Soy un gato

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Siete

Últimamente he comenzado a hacer ejercicio. Aquellos que desdeñen esto con una sonrisa burlona, pensando que qué puede saber un gato de ejercicio, deberían recordar que ellos mismos, hasta hace no mucho, ni siquiera sabían lo que era el ejercicio, y vivían convencidos de que dormir y comer constituían su vocación sagrada. Ya sé que consideraban norma de buenas maneras para un adulto mantener las manos dentro del pecho del kimono y no despegar el trasero del cojín. Eso de hacer ejercicio, tomar leche, bañarse con agua fría, tirarse al mar, encerrarse en las montañas durante el verano para alimentarse de niebla — todas estas peticiones innecesarias son una enfermedad de moda que llegó desde el extranjero al país sagrado en tiempos recientes, y bien puede considerarse de la misma familia que la peste, la tuberculosis y la neurastenia. Yo, naturalmente, nací el año pasado y tengo apenas uno de edad, de modo que no guardo recuerdo personal de los tiempos en que los seres humanos comenzaron a contraer esta enfermedad. Pero un año de vida para un gato equivale a diez años para un ser humano. Nuestra esperanza de vida es dos o tres veces más corta que la humana, y sin embargo en ese breve período el desarrollo de un gato resulta del todo suficiente — razonando a partir de aquí, es un error garrafal calcular los años humanos y los del gato con la misma escala. Para empezar, bastaría observar que yo, con menos de un año de vida, poseo ya una visión del mundo de tal calibre. La tercera hija de mi amo tiene tres años, y en lo que respecta al desarrollo intelectual, es una criatura verdaderamente torpe. No sabe hacer nada fuera de llorar, mojar la ropa de cama y mamar del pecho. En comparación con un ser como yo, que me preocupo por el mundo y me conduelo de la época, está a un nivel infinitamente inferior. No hay razón, pues, para asombrarse de que yo lleve en mi pequeño pecho la historia del ejercicio, el baño de mar y las curas de reposo. Quien se asombre de eso es sencillamente un idiota al que le faltan dos patas. Los seres humanos siempre han sido idiotas. Por eso han tardado hasta ahora en proclamar con tanta alharaca los beneficios del ejercicio, en alardear de las ventajas del baño de mar como si hubieran realizado un gran descubrimiento. Un ser como yo sabía todo eso antes incluso de nacer. ¿Por qué el agua salada resulta medicinal? Basta asomarse un momento a la orilla del mar para entenderlo. No sé cuántos peces hay en ese vasto océano, pero no hay uno solo que haya ido al médico por estar enfermo. Todos nadan con la mayor salud. Cuando alguien enferma, el cuerpo deja de funcionar. Cuando muere, inevitablemente flota boca arriba. Por eso la muerte de un pez se llama "ponerse panza arriba", la de un pájaro "caer", y la extinción de un ser humano "partir". Pregúntese a cualquiera que haya cruzado el océano Índico si alguna vez ha presenciado la muerte de un pez; responderá invariablemente que no. No puede ser de otro modo. Por más que se cruce el océano de ida y de vuelta, nadie ha visto jamás flotando en las olas un pez que acabe de exhalar su último aliento — o mejor dicho, sus últimas branquiadas, tratándose de un pez. El hecho de que en ese vasto e infinito océano, recorrido día y noche, no haya emergido nunca un solo pez muerto desde tiempo inmemorial permite inferir sin dilación que los peces son criaturas bastante robustas. Y si los peces son tan robustos, ¿cuál es la razón? — Eso también se averigua al instante. Es porque beben exclusivamente agua salada y se bañan en el mar sin interrupción. Los beneficios del baño de mar son tan evidentes en los peces. Si son evidentes en los peces, no pueden dejar de serlo en los seres humanos. Que en 1750 el doctor Richard Russell publicara con gran fanfarria en Brighton que tirarse al agua del mar curaba cuatrocientas cuatro enfermedades puede parecer hoy una rareza digna de burla. Incluso un gato como yo tiene intención de dirigirse en su momento hacia la costa de Kamakura. Por el momento no puede ser. Todo tiene su momento. De momento, déjenme comenzar por el ejercicio.

 En el siglo XX, no hacer ejercicio resulta, como sea que se mire, pobre y lamentable. Los tipos de ejercicio que he elegido pertenecen a aquella categoría que no cuesta un céntimo y no requiere ningún aparato. Entre los ejercicios novedosos los hay de lo más interesante. El primero es la **caza de mantis**. La caza de mantis no es un ejercicio tan vigoroso como la caza de ratones, pero tampoco presenta sus peligros. Es la actividad de mayor refinamiento disponible desde pleno verano hasta el principio del otoño. El método es el siguiente: salir primero al jardín y localizar una mantis. En buena temporada, encontrar una o dos no ofrece la menor dificultad. Una vez localizada la mantis, lanzarse hacia ella a toda velocidad con el viento. La mantis entonces adopta una postura firme y levanta su cabeza en forma de hoz. La mantis también tiene su valentía, y mientras no conoce las capacidades del adversario mantiene una actitud de resistencia que resulta interesante. Con la pata delantera derecha se le toca ligeramente esa cabeza levantada. La cabeza levantada, al ser blanda, cede doblándose suavemente hacia un lado. La expresión de la mantis en ese momento resulta de lo más interesante. Algo así como "¿Eh?" se lee claramente en su semblante. Aprovechando ese instante, se rodea de un salto al animal por la espalda y desde atrás se le rascan suavemente las alas. Esas alas normalmente van plegadas, pero si la presión del rascado es suficiente, se despliegan de golpe y en su interior aparece algo como una ropa interior de papel de Yoshino, fina y de color pálido. El animal lleva dos capas incluso en verano — tiene su elegancia. En ese momento el largo cuello del insecto girará inevitablemente hacia atrás. A veces arremete, pero lo más frecuente es que se mantenga enhiesto con el cuello rígido, como si esperara a que el adversario haga el primer movimiento. Si el adversario insiste en mantener esa postura indefinidamente, el ejercicio no avanza, de modo que pasado un tiempo se le toca ligeramente de nuevo. Una mantis con sentido común huirá con certeza cuando se le haya hecho eso; las que siguen arremetiendo son mantis bárbaras sin educación. Si el adversario comete esa barbaridad, se espera el momento del ataque y se le propina un golpe certero. Por lo general sale volando dos o tres palmos. Si retrocede tranquilamente, movida por la compasión uno rodea los dos o tres árboles del jardín como un pájaro en pleno vuelo. La mantis, entretanto, apenas ha podido retroceder cinco o seis pulgadas. Ya conoce mis capacidades y no tiene valor para medirse conmigo. Solo da vueltas de un lado a otro. Yo también doy vueltas en su persecución, y ella al fin, angustiada, agita las alas y hace desesperados intentos de volar. Las alas de la mantis son, según su naturaleza, estrechas y largas en relación con el cuerpo, y tengo entendido que son puramente decorativas y de ninguna utilidad práctica, igual que el inglés, el francés y el alemán. Así pues, por más que haga desesperados esfuerzos de vuelo con esas largas piezas inútiles, el resultado para mí es bastante escaso. Lo que se llama aleteo no pasa en realidad de arrastrarse por el suelo. A estas alturas uno siente cierta lástima, pero al ser para el ejercicio no hay más remedio. Se lanza uno hacia adelante con impulso. El animal, al no poder cambiar de dirección bruscamente debido a la inercia, se ve forzado a avanzar hacia mí. Se le golpea en el morro. En ese momento la mantis cae invariablemente con las alas desplegadas. Se la sujeta con la pata delantera y se descansa un momento. Luego se la suelta. Suelta, se la vuelve a sujetar. Se ataca con la táctica de las siete capturas y siete liberaciones de Zhuge Liang. Repetida esta secuencia unos treinta minutos y verificado que el animal está completamente inmovilizado, se le toma con suavidad en la boca y se la sacude. Luego se la vuelve a escupir. Esta vez el animal yace en el suelo sin moverse, de modo que se le pincha con la pata y con esa fuerza lo que salta se vuelve a sujetar. Cuando esto aburre, como último recurso se la devora crujiendo. Para quienes no hayan comido nunca una mantis siguiendo este procedimiento, diremos que la mantis no está muy buena. El valor nutritivo también parece ser menor de lo esperado.

 Después de la caza de mantis practico el ejercicio de **atrapar cigarras**. No basta decir cigarras sin más matiz. Así como entre los seres humanos los hay de tipo aceitoso, tipo chicharrero y tipo tsukutsuku, entre las cigarras las hay de aceite, de tsuku y de tsukutsuku. Las de aceite me resultan pegajosas y no me gustan. Las de tsuku son arrogantes y molestas. Las únicas que resultan divertidas de atrapar son las tsukutsuku. Estas no aparecen hasta el final del verano. Hacia el inicio del otoño, cuando la brisa comienza a colarse suavemente entre los pliegues del kimono, vibran con ardor su vientre. Me parecen criaturas cuya única vocación en la vida, aparte de cantar, es ser atrapadas por un gato. Atrapar estas al inicio del otoño — eso es el ejercicio de atrapar cigarras. Al llamarse cigarras, no yacen por el suelo. Las que caen al suelo tienen invariablemente hormigas pegadas. Las que yo atrapo son las que están posadas en las ramas altas de los árboles cantando tsukutsuku. Aprovecho la ocasión para preguntar a los seres humanos eruditos: ¿las cigarras cantan "oshi-i tsukutsuku" o "tsukutsuku oshi-i"? Según cómo se interprete, ello guarda una relación no pequeña con el estudio de las cigarras. Desde el punto de vista del ejercicio de atraparlas, da igual una cosa que la otra. Basta seguir el sonido, subir y bajar por el árbol, y agarrar firmemente al animal mientras canta con toda su alma. Esto parece el ejercicio más simple que existe, pero en realidad resulta bastante fatigoso. Yo tengo cuatro patas, de modo que en cuanto a caminar por el suelo no creo que tenga que ceder a ningún otro animal. Al menos matemáticamente, comparando dos y cuatro, uno no debería quedar por debajo de los humanos. Pero en lo de trepar a los árboles hay criaturas que me superan con mucho. Dejando aparte a los monos, que es su oficio, entre los descendientes lejanos de los monos que son los humanos los hay también de los que no es prudente fiarse. En primer lugar, es una empresa forzada que desafía la gravedad, de modo que no poder hacerla no es especialmente deshonroso, pero desde el punto de vista del ejercicio de atrapar cigarras resulta bastante inconveniente. Afortunadamente cuento con el instrumento de mis uñas, con las que me las arreglo para subir de algún modo, pero no es tan sencillo como parece desde fuera. Además, las cigarras vuelan. A diferencia de las mantis, una vez que han volado, da igual haber subido al árbol que no haberlo hecho — se incurre en la desgracia de no haber avanzado nada. Por último existe el peligro de recibir de vez en cuando orines de cigarra. Esos orines parecen tener la costumbre de saltar apuntando a los ojos. Que vuelen es inevitable, pero al menos que se abstengan de orinar. No sé qué estado psicológico produce esa reacción en los órganos fisiológicos en el momento de emprender el vuelo. ¿Será el apresuramiento del instante? ¿O será un recurso para crear una apertura para la huida, envolviendo al enemigo de improviso? En ese caso entraría en la misma categoría que el calamar expulsando tinta, el tatuador mostrando su trabajo, o mi amo recitando latín. También esta es una cuestión que no debe descuidarse en el estudio de las cigarras. Con la debida investigación daría material para una tesis doctoral. Pero eso es un aparte, y lo dejo aquí para volver al tema. Los árboles donde más se concentran las cigarras son los paulownias — en chino, árboles de bronce. Pues bien, el paulownia tiene hojas muy abundantes, y encima cada una de ellas tiene el tamaño de un abanico, de modo que cuando se superponen unas sobre otras la copa queda tan frondosa que ni se ven las ramas. Eso constituye un obstáculo considerable para el ejercicio de atrapar cigarras. La tonadilla de "oigo el sonido pero no lo veo" parece hecha para mí, me da la sensación. No queda más remedio que seguir el sonido hacia arriba. A unos seis pies de altura el paulownia se bifurca en dos ramas exactamente, y ahí conviene descansar un momento mientras se ausculta desde detrás de las hojas la posición de las cigarras. Naturalmente, durante el ascenso el ruido de las ramas espanta a los más nerviosos. Cuando sale volando uno, ya está todo. En esto de imitar, las cigarras no son inferiores a los seres humanos en torpeza. Salen volando en cascada. Cuando por fin llego a la bifurcación, a veces el árbol entero ha quedado en un silencio sepulcral sin que se oiga el menor indicio de cigarra. Una vez, después de llegar hasta aquí y mirar en todas direcciones y aguzar los oídos sin encontrar rastro de cigarra, pensé que como bajar también da pereza, esperaré aquí otro momento por si se presenta una segunda oportunidad, y mientras esperaba sentado en la bifurcación me entró el sueño y me quedé sumido en un sueño delicioso, del que desperté sobresaltado para encontrarme, en lugar de en el agradable sueño sobre la bifurcación, rodando en las piedras del jardín. Pero en general, cada vez que subo traigo uno abajo. Lo que resulta poco satisfactorio es que hay que tomarlo en la boca allá arriba. De modo que cuando lo bajo y lo escupo ya suele estar muerto. Por más que intente provocarlo, no hay reacción clara. El placer de atrapar cigarras reside en el momento en que el señor tsukutsuku, mientras vibra desesperadamente su vientre cantando a pleno rendimiento, queda de pronto aplastado bajo la pata delantera. En ese momento el señor tsukutsuku lanza un grito y agita sus finas alas transparentes en todas direcciones de modo frenético. Su velocidad y su hermosura son indescriptibles — un verdadero espectáculo en el mundo de las cigarras. Cada vez que aplapo al señor tsukutsuku, le solicito siempre que me brinde esa exhibición artística. Cuando me aburre, con su permiso lo meto en la boca. Hay cigarras que continúan la exhibición incluso dentro de la boca.

 Después de atrapar cigarras practico el ejercicio de **deslizarse por el pino**. No hace falta extenderse en esto, así que lo mencionaré brevemente. Aunque "deslizarse por el pino" podría hacerse entender como deslizarse desde el pino, no es eso, sino que también es un tipo de ejercicio de trepar a árboles. Solo que atrapar cigarras se trepa para atrapar cigarras, y deslizarse por el pino se trepa con el propio trepar como objetivo. Esa es la diferencia entre ambos. Por naturaleza, el pino es un árbol de hoja perenne que siempre ha sido rugoso. No hay nada más deslizante que el tronco de un pino. No hay nada con peor soporte para los pies. No hay nada donde las uñas se agarren mejor. Con ese tronco donde las uñas se agarran bien se sale a toda velocidad hacia arriba. Se sube a toda velocidad y se baja a toda velocidad. Para bajar a toda velocidad hay dos métodos. Uno consiste en darse la vuelta con la cabeza orientada hacia el suelo y bajar. El otro consiste en mantener la postura de la subida con la cola hacia abajo y bajar. Les pregunto a los seres humanos cuál es más difícil. Con el pensamiento superficial de los seres humanos, probablemente pensarán que si en cualquier caso se va a bajar, lo más cómodo es bajar orientado hacia abajo. En eso se equivocan. Solo conocen que Yoshitsune bajó por la pendiente de Hiyodorigoe, y concluyen que si hasta Yoshitsune bajó orientado hacia abajo, un gato puede perfectamente bajar orientado hacia abajo. No es cosa de tomarlo tan a la ligera. ¿En qué dirección apuntan las uñas del gato, se han preguntado? Todas están curvadas hacia atrás. Por eso se puede enganchar algo como un garfio y tirar de ello, pero no existe la fuerza contraria de empujar hacia fuera. Supóngase ahora que he subido vigorosamente por un pino. Como soy un ser originalmente terrestre, la tendencia natural no me permitirá permanecer en lo alto de un pino demasiado tiempo. Si se me deja, caeré inevitablemente. Pero si caigo a mi antojo, voy demasiado rápido. Así que debo hacer algo para frenar en cierta medida esa tendencia natural. Eso es precisamente bajar. Caer y bajar parecen muy distintos pero en realidad no hay tanta diferencia. Si se hace lenta la caída se convierte en bajar; si se hace rápido el bajar se convierte en caer. Caer y bajar difieren en un instante. Yo, al no querer caer desde el pino, debo frenar la caída y bajar. Es decir, debo oponer resistencia a la velocidad de caída con algún medio. Mis uñas, como ya he dicho, todas apuntan hacia atrás, de modo que si clavo las uñas con la cabeza hacia arriba, toda la fuerza de esas uñas puede emplearse contra la fuerza de caída. Por lo tanto la caída se transforma en bajada. Una lógica sumamente clara. En cambio, pruébese a dar la vuelta y bajar al modo de Yoshitsune. Las uñas no sirven de nada. Solo resbala uno y no puede apoyar el propio peso en ningún punto. Entonces lo que iba a ser bajar se convierte en caer. Así de difícil es la pendiente de Hiyodorigoe. Entre los gatos que dominan este arte probablemente solo existo yo. Por eso llamo a este ejercicio deslizarse por el pino.

 Finalmente una palabra sobre **dar la vuelta a la valla**. El jardín de la casa de mi amo está rodeado de una valla de bambú en forma rectangular. El lado paralelo al corredor tendrá unos ocho o nueve ken. Los lados izquierdo y derecho no pasan de cuatro ken cada uno. El ejercicio de dar la vuelta a la valla que yo practico consiste en recorrer la parte superior de esta valla sin caerse. A veces hay tropiezos, pero cuando sale bien resulta agradable. Especialmente hay postes de madera quemada clavados en algunos puntos que resultan convenientes para descansar. Hoy el resultado ha sido bueno y desde la mañana hasta el mediodía lo he hecho tres veces, y cuanto más se hace mejor sale. Cuanto mejor sale, más divertido resulta. Finalmente llegada la cuarta repetición, cuando había recorrido la mitad, tres cuervos llegaron volando desde el tejado de la casa vecina y se posaron a un ken de distancia alineados. Qué atrevidos. Que interrumpan el ejercicio ajeno, y encima sin saber de qué barrio son estos cuervos, posarse en la valla de otro — qué clase de modales son esos, pensé, y grité que voy a pasar, hagan el favor de apartarse. El cuervo del frente me miraba con una sonrisilla impertinente. El siguiente miraba el jardín de mi amo. El tercero frotaba el pico contra el bambú de la valla. Sin duda habían comido algo. Concedí a los tres cuervos tres minutos de gracia y esperé sobre la valla. Los cuervos tienen por nombre común Kanzaemon, y en efecto, todo un Kanzaemon. Por más que esperé, ni saludo ni vuelo. Sin más remedio comencé a caminar despacio. Entonces el primer Kanzaemon abrió ligeramente las alas. Por fin se habían asustado de mi autoridad y iban a huir — pensé, pero solo cambió de postura de derecha a izquierda. ¡Insolentes! Si hubiera sido en el suelo no los habría dejado escapar, pero qué se va a hacer, ya estoy en un camino difícil y no tengo margen para hacer frente a Kanzaemon. Pero tampoco estoy dispuesto a quedarme parado esperando a que se aparten los tres. Primero, si espero así los pies no van hacia adelante. El otro es un cuerpo con alas y está perfectamente cómodo posado en tal sitio. Por tanto, si le apetece, se quedará cuanto quiera. Por mi parte, este es ya el cuarto intento y estoy bastante cansado. Además, estoy realizando un arte y ejercicio no inferior a la cuerda floja. Incluso sin ningún obstáculo no puedo garantizar que no me caiga, y que estas criaturas negras bloqueen el camino por delante con tres unidades es una dificultad fuera de lo ordinario. Llegadas las cosas a este punto, no queda más que interrumpir voluntariamente el ejercicio y bajar de la valla. Eso me da pereza, así que pasemos sin más — el enemigo es numeroso y encima tiene un aspecto raro que no se ve por estos alrededores. El pico está curiosamente afilado, algo así como la hija de un tengu. En todo caso, no son de buena calaña. Lo prudente es la retirada — si me adentro demasiado y por casualidad caigo, sería aún más vergonzoso — estaba pensando esto cuando el cuervo que se había dado la vuelta hacia la izquierda dijo "¡Idiota!" El siguiente lo imitó y dijo "¡Idiota!" El último tuvo la cortesía de gritar dos veces "¡Idiota! ¡Idiota!" Por muy apacible que sea mi carácter, esto no podía dejarse pasar. En primer lugar, que en la propia casa te insulten una bandada de cuervos afecta al prestigio. No tengo nombre, de modo que no puedo decir que afecte a mi honor — en ese caso afecta a mi dignidad. Es absolutamente imposible retirarse. El dicho afirma que el ejército del cuervo es un ejército desordenado, de modo que tres cuervos pueden resultar sorprendentemente débiles. Armándome de valor avancé despacio. Los cuervos hacían como si no se enteraran y parecían contarse algo entre ellos. Me irritó más aún. Conseguí sobrepasar al primero unos cinco o seis pulgadas — pensé —, cuando Kanzaemon, como si lo hubiera acordado, batió de pronto las alas y se elevó uno o dos pies. Cuando esa ráfaga de viento golpeó repentinamente mi cara, ¡caramba!, me falló el pie y caí con un golpe. Vaya descuido, pensé, y miré desde debajo de la valla, y los tres estaban posados en el mismo sitio de antes, con los picos alineados mirándome la cara desde arriba. Qué atrevidos. Los miré fijamente pero sin efecto alguno. Me puse un poco a gruñir arqueando el lomo, pero aún menos efecto. Igual que el mundano que no comprende el oscuro simbolismo de la poesía moderna, los signos de cólera que yo les dirijo no consiguen arrancarles ninguna respuesta. Pensándolo bien, tiene su lógica. Hasta ahora yo los había tratado como si fueran gatos. Eso fue el error. Con un gato esto habría funcionado sin duda, pero desgraciadamente el adversario es un cuervo. Tratándose de Kanzaemon el cuervo, no hay más remedio. Igual que el hombre de negocios se apresura a dominar al maestro Kushami, igual que Saigyō ofrece como regalo una muñequita de plata, igual que en la estatua de Saigō Takamori Kanzaemon siempre está defecando — yo, que soy hábil para aprovechar las circunstancias, juzgué que esto no tenía remedio y me retiré limpiamente al corredor. Ya era hora de comer. El ejercicio está bien, pero no conviene pasarse, y todo el cuerpo se siente como si se fuera a desplomar. Además, aún a principios del otoño, el pelaje que ha recibido a raudales el sol de poniente durante el ejercicio está impregnado de calor y me resulta insoportable. El sudor que mana de los poros se quedaría bien si resbalara, pero se pega pegajoso como aceite en las raíces del pelo. La espalda me pica. La picazón del sudor y el que una pulga ande por ahí se distinguen claramente. Los sitios que alcanza la boca se pueden morder, y la zona donde llegan los pies se puede rascar, pero la línea central que la columna vertebral recorre de arriba abajo está fuera del alcance propio. En estos momentos hay que elegir entre ir a frotarse contra un ser humano a su antojo, o frotarse bien contra la corteza del pino — una de las dos. El ser humano, cuando uno se acerca ronroneando — el ronroneo del gato es el sonido que los humanos hacen hacia mí; razonando con mi propia persona como referencia, no es que el gato ronronee sino que uno recibe el ronroneo — en cualquier caso, los seres humanos son criaturas estúpidas que cuando uno se acerca ronroneando confunden invariablemente que uno los quiere y le dejan hacer lo que quiera, y a veces hasta le acarician la cabeza. Pero últimamente en mi pelaje se ha reproducido cierto parásito llamado pulga, y en cuanto me acerco agarran inevitablemente el cogote y me arrojan al otro lado. Puede decirse que el afecto se ha enfriado por culpa de una criatura diminuta e invisible. En cuanto al pino, en el pino hay resina. Esta resina es algo de adhesión bastante tenaz, y si una vez llega a pegarse a la punta del pelo, aunque truene o sea aniquilada la flota báltica, no se suelta jamás. Y encima, si se pega en cinco pelos, en un instante se extiende a treinta. Yo soy un gato de gusto depurado y aficionado a las cosas sencillas, propio de la estética del té. Algo pegajoso, insidioso y persistente como esto me resulta de lo más detestable. Por más que me disguste no hay más remedio que aguantarse. Si ninguno de los dos métodos es practicable, realmente no hay salida. Pensando qué podría hacerse, me recogí las patas traseras y caí en meditación, y de pronto se me ocurrió algo.

 Mi amo a veces coge una toalla y jabón y sale airoso a algún sitio. Cuando vuelve al cabo de treinta o cuarenta minutos, su tez normalmente turbia se ve algo más animada y despejada. Si a un hombre tan sucio como mi amo le produce ese efecto, a mí me producirá sin duda mayor efecto. Yo de por sí tengo este aspecto sin hacer nada, de modo que no parece que tenga necesidad de hacerme más guapo, pero si por casualidad llegara a enfermar y morir prematuramente con un año y pico de vida, sería una lástima para las gentes del mundo. Por lo visto esto también es algo llamado baño, que los seres humanos han inventado para pasar el tiempo. Como en fin de cuentas es algo hecho por seres humanos, seguramente no será gran cosa, pero dadas las circunstancias no estará de más probarlo. Si pruebo y no hay efecto, lo dejo. Pero ¿tendrá la generosidad el ser humano de dejar entrar en el recinto que ha preparado para sí mismo a un gato de especie diferente? Esto es lo que me pregunto. Como mi amo entra en él como algo natural, no creo que me rechacen, pero si por casualidad saliera algo mal y resultara humillante, afectaría a la dignidad. Lo mejor es ir primero a reconocer el terreno. Una vez reconocido, si me parece que puede estar bien, me lanzo toalla en boca. Habiendo decidido hasta este punto, me deslicé tranquilamente hacia el baño público.

 Girando a la izquierda por el callejón, al fondo se eleva una alta chimenea de la que brota un hilo de humo fino. Ese es el baño público. Me colé suavemente por la puerta trasera. Que colarse por la puerta trasera sea cobardía o torpeza, eso lo dicen con envidia los que no pueden entrar por la principal. Desde la antigüedad, la gente inteligente ataca por sorpresa por la puerta trasera. El segundo volumen del Método de Formación de Caballeros, capítulo primero, página cinco, así lo establece. En la página siguiente se dice incluso que la puerta trasera es el testamento del caballero y la puerta que le da la virtud por sí sola. Yo soy un gato del siglo XX, de modo que cuento con esta educación básica. No se me subestime. Colado hacia dentro, a la izquierda había astillas de pino partidas en listones de unos veinticuatro centímetros apiladas como una montaña, y a su lado carbón apilado como una colina. Mirando enfrente había una entrada de un ken abierta, y asomándome al interior se veía el silencio más absoluto. Del lado opuesto llegaba incesantemente algo parecido a voces humanas. Sin duda el llamado baño estaba en la dirección de esas voces, concluí, y pasando por el valle formado entre los listones de pino y el carbón, girando a la izquierda y avanzando, a la derecha había una ventana de cristal y fuera de ella pequeños barriles redondos apilados en triángulo, o sea, en pirámide. Pensé en silencio en el estado de ánimo de los barriles redondos, a los que les resulta injusto apilarse en forma triangular. Al sur de los barriles quedaba una tabla de unos cuatro o cinco pies de ancho, que parecía recibirme. La altura de la tabla desde el suelo era de aproximadamente un metro, perfectamente adecuada para saltar. "Bien", y de un salto me impulso — el llamado baño está ante mis narices, ante mis ojos, en mi campo visual, brillando. Si hay algo divertido en el mundo, no hay nada tan gozoso como comer lo que aún no se ha comido y ver lo que aún no se ha visto. Aunque los de ustedes, como mi amo, pasen allí treinta o cuarenta minutos tres veces por semana, si son como yo y no han visto nunca lo que es un baño, vayan pronto a verlo. Pueden perderse el lecho de muerte de sus padres, pero esto hay que verlo sin falta. En todo el ancho del mundo no existe un mecanismo semejante.

 ¿Qué mecanismo? Qué mecanismo digo — es un mecanismo tan extraño que hasta pronunciar las palabras me resulta raro. Los seres humanos que arman ese alboroto y barullo dentro de esta ventana de cristal están todos sin excepción en cueros vivos. Son los nativos sin civilizar de Taiwán. Son los Adanes del siglo XX. Remontarse a la historia del vestido — sería largo, de modo que se lo dejo al señor Teufelsdröckh y prescindo de remontarme a ella — pero el caso es que los seres humanos se sostienen enteramente gracias al vestido. A finales del siglo XVIII, cuando Beau Nash promulgó sus severas normas en el balneario de Bath en la Gran Bretaña, los concurrentes iban cubiertos de ropa desde los hombros hasta las puntas de los pies incluso dentro del baño. Hace unos sesenta años, también en una ciudad inglesa, se fundó una escuela de diseño. Por ser escuela de diseño, estaba bien que se compraran cuadros de desnudos, estatuas de desnudos y copias para exponerlos en todas partes, pero cuando llegó el momento de celebrar la ceremonia de inauguración, los responsables y el personal del centro se encontraron en un aprieto considerable. Para abrir la escuela había que invitar a las damas de la ciudad. Pero el pensamiento de las damas de la época era: el ser humano es un animal vestido. No creían ser descendientes de monos cubiertos de piel. Para un ser humano no llevar ropa era tan completo como un elefante sin trompa, una escuela sin estudiantes, un soldado sin valor — perder por entero la propia esencia. Habiendo perdido la propia esencia, al no ser ya reconocido como ser humano, es una bestia. Y aunque fueran copias o modelos, relacionarse con seres humanos de apariencia bestial deshonraría la dignidad femenina — por tanto, se excusaban de asistir. El personal pensó que eran gentes irrazonables, pero la mujer, de todos modos, en Oriente y Occidente por igual es una especie de ornamento. No sirve para moler arroz, no puede alistarse como voluntaria, pero es un adorno imprescindible para una ceremonia de inauguración. Por eso no había más remedio que ir a la tienda de telas y comprar treinta y cinco rollos y siete octavos de tela negra para vestir con ella a todos esos seres humanos de apariencia bestial. Para mayor descarte se vistió incluso la cara. Y así, con las mayores dificultades, se celebró la ceremonia, según cuenta la historia. Tanto importa la ropa a los seres humanos.

 Sin embargo, la multitud de seres humanos que contemplo ahora ante mí, debajo de mí, ante mis ojos, se ha quitado sin miramientos el haori, los pantalones y el hakama que no debería quitarse, y ha expuesto sus originales formas grotescas a la vista de todo el mundo, charlando con la mayor tranquilidad. Eso es lo que antes llamé un gran mecanismo. Tengo el honor de presentar en estas páginas su figura general, con el debido respeto hacia los caballeros de la civilización.

 Todo es tan enmarañado que no sé por dónde empezar a describirlo. En las actividades de los monstruos no hay orden, de modo que resulta difícil ofrecer una descripción ordenada. Empecemos por la bañera. No sé si es una bañera o no, pero presumo que debe de ser algo así. Tiene un ancho de unos tres pies y un largo de un ken y medio quizás, dividida en dos: en una hay agua blanca. Se dice que es un baño medicinal, y está turbia como si se hubiera disuelto cal. Encima no es una turbidez cualquiera. Una turbidez densa y aceitosa. Tengo entendido que no sería raro que estuviera estropeada — solo se cambia el agua una vez por semana. Junto a ella está lo que llaman baño ordinario general, que tampoco puede asegurarse honestamente que sea transparente o claro. El color habla por sí solo del valor de agitar el fondo de un cubo de agua de lluvia.

 Ahora la descripción de los monstruos. Bastante fatigoso. En el lado del cubo de agua de lluvia hay dos jóvenes que se alzan de pie. De pie, frente a frente, se echan agua de la bañera sobre el vientre a palmadas. Buen entretenimiento. Los dos están igualmente bien desarrollados en el aspecto moreno de la piel. Mientras miro pensando que estos monstruos son bastante robustos, al rato uno de ellos se frota el pecho con la toalla y pregunta: "Kin-san, aquí me duele terriblemente, ¿qué será?" y Kin-san responde: "Eso es el estómago, el estómago es el que te quita la vida, si no tienes cuidado es peligroso." "Pero es este lado izquierdo", señalando hacia la zona del pulmón izquierdo. "Ahí es el estómago. El estómago está a la izquierda y el pulmón a la derecha." "¿Ah sí? Yo creía que el estómago estaba por aquí", y esta vez golpea la zona de los riñones, a lo que Kin-san respondió: "Eso es una hernia." En ese momento un hombre de unos veinticinco o veintiséis años con escaso bigote se lanzó al agua de golpe. El jabón pegado a su cuerpo subió a la superficie junto con la suciedad. Brilla como cuando se mira a través de agua mezclada con hierro. Al lado un anciano calvo se sostiene de un saliente de cinco minutos y discute algo animadamente. Los dos asoman solo la cabeza. "Ay, hacerse viejo así no está bien. Con el paso de los años no hay forma de ganarle a los jóvenes. Pero en cuanto al baño, todavía hoy me siento mal si no está bien caliente." "Usted tiene buena salud, señor. Mientras tenga ese vigor, no hay queja." "Vigor tampoco tengo. Solo que no me pongo enfermo. Las personas que no hacen nada malo viven hasta los ciento veinte." "¿De verdad viven tanto?" "Y que lo diga, hasta los ciento veinte lo garantizo yo. Antes de la Restauración en Ushigome había un hatamoto llamado Magaribuchi, y el criado de esa casa tenía ciento treinta años." "Vaya, qué larga vida." "Ay, vivió tanto que se olvidó de su propia edad. Hasta los cien lo recordaba, pero a partir de ahí se olvidó, según contaba él. Lo que yo sé es de cuando tenía ciento treinta años, pero entonces tampoco había muerto. Lo que pasó después no lo sé. Quizás siga vivo." Y salió de la bañera. El hombre del bigote seguía riendo solo mientras esparcía a su alrededor algo parecido a mica. El que entró a continuación a diferencia de los monstruos ordinarios llevaba un dibujo grabado en la espalda. Parece ser una escena de Iwami Jūtarō blandiendo su espada para abatir a una gran serpiente, pero lamentablemente aún no ha llegado a completarse y la gran serpiente no se ve por ningún lado. Por lo tanto el señor Jūtarō parece algo falto de vigor. Al entrar dijo: "Está absurdamente tibia." Entonces otro que entró a continuación dijo "Esto sí que... tiene que estar más caliente", frunciendo el ceño como si aguantara el calor, pero al cruzar la mirada con el señor Jūtarō le saludó con un "oye, tío". Jūtarō respondió "oye" y pronto preguntó "¿qué fue de Min?" "¿Qué va a ser, si le gustan los juegos de azar?" "No solo los juegos de azar..." "¿Ah no? Ese hombre tiene mala suerte — de algún modo la gente no lo quiere — de algún modo — como quiera que se mire la gente no le tiene confianza. Los artesanos, en eso no..." "Tienes razón. Lo que pasa con Min no es que sea demasiado humilde sino que es demasiado arrogante. Por eso de ningún modo consigue crédito." "Exacto. Y es que cree que es bastante bueno en lo suyo — al final es su propia pérdida." "En Shirokane-chō los viejos han ido falleciendo, y ahora solo quedan el tonelero Moto-san, el jefe de los albañiles y tú, tío. Gente como yo nació aquí, pero de Min no se sabe de dónde vino." "Es cierto. Pero habiendo llegado adonde ha llegado, es de admirar." "Sí. De algún modo la gente no lo quiere. La gente no se junta con él." Y sigue atacando a Min implacablemente.

 Dejando aparte el cubo de agua de lluvia, mirando hacia el baño medicinal blanco, este es otro gran concurso de asistentes, y más que decir que hay personas dentro del baño habría que decir que hay baño dentro de las personas. Además, muestran una actitud bastante relajada, y desde hace un rato los que entran son numerosos pero los que salen no hay ninguno. Admirando que después de que entren tanto y lleven una semana así el agua tenga que estar sucia, miro de nuevo el interior de la bañera, y en el rincón izquierdo encogido y apretado está el maestro Kushami. Pobre de él, si alguien le abriera paso y lo hiciera salir estaría bien, pero nadie parece que vaya a moverse, y mi amo tampoco muestra señales de salir. Solo permanece tieso poniéndose rojo. Esto es duro. Con el espíritu de aprovechar al máximo estos cinco sen de tarifa se estará poniendo rojo así, pero si no sale pronto me preocupé considerablemente desde el estante junto a la ventana pensando que le va a subir el vapor. Entonces el hombre que flota a un lugar del baño de mi amo, frunciendo el ceño dijo: "Esto es algo demasiado eficaz, parece que me hierve algo por la espalda", buscando la solidaridad de los monstruos presentes. "Vamos, esto está en su punto justo. El baño medicinal si no es así no tiene efecto. En mi pueblo metemos en baños dos veces más calientes que esto", reivindicó alguien con orgullo. "¿Y contra qué es eficaz este baño?" preguntó al conjunto de presentes un hombre que se había doblado la toalla y se cubría con ella la cabeza llena de bultos. "Sirve para todo. Dicen que cura cualquier enfermedad. Estupendo", respondió el dueño de una cara delgada que reunía a la vez el color y la forma de un pepino. Si tiene efectos tan estupendos debería estar algo más robusto. "El tercero o cuarto día de haber puesto el medicamento es el mejor. Un día como hoy es el ideal para entrar", comentó con aire de entendido un hombre rechoncho. Seguramente es de los que se engordan con la suciedad. "¿Tendrá también efecto si se bebe?", preguntó alguien desde un lugar desconocido con voz amarillenta. "Después de tener fiebre, si se bebe una taza y uno se acuesta milagrosamente no se levanta a orinar de noche, pruébelo", respondió una voz de procedencia incierta.

 Dejando aparte la bañera y mirando el suelo de madera, hay de todo — una fila de Adanes inexpresables sin decoración alineados cada uno en su postura de cada cual lavándose donde les apetece. Entre ellos los más asombrosos son un Adán tumbado boca arriba mirando la claraboya en lo alto, y un Adán en posición prona inspeccionando el desagüe — dos Adanes que parecen bastante ociosos. Un bonzo está en cuclillas de cara a la pared de piedra, y un bonzo joven le aprieta el hombro desde atrás con ahínco. En la relación maestro-discípulo es que hace las veces de ayudante. Hay también un San-suke auténtico. Al parecer ha cogido catarro, pues con este calor lleva una chaqueta puesta, y desde un pequeño barril ovalado vierte de golpe agua caliente en los hombros de mi amo. Si se mira el pie derecho se ve que entre el dedo gordo y el de al lado lleva una toalla vieja de hace tiempo. Acá un hombre que con avaricia abraza tres pequeños barriles le insta a un vecino a usar jabón mientras le suelta un largo discurso. Me pregunto qué dice y presto atención, y era lo siguiente: "Los fusiles vinieron del extranjero. Antes todo era espadería. El extranjero es cobarde, por eso inventaron esas cosas. De todos modos no parece que sea de China, seguramente del extranjero. En tiempos de Watōnai no existían. Watōnai es del clan Seiwa Genji, ya sabe. En fin, cuando Yoshitsune cruzó de Ezo a Manchuria, cuentan que lo acompañó desde Ezo un hombre de gran erudición. Pues bien, el hijo de ese Yoshitsune atacó a los Ming, y los Ming al verse en apuros enviaron un embajador al tercer shōgun pidiéndole que les prestara tres mil soldados, y el tercer shōgun capturó a ese embajador sin devolverlo — cómo se llamaba — de todos modos era un embajador que decía algo — y así tuvo al embajador retenido dos años, y finalmente en Nagasaki le mostró a una cortesana, y el hijo nacido de esa cortesana fue Watōnai. Y cuando volvió a su tierra resultó que los Ming habían sido derribados por un traidor..." No hay quien entienda lo que dice. Detrás de este hay un hombre de veinticinco o veintiséis años de aspecto sombrío que aplica distraídamente el agua blanca medicinal en la zona de la cadera con meticulosidad. Se ve que sufre de algo parecido a un forúnculo. A su lado el que tiene unos diecisiete o dieciocho años y habla impertinentemente usando tú y yo debe de ser un estudiante de los alrededores. Después aparece una espalda curiosa. Desde dentro de las nalgas parece que le han metido una caña de bambú, y las articulaciones de la columna vertebral sobresalen claramente. Y a ambos lados de esta hay una forma parecida a peones de shōgi, cuatro a cada lado, puestos ordenadamente en fila. Algunos de esos peones están enrojecidos y supurados con pus a su alrededor. Si sigo escribiendo en orden hay demasiado y con mi habilidad no puedo ni describir una pequeña parte. Pensando que he empezado algo enojoso y sintiéndome algo harto, en la entrada por el lado izquierdo apareció de pronto alguien de aspecto de monje de unos setenta y tantos años, con ropa de algodón azul claro. El de aspecto de monje saludó cortésmente a estos monstruos desnudos y dijo: "Bueno, señores, gracias como siempre sin cambio alguno. Hoy hace algo de frío, así que tómense su tiempo — por favor entre el baño medicinal y el normal, caliéntense bien el cuerpo. — Bantō-san, cuide bien la temperatura del baño por favor", y lo dijo sin pausar. Bantō-san respondió "sí señor". El de Watōnai dijo: "Qué afable. Sin eso no se puede hacer negocio", elogiando grandemente al anciano. Yo con la aparición repentina de este curioso anciano me quedé algo atónito, de modo que dejé la descripción de aquellos y decidí dedicarme por el momento a observar exclusivamente al anciano. El anciano al rato vio a un niño de unos cuatro años que acababa de salir de la bañera y le tendió la mano diciendo "ven aquí, ven aquí". El niño, al ver al anciano de aspecto como de escuela de grandes escamas, debió de pensar que venía lo peor, y empezó a llorar dando un alarido. El anciano con expresión algo sorprendida exclamó "vaya, está llorando, ¿qué pasa? ¿Te asusta el abuelo? Ay ay ay". Sin más alternativa cambió de objetivo de golpe y se dirigió a los padres del niño. "Vaya, Gan-san. Hoy hace frío, ¿verdad? El ladrón que entró en Omiya anoche vaya tonto, abrió un cuadrado al lado de la puerta sin llevarse nada y se fue. Debieron de salir el guardia o la ronda nocturna", y deploró con generosidad la imprudencia del ladrón; pero capturó a otro y "sí sí, hace frío. Los jóvenes como ustedes no lo notan mucho", diciendo que solo él pasa frío por ser viejo.

 Distraído un momento por el anciano y habiendo olvidado por completo los demás asuntos de los monstruos, e incluso habiéndome escapado de la memoria mi amo, que se retorcía angustiado, de pronto hubo alguien que dio un grito desde el espacio entre la bañera y el suelo de madera. Era sin duda el maestro Kushami. Que la voz de mi amo es especialmente alta y ronca, desagradable al oído, no es algo que haya empezado hoy, pero dado el lugar me quedé bastante atónito. Esto sin duda es porque ha estado soportando y sumergido demasiado tiempo en el agua caliente y la sangre le ha subido a la cabeza, concluí instantáneamente. Incluso así, si fuera solo una enfermedad, no habría nada que reprocharle, pero es que él mientras le sube la sangre a la cabeza mantiene perfectamente la lucidez, lo cual resulta evidente de inmediato si se explica por qué ha lanzado esta voz tan desmesurada. Ha empezado una pelea impropia de un adulto contra el estudiante impertinente. "Quítate de en medio, me estás salpicando en el barril", quien gritó fue sin duda mi amo. El estudiante miró hacia atrás y respondió tranquilamente: "Yo estaba aquí desde el principio." Esta es una respuesta ordinaria, que simplemente indica que no piensa abandonar ese lugar, de modo que no es lo que mi amo deseaba. Su actitud y sus palabras no son las de un bandolero con el que merezca la pena enfadarse y arremeter, y por más que le suba la sangre a la cabeza mi amo tiene que saberlo. Pero el grito de mi amo no es que le moleste el sitio mismo del estudiante, sino que desde hace un rato estos dos jóvenes parloteaban impertinentemente con arrogancia impropia de su edad, y mi amo que lo había estado escuchando todo el tiempo se había irritado precisamente por eso, eso me parece. De modo que aunque el adversario le haga una cortés reverencia no sube callado al suelo de madera. Esta vez le insultó: "Qué es esto, idiota, que hay quien salpica agua sucia en el barril ajeno." Como yo también le tenía un poco de antipatía a este jovencito, en ese momento sentí en mi interior cierta satisfacción, pero como conducta de mi amo, maestro de escuela, pensé que no era apropiada. En primer lugar, mi amo peca de ser demasiado rígido. Áspero como la ceniza del carbón, y encima terriblemente duro. Cuando el antiguo Aníbal cruzaba los Alpes había en el centro una gran roca que obstaculizaba el paso del ejército. Así que Aníbal vertió vinagre en esa gran roca y la quemó con fuego para ablandarla, y luego cortó con una sierra esa gran roca como si fuera un pastel de pescado y pasó sin obstáculos, según cuenta la historia. Mi amo, hombre que ni siquiera con este eficaz baño medicinal que le cuece a uno dentro consigue ningún efecto, pienso que solo queda verter vinagre y quemar con fuego. De lo contrario, aunque salgan cientos de estudiantes como este y pasen decenas de años, la rigidez de mi amo no se corrige. Lo que está flotando en esta bañera, revolcándose en este suelo de madera, es una banda de monstruos que se han quitado el vestido necesario para el hombre civilizado, de modo que naturalmente no se puede gobernar con las normas cotidianas. Vale hacer cualquier cosa. Que el pulmón esté a la izquierda, que Watōnai sea del clan Seiwa Genji, que Min no tenga crédito — todo eso puede estar bien. Pero una vez que se sale del suelo de madera y se pisa el tablero de madera, ya no se es un monstruo. Se ha entrado en el mundo mundano donde se reproduce la humanidad común, es decir, se pone la ropa necesaria para la civilización. Por lo tanto debe adoptarse una conducta humana. Lo que pisa mi amo ahora es el umbral. Es el umbral en el límite entre el suelo de madera y el tablero de madera, y la persona en cuestión está en ese instante en que va a regresar al mundo de las palabras amables, las expresiones agradables y la vasta libertad. Y ni siquiera en ese instante es tan rígido — en ese caso esta rigidez es sin duda una enfermedad de raíces tan profundas que no puede arrancarse de la persona. Si es una enfermedad, probablemente no podrá corregirse fácilmente. El único remedio que se me ocurre en mi torpeza para curar esta enfermedad es uno solo: que se le pida al director que lo despida. Si lo despiden, dado lo que es mi amo que no tiene flexibilidad, sin duda perderá adonde ir. El resultado de perder adonde ir es que tendrá que dormir a la intemperie o morir. En otros términos, el despido se convierte en la causa remota de la muerte de mi amo. A mi amo le gustan las enfermedades y las celebra, pero le desagrada profundamente morir. Lo que quiere es darse el lujo de las enfermedades en la medida en que no llegue a morir. De modo que si se le advierte que enfermarse así va a matarlo, dado lo cobarde que es mi amo, seguramente temblará de miedo. En ese temblor la enfermedad desaparecerá limpiamente, así lo creo. Si ni así desaparece, se acabó.

 Por más idiota o enfermo que sea, mi amo sigue siendo mi amo. Hay poetas que consideran incluso la comida diaria como una gracia del señor feudal, de modo que incluso siendo un gato no puedo dejar de preocuparme por mi amo. Embargado por una intensa emoción al pensar en ello, me distraje con eso y descuidé la observación del lado del suelo de madera, cuando de pronto hubo alaridos de insultos en dirección al baño medicinal blanco. ¿También aquí empezó una pelea?, pensé volviendo la mirada, y en la pequeña entrada de granada no había un solo hueco libre y estaban pegados los monstruos, y espinillas con pelo y muslos sin pelo se entrelazaban y se movían. Justo entonces el sol de principios de otoño estaba a punto de ponerse y el vapor había llenado hasta el techo el espacio sobre el suelo de madera. La figura de esos monstruos que se empujan se veía difusamente a través de él. Los sonidos de "que quema, que quema" traversaban mis oídos y se mezclaban en mi cabeza como si salieran por los lados derecho e izquierdo. Entre esos sonidos los hay amarillos, azules, rojos y negros, pero superponiéndose producen en el interior del baño un sonido de cierta calidad indescriptible. Solo un sonido adecuado para describir la confusión y el caos, inútil para cualquier otra cosa. Yo me quedé hipnotizado contemplando esta escena. Al poco el estruendo llegó a la máxima confusión, y cuando la tensión alcanzó el punto en que no podía dar un paso más, de repente en medio de la multitud que se empujaba y era empujada desordenadamente se irguió de pronto un gigante. Su estatura comparada con los demás señores era sin duda tres pulgadas mayor. Además, echando hacia atrás su cara roja en la que era imposible saber si había barba en la cara o si la cara convivía dentro de la barba, gritó con una voz como un gong que estalla al mediodía: "¡Echadme agua fría, que quema, que quema!" Solo esta voz y esta cara se destacaban claramente sobre la multitud enmarañada y mezclada, y en ese momento pareció como si todo el baño se convirtiera en ese único hombre. Es el superhombre. El llamado superhombre de Nietzsche. Es el demonio. Es el jefe de los monstruos. Mirando así, desde detrás de la bañera alguien respondió "¡ahí va!". Vaya, pensé, y desvié los ojos hacia allá, y en la oscuridad en que los objetos apenas se distinguían, se vio al San-suke de la chaqueta meter un trozo de carbón en el hogar con todas sus fuerzas como para hacerlo añicos. Cuando ese trozo pasó por la puerta del hogar dando chasquidos, la media cara de San-suke se iluminó claramente. Al mismo tiempo la pared de ladrillos detrás de San-suke brilló a través de la oscuridad como si ardiera. Se me puso la piel de gallina y bajé a toda prisa de la ventana y regresé a casa. También de vuelta lo pensé. En la desnudez desnuda donde se afana uno por conseguir igualdad quitándose el haori, los pantalones y el hakama, también de entre esa desnudez surge un héroe desnudo que aplasta a los pequeños hombres de alrededor. La igualdad es algo que no puede obtenerse por mucho que uno se desnude.

 Al volver resultó que el mundo estaba en paz, y mi amo con la cara brillante después del baño estaba cenando. Al verme subir desde el corredor dijo: "Vaya un gato ocioso, adónde anda ahora." Mirando la mesa se ve que a pesar de no tener dinero tiene desplegados dos o tres tipos de acompañamiento. Entre ellos hay un pescado asado. No sé qué pescado es, pero en cualquier caso es indudable que lo pescaron hace unos días cerca de Odaiba. He explicado antes que los peces son criaturas robustas, pero por más robustos que sean no pueden aguantar que los tuesten y los hiervan así. Es mucho mejor guardar una vida menguada incluso con muchas enfermedades. Pensando esto me senté al lado de la mesa, y disimulando como si no mirara aunque miraba esperaba conseguir algo de comer. Quien no conoce este disimulo no puede resignarse a no comer pescado sabroso. Mi amo pinchó el pescado un momento, pero con cara de que no estaba bueno dejó los palillos. La esposa sentada enfrente también movía los palillos en silencio hacia arriba y abajo estudiando con diligencia la apertura y cierre de las dos mejillas de mi amo.

 "Oye, dale un golpe en la cabeza a ese gato", le pidió mi amo de repente a su esposa.

 "¿Si le doy un golpe qué pasa?"

 "Da igual qué pasa, dale un golpe."

 "¿Así?" Y la esposa le dio un suave palmotazo en la cabeza con la mano. No duele.

 "No ha maullado."

 "No."

 "Dale otra vez."

 "¿Con darlo muchas veces no es lo mismo?" Y la esposa le dio otro palmotazo más fuerte. Tampoco me pasó nada, de modo que me quedé quieto. Pero para qué hacía eso, como gato brillante que soy me resulta completamente incomprensible. Si lo entendiera habría también algún modo de arreglarlo, pero si solo dice dale, es molesto para la esposa que da y molesto para mí que recibo. Mi amo, al no conseguir lo que quería en dos ocasiones, con cara algo impaciente dijo: "Oye, dale para que maúlle."

 La esposa con cara cansada preguntó "¿para qué quieres que maúlle?", y una vez más vino un tortazo. Si se dice así el objetivo del otro, el problema desaparece — maullar es posible para satisfacer a mi amo. Mi amo siendo tan torpe es desesperante. Si quiere que maúlle, que lo diga desde el principio, y así no hace falta que la esposa se tome la molestia dos o tres veces de más, y yo tampoco tendría que repetirlo dos o tres veces cuando con una sola bastaba. La orden de "solo dale" debe usarse únicamente cuando el propio golpear es el objetivo. Golpear es cosa de aquella parte, maullar es cosa de esta parte. Que contando desde el principio con que maúlle se abalance con ello, y piense que incluso el maullar que debería ser de mi libre albedrío está incluido dentro de la orden de "solo dale", es una falta de respeto en extremo. Hay que respetar la personalidad ajena. Está tomando al gato por idiota. Es lo que haría el señor Kaneda, a quien mi amo detesta como a las serpientes, pero para mi amo que se precia de ser sincero es bastante innoble. Pero en realidad mi amo no es un hombre tan mezquino. Por eso esta orden de mi amo no es algo que haya brotado del extremo de la astucia. En conclusión pienso que es algo parecido a una larva de mosquito que ha brotado de la insuficiencia de inteligencia. Si uno come se llena el vientre. Si cortan sangra. Si matan muere. Así pues, si golpean maúlla — esa sería su conclusión precipitada. Pero eso, lo siento, no es del todo lógico. Yendo por ese camino, si uno cae al río inevitablemente muere. Si come tempura inevitablemente tiene diarrea. Si recibe el sueldo inevitablemente va a trabajar. Si lee libros inevitablemente se vuelve eminente. Si inevitablemente fuera así habría quien se viera en apuros. Si golpear inevitablemente tiene que hacer maullar yo me vería en apuros. Ser tratado como el reloj cuco del pájaro mozo no tiene ningún aliciente nacer gato. Primero vencí a mi amo en mi fuero interno en esa medida, y luego maulé conforme al encargo.

 Entonces mi amo preguntó a su esposa: "Ese 'miau' que acaba de decir, ¿es una interjección o un adverbio, lo sabes?"

 La esposa ante una pregunta tan brusca no dice nada. En verdad yo también pensé que esto sería el resultado de que la sangre del baño aún no se había calmado. En principio este amo es un excéntrico famoso en los alrededores, y hay quien ha afirmado claramente que es sin duda una enfermedad nerviosa. Pero la confianza en sí mismo de mi amo es formidable, y se mantiene en que no es él quien tiene la enfermedad nerviosa sino las gentes del mundo. Si las gentes del alrededor llaman a mi amo "perro idiota", mi amo los llama a ellos "cerdo idiota" alegando que es necesario para mantener la imparcialidad. En realidad parece que mi amo tiene intención de mantener la imparcialidad hasta el final. Es penoso. Un hombre como este plantea a su esposa una pregunta tan singular, lo que para mi amo puede ser un pequeño incidente antes del desayuno, pero desde el punto de vista de quien lo escucha suena a algo que haría alguien cercano a la enfermedad nerviosa. De modo que la esposa no dice nada envuelta en el humo. Yo naturalmente no tengo manera de contestar. Entonces mi amo de repente gritó en voz alta:

 "¡Eh!"

 La esposa se sobresaltó y respondió: "¿Sí?"

 "Ese 'sí', ¿es una interjección o un adverbio, cuál de los dos?"

 "¿Cuál de los dos? Esas tonterías da igual cómo sean."

 "No da igual, esto es el gran problema que actualmente domina la mente de los estudiosos de la lengua japonesa."

 "Vaya, ¿el maullido del gato? Qué cosas más raras. Pero el maullido del gato no es japonés, ¿verdad?"

 "Por eso. Ahí está la dificultad. Es el estudio comparado."

 "Ya veo", y la esposa al ser lista no se involucra en un problema tan tonto. "¿Y ha averiguado cuál de los dos es?"

 "Es una cuestión importante, así que no se puede averiguar tan rápidamente", y come el pescado crujiendo. De paso come el guiso de cerdo con patatas que hay al lado. "Esto es cerdo." "Sí, es cerdo." "Humm", y lo traga con un gran desprecio. "Voy a tomar una copa más", y extendió la taza.

 "Esta noche bebe bastante. Ya está bastante colorado."

 "Voy a beber — ¿sabe usted cuál es la palabra más larga del mundo?"

 "Sí, el Ministro de Estado Kanpaku Daijō-daijin."

 "Eso es un nombre. ¿Sabe cuál es la palabra más larga?"

 "¿Una palabra? ¿Una palabra extranjera?"

 "Sí."

 "No lo sé — ya basta de sake, tome arroz, ¿sí?"

 "No, voy a seguir bebiendo. ¿Le enseño cuál es la palabra más larga?"

 "Sí. Pero después arroz."

 "La palabra es Archaiomelesidonophrunicherata."

 "Será mentira."

 "No es mentira, es griego."

 "¿Qué significa en japonés?"

 "El significado no lo sé. Solo sé cómo se escribe. Escrita larga mide unos seis sun y tres bu."

 Que otro hombre dijera sobriamente lo que se dice después de beber es bastante curioso. Además, únicamente esta noche bebe desenfrenadamente. Normalmente tiene decidido dos tazas, pero ya ha bebido cuatro. Con dos tazas ya se pone bastante colorado, y habiendo bebido el doble la cara le arde como unas tenazas al rojo vivo, y aunque debe de pasarlo mal aún no se detiene. "Una más", extendió la taza. La esposa pensando que era demasiado hizo un gesto agrio diciendo "ya pare, solo le va a sentar mal."

 "No, aunque me siente mal voy a practicar un poco a partir de ahora. Omaichi Keigetsu dijo que bebiera."

 "¿Qué es Keigetsu?" Por más famoso que sea Keigetsu para la esposa no vale un céntimo.

 "Keigetsu es el crítico literario de primera categoría de ahora. Si ese dice que beba, es que debe de ser bueno."

 "No diga tonterías. Que sea Keigetsu o Baigetsu, decir que beba uno sufriendo es una intromisión innecesaria."

 "No es solo beber. También dijo que relacionarse, tener aficiones, viajar."

 "Peor aún. Ese hombre, ¿es el crítico de primera categoría? Vaya qué cosa. Decirle a alguien con mujer e hijos que tenga aficiones..."

 "Las aficiones también están bien. Aunque Keigetsu no lo diga, si tuviera dinero quizás las tendría."

 "Menos mal que no lo tiene. Si empezara ahora con aficiones sería un desastre."

 "Si dices eso lo abandono, pero en cambio trátame algo mejor como marido y por tanto dame de comer mejor por las noches."

 "Esto es lo mejor que puedo hacer."

 "¿Ah sí? Pues las aficiones las dejo para cuando entre algún dinero, y esta noche lo dejo aquí", y extendió el cuenco de arroz. En total parece que comió tres cuencos de arroz frío. Yo esa noche conseguí tres trozos de carne de cerdo y una cabeza de pescado a la sal.