Crónica de la Niebla

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(2) Hasta el final del camino

Las dos muchachas, una inmortal y otra mortal, avanzaban tomadas de la mano a paso decidido hacia el carruaje; lo único fuera de lugar era el velo de gasa púrpura con que Anu se cubría el rostro. Al fin y al cabo, con A-Gui presente, Anu tenía que mantener el rostro cubierto: ni siquiera los seres celestiales podían garantizar que su verdadero semblante no les hiciera perder la compostura, así que un simple mortal como A-Gui, con más razón. Anu no se atrevía a desobedecer las órdenes de su madre, y tampoco quería arriesgar la felicidad tan difícilmente ganada de su pequeña hermana de crianza, así que la gasa no se apartaba jamás de su rostro.

A-Gui le había preguntado en cierta ocasión a Manchun por qué Anu siempre llevaba el rostro cubierto. La respuesta, desde luego, era la que ya tenían acordada de antemano: Anu era hija de una familia de gran alcurnia, y no le convenía mostrar el rostro en público.

A-Gui, aunque a medias lo creía y a medias lo dudaba —¿cómo iba una hija de familia tan encumbrada a hacerse amiga de gente humilde como ellos?—, viendo el despliegue de recursos que Anu había puesto en marcha, pensó que, de no ser hija de una gran casa, no habría podido montar semejante operación, y prefirió no indagar más.

Mejor dejar las cosas como estaban.

A lo lejos, dos carruajes avanzaban uno tras otro; A-Gui delante, Xing'er detrás. Contemplando a Manchun vestida de rojo nupcial, con el maquillaje encendido en el rostro, A-Gui no podía disimular su dicha.

«¡Estás preciosa!», dijo.

A-Gui tomó a Manchun de la mano y subió con ella al primer carruaje; Anu sonrió, cogió a Xing'er de la mano y saltó de inmediato al segundo. Había decidido hacer el bien hasta el final, escoltando a la joven pareja durante todo el trayecto hasta su nuevo hogar, para poder así, en el futuro, seguir buscando a Manchun sin perder su rastro para siempre.

Viajaron parando y avanzando, y al cabo de varios días los cuatro llegaron por fin a la Ciudad Yan. Yan era mucho más grande que Qingxi, e incluso que la propia Ciudad Shuishi: gentes y carruajes se mezclaban sin cesar, mercaderes iban y venían sin interrupción, y las calles eran incontables veces más anchas que las de Qingxi. Manchun, que jamás había salido de Qingxi, al levantar la cortina del carruaje, abrió los ojos de par en par, mirando a todos lados con curiosidad.

«Ya había venido antes a la Ciudad Yan con mi patrón, así que no me resulta del todo extraña», le explicó A-Gui a Manchun, señalándole a grandes rasgos las tiendas y las calles. A Manchun todo le parecía deslumbrante, un mundo de colores que no daba abasto para contemplar: ¿sería aquel el lugar donde ella y A-Gui vivirían juntos de ahora en adelante? A decir verdad, sentía un poco de miedo en el corazón.

El carruaje redujo la velocidad en cuanto entró en la ciudad, pero siguió avanzando derecho hacia el oeste, hasta que, frente a un patio de aspecto abandonado y ruinoso, A-Gui pidió al cochero que se detuviera.

«Aquí no vive nadie desde hace varios años; nos instalaremos aquí de momento, y cuando hayamos ahorrado lo suficiente, compraremos nuestra propia casa. Como todo se decidió con tanta prisa, no hubo tiempo de prepararlo bien; tendrás que soportarlo un poco», dijo A-Gui, tomando de la mano a Manchun para ayudarla a bajar del carruaje, el corazón lleno de remordimiento.

«No digas eso. Habiendo decidido todo con tanta premura, ya es una suerte tener un techo que nos resguarde de la lluvia y el viento; mientras los dos nos sostengamos con un solo corazón, no habrá día que no podamos superar», dijo Manchun, apretando con firmeza la mano de A-Gui. «Será mejor que bajemos primero las cosas del carruaje, para que el cochero pueda descansar cuanto antes.»

Así, los cuatro y el cochero se afanaron en cargar las cajas y baúles hasta el patio; hasta donde alcanzaba la vista, todo era maleza crecida, el tejado ligeramente hundido, la puerta de espinos a punto de desplomarse, crujiendo con cada golpe de viento; el papel de las ventanas estaba tan roto que no quedaba un solo trozo entero... Anu miró a Xing'er y sacudió la cabeza: con solo fuerzas mortales, ¿cuánto tiempo tomaría arreglar aquello hasta hacerlo habitable? Habían venido a beber vino de bodas, ¿cuánto tiempo iban a tener que quedarse? Suspiró, se acercó a Manchun y le susurró unas palabras al oído.

«Busca la manera de alejar a A-Gui; Xing'er y yo lanzaremos un hechizo, y en poco tiempo este lugar quedará limpio y en orden; luego lo decoraremos, y hasta podríamos celebrar una boda sencilla. En cuanto os caséis y bebamos el vino de la boda, Xing'er y yo debemos volver al Bosque de la Niebla; llevamos demasiado tiempo fuera, y temo que mi padre lo descubra...»

«Aunque logre alejar a A-Gui, al final volverá de todos modos; ¿cómo va a no sospechar si en tan poco tiempo un lugar tan destartalado queda arreglado?», Manchun sacudió la cabeza, con expresión de «esto no puede funcionar».

Que no despertara ninguna sospecha era, desde luego, imposible; pero llegar a un término medio era factible.

«Escúchame, primero aleja a A-Gui. ¿No soy acaso hija de una gran familia? Si pude reunir una banda de bandidos, ¿cómo no voy a poder encontrar gente que ayude a arreglar la casa?»

A Manchun, oyendo aquello, le pareció que tenía mucho sentido; creyera o no del todo, mientras no se descubriera la verdad, ¿quién iba a adivinar la verdadera identidad de Anu? Así que se acercó a A-Gui y le dijo: «¿No te falta algo que necesites? ¿Por qué no sales primero a comprarlo? Anu dice que puede encontrar gente que ayude a arreglar la casa; así, dividiendo las tareas, todo se resolverá más rápido, porque con solo cuatro personas dudo que esta misma noche consigamos siquiera un rincón donde dormir.»

A-Gui, al oírla, frunció ligeramente el ceño: ¿tenía también aquella muchacha, Anu, conocidos en la Ciudad Yan? Apenas llegados a un lugar desconocido y ya podía movilizar gente; sin duda no era persona común, sino de alta cuna o gran riqueza. Miró de reojo a Anu, con el rostro aún cubierto por el velo, y su corazón se llenó de dudas; pero enseguida pensó que, de no haber sido por la ayuda de Anu a lo largo del camino, ¿cómo habrían logrado él y Manchun huir con tanta facilidad hasta la Ciudad Yan? Al fin y al cabo, quien tiene verdadero talento no necesita ostentarlo; aunque quedaran muchos interrogantes, era evidente que aquella muchacha obraba de buena fe, sin la menor mala intención. Siendo amiga de Manchun, fuera cual fuese su identidad, su propósito era ayudarles a ambos; A-Gui apenas si le alcanzaba la gratitud, ¿cómo iba a permitirse dudar de ella?

«Bueno... entonces está bien. Sí que hay algunas cosas que necesito comprar; iré un momento a la calle. Que Anu se encargue de esto, por favor.»

«Anda, ve ya... no seas tan formal conmigo.» Anu agitó la mano indicándole a A-Gui que se marchara tranquilo; en ese mismo instante, A-Gui alcanzó a ver que Manchun tenía la misma expresión, y aunque su corazón seguía lleno de dudas, no tuvo más remedio que salir con desgana.

No había remedio: si Manchun decía tal cosa, ¿a quién iba a creerle él sino a ella? Al fin y al cabo, era la mujer con quien había decidido pasar el resto de su vida.

Viendo a A-Gui alejarse, Anu y Manchun no pudieron contener la risa; Xing'er, en cambio, tenía cara de disgusto: el carácter de Anu de veras que le daba dolor de cabeza.

«¡Bueno, ya está! Deja de mirarme así y ve a echar un vistazo alrededor, no vaya a ser que alguien note algo raro», dijo Anu, empujando a Xing'er hacia afuera. «Ya sé que estamos en el mundo mortal, haré la comedia lo mejor que pueda; deja ya de poner esa cara tan seria...»

«Si algún día el Rey Asura me desuella y me despedaza, la culpa será toda tuya», masculló Xing'er entre dientes, aún resentida, mientras la empujaban fuera del muro del patio. Dio una vuelta por los alrededores; como aquello quedaba cerca de las afueras de la ciudad, no era tan bullicioso como el centro. Había algunos vecinos, dispersos y no muy numerosos, todos ocupados en sus quehaceres, con niños que jugaban despreocupados; el lugar tenía un aire de sosiego particular. Tal vez porque el patio llevaba tanto tiempo abandonado, la gente que pasaba por allí tampoco le prestaba mucha atención.

De vuelta en el patio en ruinas, Xing'er le contó a Anu lo que había visto en los alrededores; Anu ladeó la cabeza, pensativa por un momento, y luego movió los dedos para conjurar su hechizo. No pasó mucho tiempo antes de que, de improviso, comenzaran a llegar grupos de gente frente al muro del patio: hombres y mujeres, viejos y jóvenes, un verdadero bullicio. Traían paños, plumeros, escobas, cubos, palanganas... y toda clase de herramientas para empapelar ventanas, reparar puertas y arreglar tejados, y fueron acercándose uno tras otro hasta Anu, saludándola todos a una con gran reverencia.

«¡Pues manos a la obra!», dijo Anu con una sonrisa; aquello no era más que un espectáculo para los ojos ajenos, una simple ilusión, pues no podía la casa quedar renovada en un abrir y cerrar de ojos: ¿quién iba a creérselo?

Y así, ante los ojos de todos, aquel «grupo de gente» se afanó, con gran teatro, durante dos o tres días; la casa, aunque no llegara a lucir espléndida, quedó al fin como nueva, y el alboroto atrajo también a los vecinos cercanos, unos por chismear, otros por ayudar con buena voluntad; en fin, dentro y fuera todo era animación, en un ambiente de lo más armonioso.

«Bueno, que esto sirva de regalo de bodas para la joven pareja», dijo Anu con una sonrisa satisfecha, dirigiéndose a Xing'er.

Hasta la noche del tercer día, la joven pareja vio al fin cumplido su deseo: ante los vecinos reunidos y con Anu y Xing'er como testigos, celebraron la ceremonia nupcial. El vestido de la novia era uno ya confeccionado; el del novio, en cambio, lo había cosido la propia Manchun a toda prisa. Aunque todo se hizo con la mayor sencillez, la alegría y felicidad que iluminaban los rostros de la joven pareja resultaban de veras reconfortantes, y así, en medio de los festejos, Anu alzó su copa junto a los demás y bebió de un trago, dejando a Xing'er, a su lado, bañada en un sudor frío del susto.

«Tú no puedes beber vino...» Xing'er quiso detenerla, pero llegó tarde. El Clan Asura no sabe beber; con un solo trago se emborracha, y no solo Anu, ni siquiera los varones asura tocan el vino, de modo que aquel trago repentino que Anu se tragó dejó a Xing'er absolutamente desconcertada.

Antes de partir, la reina le había advertido especialmente que bajo ningún concepto dejara que Anu probara el vino.

«Tú... tú... tú...» Xing'er, aterrada, tiró de Anu y corrió con ella hacia la habitación donde se hospedaban de momento; temía que, de tardar demasiado, si alguien se emborrachaba, no supiera cómo terminaría aquello: quién sabe si acabaría revelando algún secreto de familia. No quería arriesgarse, así que lo mejor era llevársela de allí cuanto antes.

«¿A qué viene esto de hacerte la valiente sin saber beber?», refunfuñaba mientras arrastraba a Anu.

«Estoy contenta...», dijo Anu con una sonrisa embobada.

«¿Ya estás borracha, verdad?», dijo Xing'er con expresión de fastidio.

Puede que Anu estuviera de veras borracha, pues apenas había dicho que bebía por alegría, y ahora murmuraba entre dientes, confusa, palabras que sonaban claramente de tristeza.

«Al fin y al cabo, extraño tanto a mi madre... y a mi cuarto hermano... ¿acaso podré volver a la Corte real y verlos... verlos, aunque muera, no podré... no podré... verte a ti. Quinientos años... quinientos años, ¿qué cosa... qué cosa es eso? He esperado... demasiado tiempo... demasiado tiempo, y ya casi... casi... te he... te he olvidado...»

Con pasos tambaleantes, Anu entrecerró los ojos, señaló la luna en el cielo y siguió balbuceando, meneando la cabeza: «Con tanto esfuerzo... por fin... regresé... regresé... y otra vez me... me abandonaste... a mí... tú... tú... yo... yo... ¿no podría... dejar... dejar... de esperar?»

Mientras hablaba, sus pies perdieron el equilibrio y cayó sobre la cama; ya había perdido por completo la razón, y solo alcanzó a decir: «Pero yo... yo quiero... quiero... volver a casa... yo... sigo... sigo... esperándote... a ti... a ti... a ti... que nunca... me mentiste», y en cuanto acabó de hablar, se quedó profundamente dormida, del todo inconsciente. Xing'er se acercó para acomodarla y taparla con la manta, y entonces vio, en el rabillo de su ojo, un hilo de lágrimas.

¿Habría bebido de veras por alegría? ¿O había tocado alguna fibra íntima de su corazón y, presa de mil sentimientos a la vez, había bebido por pena? ¿Quién podría saberlo? Xing'er, desde luego, sabía que el «tú» del que hablaba Anu era Xiaoyi, no la luna; aunque ella no había presenciado el pasado de ambos, por los retazos de conversación que había ido recogiendo entre los espíritus del Bosque de la Niebla, ya se hacía una idea bastante clara de lo ocurrido.

Al fin y al cabo, el destino se complace en jugar con las personas. El camino del amor entre aquellos dos había sido escabroso, y el tiempo de separación había superado con creces al de estar juntos. En los doscientos años que llevaba con forma humana, Xing'er jamás había oído a Anu mencionar a Xiaoyi delante de ella; ahora comprendía que no era que no le importara, sino que no se atrevía a nombrarlo, temiendo que, con solo tocar ese nombre, la añoranza y el dolor brotaran desde lo más hondo de su ser como un dique roto, imposible ya de contener. Además, Anu no era como ella, nacida y criada en el Bosque de la Niebla; el hogar de Anu estaba en la Corte del Rey Asura, allí donde vivían sus padres y hermanos, y lo que ella más anhelaba era volver a la Corte para reunirse con su familia. De las palabras que había dejado escapar en su ebriedad, parecía que Xiaoyi le había hecho alguna vez la promesa de llevarla a casa; ¿acaso podía valorarse una promesa así en monedas de oro? Era el anhelo con que Anu soñaba día y noche, y sin embargo debía esperar, larguísimos, quinientos años.

Quien no comprendiera podría pensar que se trataba de meras palabras vacías. ¡Quinientos años! ¡Qué distancia tan lejana y tan hueca! Algo que no se toca ni se ve, como una sombra flotando en el aire, incapaz de encarnarse jamás en una persona de carne y hueso. Al fin y al cabo, por precaria que sea, una persona real a nuestro lado siempre puede darnos calor y cuidado, preguntarnos si tenemos frío o hambre; ¿qué puede hacer, en cambio, una sombra vana?

Pero, aunque otros no lo comprendieran, ella y los espíritus del Bosque de la Niebla sabían bien lo forzado de la situación de Xiaoyi, y que aquellos quinientos años de separación amorosa eran, entre todas las cosas forzosas, la más forzosa. Le había bastado ver a Xiaoyi una sola vez para comprender del todo la sinceridad de su corazón hacia Anu, sin la más mínima falsedad en él; de no haberse visto obligado por las circunstancias, ¿cómo habría de querer condenar a sí mismo y a su amada a soportar cinco siglos de anhelo y separación?