El Día que el Velo Blanco se Tiñó de Rojo

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5. La jaula del alma y un final decisivo

Cuando An Yilin abrió los ojos de nuevo, toda la habitación estaba tan silenciosa que se habría oído caer una hoja.

No lloró, no se alteró, ni siquiera mostró una expresión de más. Aquellos ojos que antes habían estado llenos de vivacidad y luz de estrellas, ahora estaban vacíos, como un pozo profundo al que ya no llegaba ninguna luz.

La enfermera entró con pasos suaves y le preguntó con voz cálida si quería beber un poco de agua; ella no respondió. Xia Xingcheng, con los ojos enrojecidos, le sostenía con fuerza la mano helada, con los dedos temblando; An Yilin simplemente dejaba que se la sostuviera, con la mirada siempre clavada, inerte, en el techo blanco.

Era como si, con un candado invisible, hubiera sellado su alma por completo en aquel instante de la boda teñida de sangre, dejando solo un cascarón que aún respiraba, que aún parpadeaba, en este mundo. Aquella nueva vida en su vientre, de apenas un mes, todavía inestable, se había convertido en el secreto mejor guardado que toda la familia An protegía con extremo cuidado, mientras ella misma parecía no saber absolutamente nada.

Tras salir del hospital, An Yilin comenzó un extraño ritual.

Cada día iba a los alrededores de la casa de Li Yu'en.

No entraba, no tocaba el timbre, ni siquiera intentaba acercarse a aquel callejón que tan bien conocía.

Solo se quedaba de pie, sola, a lo lejos, bajo la sombra de un árbol al otro lado de la calle, como una estatua sin sensaciones, mirando aquella casa a la que tantas veces había entrado llena de alegría. Miraba la tenue luz que se filtraba tras las cortinas, miraba la puerta cerrada de la familia Li, y se quedaba así, de pie, la mayor parte del día, bajo el viento frío.

Aquella postura era la de quien espera a alguien que sabe perfectamente que ya nunca llegará.

Xia Xingcheng y Gu Yanxi, preocupadas, dejaron de lado todo su trabajo y se turnaban para acompañarla. Pero, la mayor parte del tiempo, lo que permanecía detenido entre las sombras al otro lado de la calle era un auto negro discreto pero blindado, junto con un An Jingche de rostro adusto y toda una fila de guardaespaldas vestidos de negro.

Como núcleo de la mafia, An Jingche habría tenido mil maneras de resolver aquellos problemas, pero al ver a su hermana en aquel estado de alma perdida, solo podía reprimir toda su violencia contenida y, de la forma más silenciosa posible, servirle de escudo más sólido.

Sin embargo, aquella contención de ambos no obtuvo, a cambio, ninguna comprensión.

Cada vez que alguien de la familia Li entraba o salía por la puerta, en cuanto veía aquella figura oscura al otro lado de la calle, todos los nervios de Lin Shuhua se erizaban de golpe, como dinamita encendida, y corría hacia ella histérica, para insultarla y golpearla.

—¡Todavía te atreves a venir! ¡Asesina, tú mataste a mi hijo!

—¡Llevas pegada la sangre de mi hijo, cómo tienes la cara de quedarte parada aquí!

—¡Lárgate de aquí! ¡Fuera de la vista de la familia Li! ¡Ni muerta quiero volver a verte!

Frente a aquellos insultos punzantes y los golpes de bolso y bofetadas que le llovían encima, An Yilin ni siquiera parpadeaba.

No se apartaba, no esquivaba, y mucho menos abría la boca para defenderse. Se quedaba ahí, parada, entumecida, dejando que las uñas afiladas de Lin Shuhua le rasgaran las mejillas, dejando que aquellas palabras más crueles que un cuchillo se estrellaran contra ella una y otra vez. Su mejilla se enrojecía una y otra vez a fuerza de bofetadas, pero ella solo bajaba los ojos, como si aquel dolor no le estuviera sucediendo a ella misma; o tal vez, el dolor físico era la única prueba que le quedaba de que seguía viva.

—¡Ya basta!

El cuerpo alto de An Jingche se interpuso como un fantasma ante An Yilin; aquel rostro suyo, forjado por un entrenamiento militar y curtido durante años en las sombras más sangrientas, estaba ahora cubierto de escarcha. Nunca olvidaba que Li Yu'en había muerto por salvar a Song Yunze, ni tampoco olvidaba el dolor de la familia Li por la pérdida de su ser más querido; por eso reprimía con todas sus fuerzas la crueldad propia del bajo mundo y jamás había respondido con violencia a Lin Shuhua.

La mano grande, de nudillos marcados, del hombre, interceptó con precisión en el aire la bofetada que Lin Shuhua le lanzaba; la fuerza era contenida, pero no admitía resistencia alguna. Los guardaespaldas de negro detrás de él también avanzaron al instante, formando un muro humano impenetrable que protegía a An Yilin en el centro más seguro, aislándola de cualquier daño físico.

Pero si bien lograban detener las bofetadas, no podían detener aquellas maldiciones, cada vez más venenosas, que atravesaban el muro humano.

Lin Shuhua lloraba desplomada en el suelo, los ojos cargados de un odio enloquecido. Para aquella madre que había perdido a su hijo amado, solo arrastrando a An Yilin junto con ella hacia el abismo del sufrimiento lograba encontrar, a duras penas, algo que la sostuviera con vida.

Y detrás de los guardaespaldas, An Yilin permanecía siempre como una marioneta a la que le hubieran arrebatado la voz, callada en medio de aquellos insultos de un modo que partía el corazón.

Ruptura y punto final

Llegó el día de despedir a Li Yu'en; el cielo estaba terriblemente nublado, y una lluvia fina y continua aplastaba el mundo entero bajo una capa gris y opresiva.

El funeral, la cremación, la colocación de las cenizas en el columbario: todo el proceso resultó tan pesado que apenas dejaba respirar.

An Yilin se había cambiado el blanco riguroso por un vestido negro de corte sobrio pero sin vida alguna, el rostro blanco hasta casi parecer transparente.

No lloró en voz alta; solo permaneció, acompañada por An Jingche y los guardaespaldas, de pie a lo lejos, humildemente, en el extremo más alejado de la multitud del funeral. El agua de lluvia le resbalaba por el cabello; era imposible distinguir si era lluvia o lágrimas.

No se atrevía a acercarse.

Y la familia Li tampoco permitiría jamás que tocara ni uno solo de los objetos que habían pertenecido a Li Yu'en.

Justo cuando terminaba la última ceremonia y la multitud estaba a punto de dispersarse, Lin Shuhua, con los ojos inyectados en sangre, volvió a distinguir, en el instante en que se giraba, aquella figura oscura.

En ese instante, el cansancio, el dolor y el rencor acumulados durante varios días seguidos se descontrolaron por completo. Lin Shuhua apartó a quienes intentaban sostenerla y, como una fiera enfurecida, se lanzó directo hacia adelante, levantando la mano para dar una bofetada brutal en el pálido rostro de An Yilin.

—¡Todo es culpa tuya...!

Pero esta vez, antes de que la mano de Lin Shuhua llegara a caer, su muñeca quedó atrapada en el aire por una mano grande, cálida pero dura como el hierro.

An Jingche, con el rostro serio, interpuso su figura alta por completo delante de An Yilin. La fuerza de su mano era enorme, tanta que el rostro furioso de Lin Shuhua se contorsionó al instante por el dolor punzante que sintió en la muñeca.

Miró desde arriba a aquella mujer, hundida en un dolor que rozaba la locura; el frío letal y la presión propios del núcleo de la mafia ya no se ocultaban en el fondo de sus ojos, y su voz sonó grave, definitiva, cargada de un veredicto que no admitía réplica:

—A partir de hoy, la familia An y la familia Li rompen todo vínculo por completo.

Lo dijo palabra por palabra, sin la más mínima concesión ni compasión en sus ojos negros:

—Estos días, he dejado que golpearas e insultaras a Yilin por consideración a Yu'en. Pero la paciencia de las personas tiene un límite. A partir de hoy, todo lo que le suceda a Yilin, su vida, su enfermedad, su muerte, no tendrá ya la más mínima relación con ustedes, la familia Li.

Lin Shuhua se quedó completamente paralizada.

Era como si nunca antes hubiera visto una mirada tan aterradora y sedienta de sangre en An Jingche; aquella presión militar y aquella crueldad del bajo mundo que emanaban de lo más profundo de su ser hicieron que el grito que ya tenía en la punta de la lengua se le atragantara en la garganta.

En el fondo de sus ojos pasó un destello de pavor, que enseguida fue reemplazado por un odio aún más profundo, impotente. Pero al mirar aquel rostro de An Jingche, frío como un hielo milenario, sin la menor calidez, y a los guardaespaldas de negro que la rodeaban con mirada amenazante, comprendió que la familia An hablaba completamente en serio.

Después de un largo momento de más de diez segundos, Lin Shuhua, apretando los dientes con fuerza, escupió por fin, entre los dientes, una sola palabra:

—Bien.

Su voz salió tan ronca que apenas parecía suya, cargada de un llanto quebrado, pero también de una determinación de no volver a mirarse jamás:

—A partir de hoy, si Yu'en vive o muere, si va bajo tierra o al cielo, ya no tiene absolutamente nada que ver con ella, con An Yilin. ¡Que ninguno de la familia An vuelva jamás a poner un pie en la puerta de mi familia Li!

En el instante en que aquellas palabras cayeron, An Yilin, que hasta entonces había permanecido de pie atrás, inmóvil como una estatua, se estremeció ligeramente.

A través del hombro ancho de An Jingche, miró el rostro de Lin Shuhua, cargado de odio; en ese instante, su mente vacía pareció al fin comprender algo.

Ella y Li Yu'en, en verdad, habían llegado a su fin.

Aquella alfombra roja por la que solo les había faltado un paso para caminar de la mano hasta la vejez, había sido cortada de raíz. De ahora en adelante, quien pudiera ofrecerle incienso a Li Yu'en y despedirlo ya no sería ella, su legítima «prometida»; y ella se convertiría en una completa extraña, a quien incluso mencionar su nombre le sería considerado un pecado imperdonable.

Solo podía quedarse ahí, de pie, en medio de aquella cortina de lluvia helada, mirando a lo lejos cómo aquellas cenizas que habían sido suyas quedaban selladas dentro de un muro de piedra frío, enterrando junto con ellas todo su amor y su futuro, en aquel pasado teñido de sangre al que jamás podría regresar.