario y fue hasta el cuartelillo sin ton ni son.»
Yukie sonrió. «El tío siempre ha sido así. Lo que le dices que no haga, lo hace; lo que le pides que haga, cuanto más se lo pides, menos lo hace. Aunque he descubierto un método infalible.»
«¿Cuál?»
«Decirle lo contrario de lo que se quiere. La última vez que vine estaba lloviendo y el tío me sacó el paraguas. Yo dije que no lo quería, y él salió corriendo tras de mí por la calle y me lo metió en las manos a la fuerza.»
«Sí, ese método existe. Aunque cansa tener que hacerlo todo al revés.» La mujer suspiró. «¿Oyó hablar de la conferencia de Dokusen en la Asociación de Damas?»
«Mi madre me habló de ello. Algo de un Jizo de piedra, ¿verdad?»
«Exacto. ¿Te la cuento?»
La mujer refirió entonces a su manera la historia que Dokusen había contado: En cierto pueblo había un Jizo de piedra en un cruce muy transitado que molestaba a todo el mundo y que nadie podía mover. El hombre más fuerte del pueblo probó con toda su fuerza y no lo consiguió. El más astuto le ofreció pastelillos de arroz, sake y hasta billetes falsos, todo en vano. Luego llegó el fanfarrón más sonoro del lugar: primero se disfrazó de policía y amenazó al Jizo con arrestarle; después se hizo pasar por un hombre rico pavoneándose con un cigarro; por último se vistió de noble adornado de oro y seda. El Jizo no se inmutó. Cuando todos habían fracasado y el pueblo se daba por vencido, se acercó un hombre simple y sin fama, conocido como Baka-take — el Bambú Bobo. Se plantó ante el Jizo y, sin más preámbulos, dijo: «Los vecinos de este pueblo desearían que usted se trasladara a otro sitio. ¿Tendría la bondad de moverse?» El Jizo respondió al momento: «¿Por qué no me lo dijeron antes?», y se fue por sus pasos.
La moraleja de Dokusen era que las personas de hoy en día — en especial las mujeres y los hombres ablandados por la civilización — están tan acostumbradas al rodeo, a la astucia y a la manipulación que han olvidado el poder de la palabra directa y sincera. Según los rumores, la señorita Tomiko Kaneda se puso lívida al escucharlo.
Yukie se rió. «Con razón se ofendió Tomiko. Por cierto, tía, ¿sabe usted quién escribió aquella carta de amor?»
La mujer bajó la voz. «No lo sé. ¿Tú lo sabes?»
«Más o menos. Lo curioso es que Kangetsu parece no tener la menor idea.»
«¿Cómo puede no saberlo?»
«Es que él es así.»
En ese momento llegó mi amo. Tenía en el rostro una expresión mezcla de contrariedad y embarazo, y en la mano llevaba un extraño cacharro de cerámica.
Yukie lo miró con curiosidad. «Tío, ¿qué es eso? ¿Un tarro de aceite?»
Mi amo frunció el ceño con cierta solemnidad. «Es un florero.»
Las dos mujeres cruzaron una mirada y reprimieron su risa con considerable esfuerzo.
El cuartelillo de Nihon Tsutsumi estaba cerrado, como era de esperar: día festivo. Mi amo había deambulado por los alrededores de Yoshiwara para matar el tiempo y, en un puesto callejero, había visto este cacharro de cerámica, le había parecido interesante y lo había comprado.
«¿Recuperaron las cosas robadas?», preguntó su mujer.
«Están en la entrada. Mira.»
Ella fue a ver: la chaqueta haori de algodón y varios otros objetos estaban apilados ordenadamente junto a la puerta, todos limpios, planchados y doblados con más esmero del que jamás habían tenido en su casa. Ella los examinó uno a uno.
«Falta el ñame», dijo.
«Lo habrán comido, sin duda.»
«Y también falta un lado de mi fajín.» Hizo una pausa. «¿Adónde fue mientras esperaba?»
«Por ahí.»
«¿Entró en el barrio de Yoshiwara?»
Mi amo reflexionó un instante. «Eché un vistazo, sí.»
Los ojos de Yukie se abrieron como platos. «¡Tío! Si eso se llega a saber, le podrían expulsar del puesto.»
Mi amo se encogió ligeramente de hombros. «Ya está hecho, ya no tiene remedio.»
Yukie se tapó la boca; la mujer se volvió hacia otro lado. Las dos intentaban no reírse abiertamente.
Al caer la tarde, se presentó un estudiante. Había dejado su tarjeta: Furui Buemon, visita al señor Kushami. Mi amo salió a recibirle y encontró un muchacho de diecisiete o dieciocho años, con una cabeza desproporcionadamente grande, el pelo tan corto y erizado que parecía una cápsula de castaña, uniforme negro de cuello alto y sandalias de paja que habían dejado varias huellas de barro en el tatami recién puesto. Le ofrecieron un cojín y lo rechazó; se cuclilló en el suelo con la cabeza agachada, visiblemente dominado por una angustia enorme.
«¿Qué te trae por aquí?», preguntó mi amo.
El muchacho tenía la cara encendida. Las palabras le costaban un esfuerzo visible. «Es por la carta. La carta enviada a casa de los Kaneda.»
«¿La carta de amor?»
«Sí, señor. La verdad es que… la carta la escribió Hamada. Endo la llevó de noche. Yo solo presté mi nombre. Porque… porque Furui Buemon suena más… más imponente.»
Mi amo le observó en silencio un momento y luego dijo: «Vaya.»
«Los tres, Hamada, Endo y yo… ninguno hemos visto nunca la cara de la señorita Tomiko Kaneda. Solo habíamos oído que era arrogante, y pensamos que sería divertido… gastarle una broma. No esperábamos que la cosa llegara tan lejos.»
«Vaya», repitió mi amo.
«Ahora tengo mucho miedo, señor. Si mi padre se entera, seguro que me echa de casa. Y tengo madrastra…» Los ojos del muchacho enrojecieron.
«Eso es un problema serio.»
«Señor, ¿sería posible que… que lo dejara correr?»
Mi amo guardó silencio un instante. «Bueno», dijo por fin. «Habría que pensarlo.»
Al otro lado de los fusuma, la mujer y Yukie habían escuchado el diálogo palabra por palabra. Habían estado aguantando la risa con un esfuerzo heroico, y cuando el desdichado Furui Buemon se levantó por fin y salió arrastrando los pies con el mismo aspecto de un gato mojado, estallaron en carcajadas.
Mi amo estaba sentado a solas en el estudio cuando llegó Kangetsu, jovial y animado, proponiéndole ir a oír rugir los tigres en el Zoo de Ueno por la noche. Mi amo, que no había sabido muy bien qué hacer consigo mismo desde la partida del desgraciado Furui, se dejó convencer.
Kangetsu mencionó el asunto de Furui brevemente y sonrió. «Déjelo estar, sensei. Los Kaneda probablemente se sientan honrados de que alguien se haya tomado la molestia de escribirles.» Mi amo resopló sin comprometerse a nada.
Los dos se levantaron y salieron juntos. En cuanto la puerta se cerró tras ellos, desde el cuarto de estar llegaron dos estallidos de risa, fuertes y desinhibidos, que resonaron largo rato por los pasillos vacíos de la casa.