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Como de costumbre, en las decenas de kilómetros a la redonda que rodeaban Meuse Town, aunque no llovía, el cielo estaba lo bastante oscuro como para inquietar, el aire pesado y sofocante, como si todo se hubiera detenido, congelado en el sitio; y el viejo río Meuse fluía como siempre, atravesando Meuse Town igual que todos los días. En la orilla estaba sentado el viejo Frantz, que llevaba toda la tarde sin pescar nada; para él aquello era una forma de matar el tiempo tan aburrida como su propia vida, y sin embargo, esta vez, algo no cuadraba: por lógica, esta era precisamente la temporada en que la lubina negra de río abundaba cada año. El calor sofocante lo hacía sudar a chorros, y el retumbar lejano de un trueno apagado no ayudaba a calmar su inquietud. El viejo Frantz masculló entre dientes; ese día había traído tiras de ternera como cebo, porque en el bar había hecho una apuesta con Louis: no volvería a casa sin pescar algo. Era cuestión de honor, y eso no podía perderlo.
El corcho se movió un poco, y luego se hundió por completo bajo el agua; le siguió el chirrido rápido del carrete al girar.
El viejo Frantz se apresuró a agarrar la caña, y en el instante en que la tomó sintió aquel tirón poderoso: era un pez de buen tamaño. Exultante, el viejo Frantz ya casi podía ver la cara descompuesta de Louis. El tirón se intensificó, perdió pie, y cayó de cabeza al agua; el río Meuse se enturbió al instante, y ya no se veía nada.