Crónica de la Niebla

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(1) Una comedia orquestada por ellas mismas

Apenas ayer se había disipado la amenaza que el demonio serpiente de nueve cabezas suponía para los habitantes del pueblo de Qingxi, y hoy el pueblo ya había recobrado su bullicio de costumbre, con gente yendo y viniendo, animado y ruidoso como cualquier día corriente. Los mortales, aunque frágiles, son también tenaces y resistentes: apenas superada una crisis, son capaces de reajustar el ánimo y volver de inmediato al curso normal de la vida, como si los sinsabores de ayer jamás hubieran ocurrido. Incluso el asunto del matrimonio de Manchun volvió a mencionarse con rapidez. Pero era evidente que Manchun no estaba en absoluto satisfecha con el enlace que sus padres le habían concertado.

Ya antes de que el demonio serpiente de nueve cabezas llegara a Qingxi, sus padres habían comenzado a concertar su matrimonio: una casamentera iba y venía entre las familias, proponiendo como pretendiente al magistrado de la Ciudad Shuishi. Shuishi era, en toda la comarca, la ciudad más próspera y bulliciosa; el magistrado había tomado esposa a los veinte años y ya tenía hijos e hijas, mas no parecía darse por satisfecho, de modo que había encargado a la casamentera que le buscara por doquier una joven hermosa para tomarla como concubina. Cada vez que se hablaba de ello, Manchun sentía una honda amargura: sus padres siempre pensaban que, si alguien pagaba una buena suma por su hija, los años de crianza quedaban al fin recompensados, y que casarla con un hombre capaz de garantizarle comida y ropa sin apuros era ya un buen destino; con el corazón contento, habían dado su consentimiento sin tardanza. De no haber sido por el alboroto del demonio serpiente, es probable que ya una pequeña litera hubiese venido a llevársela.

Pero, bien mirado, por más amargura que sintiera Manchun en su corazón, en realidad no tenía fuerza alguna para oponerse. Al fin y al cabo, «la voluntad de los padres, la palabra de la casamentera»: ¿qué podía decir una hija frente a eso? Anu y Xing'er, en cambio, no estaban en absoluto de acuerdo. Las mujeres asura son celosas por naturaleza, un rasgo grabado a fuego en sus mismos huesos; jamás aceptarían algo como compartir marido con otra mujer. Xing'er, tras tanto tiempo al lado de Anu, había terminado por adoptar, a fuerza de oírla y de verla, la misma manera de pensar. Ambas sentían una honda indignación ante el hecho de que Manchun fuera obligada a convertirse en concubina; pero Xing'er, tímida y pusilánime por naturaleza, aunque lo desaprobaba con todas sus fuerzas, no podía sino suspirar de impotencia. Anu, en cambio, no podía tragarse aquel trago amargo: ¿con qué derecho? Su temperamento era, de por sí, impetuoso y ardiente; aunque sabía bien que inmortales y mortales pertenecían a mundos distintos, que el mundo de los hombres tenía sus propias reglas y su destino trazado, y que no debía inmiscuirse demasiado, no podía soportar ver a su pequeña hermana de crianza sufrir semejante afrenta.

«¿Podrías vivir si te marcharas de aquí?» preguntó Anu de pronto. «Si es así, yo te ayudaré.»

Manchun y Xing'er se quedaron pasmadas a un tiempo, abriendo los ojos como platos, incrédulas. «¿Qué has dicho?»

Apenas se apagó el eco de sus palabras, Xing'er pensó para sus adentros: mal asunto; ¿qué travesura estaría tramando ahora esta muchacha? Someter demonios y exterminar monstruos bien podía llamarse restaurar el orden celestial, pero los matrimonios del mundo mortal tenían sus propias reglas, propias del mundo mortal; si Anu insistía en meter baza, ¿no temía trastocar el orden del Cielo? Xing'er, inquieta, no pudo disimular la preocupación en la mirada. Manchun parpadeó, sin saber por un momento qué responder; al fin y al cabo, jamás se le había ocurrido pensar en algo así, y si nunca lo había pensado, ¿cómo iba a conocer la respuesta?

«Yo...» Manchun estuvo cavilando un buen rato antes de lograr articular, a duras penas, una frase. «Yo... tengo a un muchacho que me gusta...»

Aunque la respuesta parecía no venir a cuento, Anu comprendió al instante lo que pasaba por el corazón de Manchun.

«Pues asunto resuelto: ve y pregúntale si está dispuesto a huir contigo, lejos de aquí, y casarse ante el cielo y la tierra, tomando el cielo por testigo y la tierra por dote, para echar raíces en otra parte y empezar de nuevo, marido y mujer unidos de corazón. Mientras tú me tengas presente a mí y yo te tenga presente a ti, ningún día será demasiado amargo para lamentarse; siempre será mejor que vivir humillada, mirando la cara ajena, compartiendo marido con otra.»

Anu hablaba con tanta indignación como si ella misma tuviera larga experiencia en estas cosas, cuando en realidad, ¿qué sabía del amor entre hombre y mujer? Aunque desde niña había sido colmada de mil cariños, todos venían de su padre, de sus hermanos, de sus mayores y de los pequeños espíritus del Bosque de la Niebla; en cuanto al afecto que Xiaoyi sentía por ella, como él jamás lo había expresado con palabras, ella lo había recibido de manera pasiva y confusa, sin llegar a comprenderlo del todo por sí misma. Pero sí sabía que, generación tras generación, las mujeres asura que se casaban con la Corte Celestial acababan, por sus celos, provocando guerras y desastres; había crecido oyendo esa historia una y otra vez, y ¿no era justamente por eso que sus padres la mantenían recluida en el Bosque de la Niebla? Así que, aunque no entendía nada del amor entre hombre y mujer, Anu sentía como si de algún modo pudiera comprenderlo por experiencia propia.

Y, más aún, quería tomar cartas en el asunto para restablecer la justicia.

Al fin y al cabo, su carácter era así.

Xing'er sacudió la cabeza, deseando disuadirla, pero comprendió que Anu no atendería a razones, que hablar sería en vano. Y, además, ella misma tenía la culpa de haber mencionado a Xiaoyi sin necesidad; por eso había arrastrado a Anu a buscar a Manchun, precisamente para distraerla. Ahora se arrepentía, pero ya era tarde: si no dejaba que Anu se metiera en este lío, temía que volviera a pensar en Xiaoyi, y entonces sí que sería un desastre difícil de calmar. Verdadero dilema sin salida; así que se tragó de nuevo las palabras que ya tenía en la punta de la lengua.

«Yo... ¿yo podría? ¿Ir a... preguntarle? Y aunque él aceptara, ¿qué sería de mis padres?» Manchun se mostraba visiblemente turbada; aun logrando lo que su corazón deseaba, sus padres habían recibido ya la dote del pretendiente, y si su hija huía con otro hombre... al pensarlo, sus ojos se llenaron más de espanto que de esperanza.

«¿A estas alturas todavía piensas en tantas cosas? Ve simplemente a preguntarle a tu amado; mientras él esté dispuesto, lo demás no será problema. ¿Quién soy yo? Lo único que temo es que el muchacho no quiera. Montar una farsa, cambiar el cielo por la tierra sin que nadie lo note, todo eso puede hacerse; te garantizo que tus padres no sufrirán ningún percance, ¡que para eso me tienes a mí!» Anu se dio unas palmadas en el pecho: siendo ella, ni más ni menos, una princesa del Clan Asura, ¿qué podría hacerle un puñado de simples mortales? «Y además, cuando pase el tiempo y se apague el rumor, ya les haréis saber a tus padres que estáis bien; lo más urgente ahora es confirmar la voluntad del muchacho.»

En el fondo, Anu se sentía un tanto sorprendida: ¿desde cuándo tenía la pequeña un hombre que le gustaba? ¡Tan calladamente, sin que jamás lo hubiera mencionado! Pero, pensándolo mejor, tampoco frecuentaban tanto el pueblo de Qingxi; venían de tarde en tarde, así que ¿cómo iba a andar contando un asunto tan íntimo? No sabiendo con certeza la hondura de aquellos sentimientos, Anu pensó que, al fin y al cabo, los mortales no eran como ella: no tenía que trabajar afanosamente para sobrevivir ni depender del favor ajeno, pero las mujeres del mundo de los hombres, en su mayoría, debían apoyarse en un varón para vivir. Si el muchacho de veras quería a Manchun y estaba dispuesto a llevarla lejos de su tierra natal sin temer las habladurías ajenas, que los dos se sostuvieran mutuamente y salieran adelante juntos sería, sin duda, mejor que dejar a una mujer sola y desamparada.

El asunto, si se quería decir urgente, lo era en verdad: la litera de la casa del magistrado de Shuishi vendría a buscarla en diez días, lo cual significaba que había que resolverlo todo dentro de ese plazo. Aunque semejante maniobra iba en contra de todas las normas del mundo mortal, animada por el firme apoyo de Anu, Manchun, que jamás había querido aceptar convertirse en concubina, cobró de pronto valor: ¿quién era Anu? Hasta al demonio serpiente de nueve cabezas había aniquilado; con un simple truco de sustitución, teniéndola de aliada, ¿cómo no iba a salir bien?

Por fortuna, aquel muchacho honesto que vivía en el este del pueblo y ayudaba a vender arroz en la tienda de la familia Wang, A-Gui, también dio su consentimiento. Había perdido a sus padres y se ganaba la vida con sus propias manos; trabajador y diligente, aunque no llegaba a rico, se las arreglaba para vivir con lo justo. Manchun solía ir a comprar arroz a la tienda para ayudar en su casa, y así, con el tiempo, los dos se fueron mirando con buenos ojos; A-Gui siempre le daba trato especial a Manchun, y con los días el cariño entre ambos se hizo más y más profundo. En cuanto supo que la familia de Manchun pensaba venderla como concubina al magistrado de Shuishi, a A-Gui, por supuesto, se le partió el corazón; al enterarse de que alguien podía ayudarles a fugarse, después de meditarlo dos días, tomó la firme decisión de llevarse a Manchun a una gran ciudad a cincuenta leguas de allí para comenzar una nueva vida, lejos de Qingxi y de los pueblos vecinos, donde la posibilidad de que los descubrieran sería mucho menor. Era sano, fuerte y trabajador: ¿dónde no iba a encontrar un oficio? En cuanto a cómo fugarse sin causar perjuicio a los padres de Manchun, Anu planeó que la novia fuera «secuestrada» a mitad de camino, cuando la litera se dirigiera a la boda; unos bandidos se la llevarían y desaparecerían, y la culpa recaería en esos bandidos, sin que los padres de Manchun tuvieran nada que ver. Si hacía falta devolver la dote, ya llegaría el día en que, una vez asentada la joven pareja, pudieran resarcir a los padres por su pérdida.

A-Gui solo sabía que había reunido a un grupo de amigos para disfrazarse de bandidos y asaltar la comitiva a mitad de camino; él únicamente tenía que preparar, según lo acordado, ropa y provisiones, y esperar en el bosque a que llegara la novia para emprender el camino. Al principio le preocupaba que sus amigos fueran perseguidos por las autoridades, y esto lo inquietaba bastante; pero ¿cómo iba a saber que aquellos «bandidos» no eran sino una ilusión conjurada por los hechizos de Anu? Aunque se presentara denuncia, jamás en la vida los atraparían.

Esta parte, desde luego, Manchun no podía revelársela a nadie.

A-Gui presentó su renuncia por adelantado ante su patrón, inventando una historia sobre ir a buscar a unos parientes lejanos. Aunque el patrón sintió no poder retenerlo, viendo su firme determinación, no tuvo más remedio que aceptarla, y, en atención a su honradez, incluso le dio algo de plata para el viaje. A-Gui, siguiendo las instrucciones de Manchun, no reveló su verdadero destino; al contrario, dejó entrever la dirección opuesta, y así comenzaron los preparativos para la partida.

Al ver a A-Gui organizándolo todo con tanto esmero, Anu, al principio, encontraba la situación algo cómica: aun yendo con las manos vacías, todo se arreglaría, pues lo que quisieran para su futura vida no era más que cosa de mover un dedo suyo; mientras el muchacho tuviera verdadero cariño por Manchun y no la traicionara jamás, no había por qué preocuparse de nada más. Pero, pensándolo de nuevo, dado que inmortales y mortales pertenecían a mundos distintos, no debía revelar su verdadera identidad más allá de Manchun; además, un hombre del mundo mortal debía, por su propia naturaleza, mantener a su familia, y que el muchacho tuviera la determinación de asumir esa responsabilidad era, en sí mismo, motivo de tranquilidad. Así que lo dejó hacer, ocupado en sus asuntos, pues, a fin de cuentas, en los días venideros Manchun habría de apoyarse en él, y no en ella.

Qingxi era, en origen, una pequeña ciudad de montaña, y el camino desde Shuishi discurría por sendas sinuosas y escarpadas, con bosques frondosos y árboles centenarios a ambos lados. Que de pronto surgiera una banda de bandidos podía resultar sorprendente, mas no era algo del todo inconcebible. La comitiva nupcial contaba con algunos guardias, pero no pudieron hacer frente a la turba de asaltantes; sin embargo, aquellos bandidos no hicieron daño a nadie, limitándose a saquear los bienes y a llevarse a la novia. A-Gui, en un principio, no estaba de acuerdo con que también se robaran los bienes, pero Anu argumentó que llevarse solo a la novia despertaría sospechas: ¿qué clase de bandidos serían, si no mataban a nadie ni robaban nada? Semejante farsa tendría demasiados cabos sueltos. Así que A-Gui tuvo que ceder, y de paso se quedó con lo saqueado para que la joven pareja tuviera con qué empezar su nueva vida.

Instalada plácidamente en lo alto de un árbol, Anu conjuraba sus hechizos con toda calma, aplaudiendo por su cuenta ante el espectáculo del saqueo simulado. Era una mujer que no podía volver a su hogar, y para reducir al mínimo las miradas ajenas, había tenido que permanecer largos años recluida en el Bosque de la Niebla, sin apenas libertad ni entretenimiento; no recordaba desde cuándo no reía con tal alegría como en ese momento. Contemplando su propia obra, Anu estaba encantada; y en cuanto vio que la novia había quedado ya lejos de la comitiva, saltó del árbol y voló tras ella.

«¿No te gustaría, muchacha tan hermosa, ser la señora del rey bandido?» Anu agitó la mano, y al instante los bandidos se desvanecieron sin dejar rastro; se dirigió a Manchun con una sonrisa burlona.

«Ni lo sueñes... ¡mi esposo me está esperando!» Manchun se sonrojó, retorciendo entre las manos el velo rojo que ya se había quitado.

«¡Vaya, vaya! ¡Mira qué desagradecida! En cuanto obtiene su provecho, cambia de cara al instante y ya no me reconoce!» Anu empujó a Manchun, pero su rostro estaba lleno de sonrisas. «¿Y bien? ¿No vas a apresurarte?»