La momia verde

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CAPÍTULO XVIII. RECONOCIMIENTO

Lucy y la señora Jasher mantenían una confidencial conversación en el pequeño saloncito rosado. Fiel a su promesa, la señorita Kendal había venido a conciliar las cosas entre el fogoso profesorcillo y la viuda. Pero no era tarea fácil, pues la señora Jasher tenía motivos fundados para estar indignada por las palabras precipitadas que se le habían dirigido.

—Como si yo supiera algo del asunto —repetía una y otra vez con tono airado—. Pero si, querida, lo que me dijo equivalía a decirme que yo había asesinado…

Lucy no la dejó terminar.

—¡Vamos, vamos! —dijo, hablando como lo habría hecho con un niño díscolo—. Ya sabe usted cómo es mi padre.

—Parece que empiezo a aprender —dijo la viuda con amargura—, y viendo la facilidad con que está dispuesto a pensar mal de mí, creo que lo mejor sería que nos separáramos para siempre.

—Pero entonces nunca sería usted Lady Braddock.

—Aunque me casara con él, no estoy segura de que lo llegaría a ser, puesto que su hermano está extraordinariamente sano y pertenece a una familia de longevos. Y no será agradable vivir con su padre teniendo él tan mal genio.

—Eso fue solo porque estaba excitado. Piense en su salón y en la posición que desea ocupar en Londres.

—Bueno —dijo la señora Jasher, suavizándose visiblemente—, hay que reconocer que en eso hay algo. Después de todo, nunca se puede encontrar a un hombre perfecto. Y un hombre muy amable generalmente es tonto. No es posible esperar que la rosa esté sin espinas. Pero, verdaderamente, querida —contempló a Lucy con apacible sorpresa—, parece usted muy empeñada en que yo me case con su padre.

—Quiero ver a mi padre bien instalado antes de casarme yo con Archie —dijo la joven, sonrojándose—. Por supuesto que mi padre es un completo niño en todo lo referente a la casa y necesita que se le haga todo. Archie —me alegra decirlo— está ahora en condiciones de casarse conmigo en la primavera. Quiero que usted se case más o menos al mismo tiempo, y entonces podrán vivir en Gartley y…

—No, querida —dijo la señora Jasher con firmeza—; si me caso con su padre, él quiere que nos vayamos en seguida a Egipto en busca de esa tumba.

—Sé que él quiere que usted contribuya con el dinero que le dejó su difunto hermano. Pero seguramente no pensará usted subir el Nilo en persona.

—No, desde luego que no —dijo la viuda con resolución—. Yo me quedaré en El Cairo mientras el Profesor hace su excursión por Etiopía. Sé que El Cairo es un lugar muy encantador y que podré divertirme allí.

—¿Entonces ha decidido usted perdonar a mi padre por sus palabras irreflexivas?

—Es que no me queda más remedio —suspiró la señora Jasher—. Estoy tan cansada de ser una viuda desprotegida sin ninguna posición reconocida en el mundo. Incluso con el dinero de mi hermano —que no es tanto— seguiré siendo mal vista si me presento en sociedad. Pero como Mrs. Braddock, o Lady Braddock, nadie se atreverá a decir una palabra contra mí. Sí, querida, si su padre viene y me pide perdón, se lo concederé. Las mujeres somos tan débiles —concluyó la viuda con virtud, como si no estuviera convirtiendo en virtud lo que era una necesidad.

Así arregladas las cosas, las dos charlaron amigablemente un rato más y discutieron las posibilidades de que Random se casara con Donna Inés. Ambas reconocieron que la dama peruana era lo bastante hermosa, pero no tenían nada que decir en su favor.

Mientras así charlaban, el Profesor Braddock entró vivo y animado en la habitación, de vuelta de su paseo por el frío aire helado. Dotado, como lo estaba, de la seguridad en sí mismo del científico, el hombrecillo no se inmutó en absoluto ante la fría recepción de la señora Jasher, sino que se frotó las manos alegremente.

—Ah, aquí está usted, Selina —dijo, con cara de petirrojo de ojos vivos—. Espero que esté usted bien.

—¿Cómo quiere que esté bien después de lo que dijo? —observó la señora Jasher en tono de reproche, ansiosa por hacer una virtud del perdón.

—Oh, le pido perdón; le pido perdón. Vamos, Selina, ¿no va usted a armar un escándalo por una cosa tan insignificante?

—No le he dado permiso para llamarme Selina.

—Es cierto. Pero como vamos a casarnos, bien puedo ir acostumbrándome a su nombre de pila, querida.

—No estoy tan segura de que vayamos a casarnos —dijo la señora Jasher fríamente.

—¡Oh, pero tenemos que hacerlo! —exclamó Braddock consternado—. Cuento con el dinero de usted para financiar mi expedición a la tumba de la reina Tahoser.

—Ya veo —observó la viuda fríamente, mientras Lucy seguía sentada en silencio dejando que la mayor llevase la voz cantante—. Me quiere usted por el dinero. El amor no tiene nada que ver.

—Querida, en cuanto tenga tiempo —digamos durante nuestra travesía a El Cairo, desde donde partiremos río arriba por el Nilo hasta Etiopía— le haré el amor siempre que quiera. Y, caramba, Selina, la admiro a usted enormemente —por usar una frase vulgar—. Es usted una mujer magnífica y una mujer sensata, y me temo que se está malgastando usted con un vejete como yo.

—¡Oh, no, no! No diga eso —exclamó la señora Jasher, visiblemente conmovida por esta lisonja—. Sería usted un marido muy bueno si solo se esforzara en dominar el genio.

—¡El genio, el genio! Bendita sea usted —es decir, usted, Selina—, tengo el genio más apacible del mundo. De todos modos, si quiere, gobierne usted el genio y a mí también. Vamos —tomó su mano—, hagamos las paces y fijemos el día de la boda.

La señora Jasher no retiró la mano.

—¿Y no cree usted que tengo algo que ver con ese terrible asesinato? —preguntó ella en tono juguetón.

—¡No, no! Anoche estaba yo muy exaltado. Hablé precipitada e irreflexivamente. Perdone y olvide, Selina. Es usted inocente —completamente inocente, pese a que la momia estuviera en su condenado jardín. Después de todo, las pruebas son más sólidas contra Random que contra usted. Quizá fue él quien la puso allí; le pilla de camino al Fuerte, ¿sabe? No importa. Él se ha exculpado, y sin duda, cuando se le enfrente a Hervey, será capaz de hacer callar a ese pillo. Y estoy bien seguro de que Hervey es un pillo —concluyó Braddock, frotándose la calva cabeza.

Las dos mujeres se miraron asombradas sin saber qué decir. Ignoraban tanto el robo de las esmeraldas como la acusación de Sir Frank por parte del patrón yanqui. Pero, con su habitual distracción, Braddock lo había olvidado todo por completo y estaba sentado en su silla frotándose la cabeza hasta ponerla rosada y parloteando alegremente.

—Bajé con Hope al malecón —continuó—, pero ninguno de los dos encontramos ningún indicio de embarcación. El malecón rústico y corto, por supuesto, existe, y si llegó una barca, podría haberse ido sin dejar rastro alguno. Quizá fue así. Sin embargo, tenemos que esperar a ver de nuevo a Don Pedro y a Hervey, y entonces…

Lucy intervino desesperadamente.

—¿De qué está hablando, padre? ¿Por qué menciona el nombre de Sir Frank de esa manera?

—¿Qué quiere usted que diga? —replicó el hombrecillo—. Al fin y al cabo, el manuscrito fue encontrado en su habitación y las esmeraldas han desaparecido. Yo mismo lo vi, y también Hope y Don Pedro, en cuya presencia abrí el cajón de la momia.

La señora Jasher se levantó sorprendida.

—¿Han desaparecido las esmeraldas? —jadeó.

—¡Sí, sí, sí! —gritó Braddock irritado—. ¿No se lo estoy diciendo? Casi me inclino a creer en la acusación de Hervey contra Random, y sin embargo el muchacho se exculpó muy convincentemente; muy convincentemente, de verdad.

—¿Puede explicarme todo lo que ha ocurrido, padre? —dijo Lucy, que iba quedándose cada vez más perpleja ante esa charla incongruente—. Estamos completamente a oscuras.

—Yo también; Hope también; todo el mundo —se rió Braddock—. Ah, sí, claro, ustedes no estaban presentes cuando ocurrieron estos sucesos.

—¿Qué sucesos, qué sucesos? —preguntó la señora Jasher, que ya estaba bastante exasperada.

—Voy a decírselos —espetó su futuro marido, y relató todo lo que había ocurrido desde la llegada del Capitán Hervey al museo de las Pirámides. Las mujeres escucharon con interés y creciente asombro, e interrumpieron al narrador únicamente con una exclamación simultánea de indignación cuando oyeron que Sir Frank estaba acusado.

—Es completamente absurdo e indigno —exclamó Lucy indignada—. Sir Frank es el alma del honor.

—Eso mismo pienso yo, querida —chimed in la señora Jasher—. ¿Y qué dice él a…?

Braddock la interrumpió.

—Voy a decírselo si tiene usted la bondad de dejar de hablar —gritó él con mal humor—. Así son las mujeres. Pide una explicación y luego impide al hombre que se la dé. Random hace una defensa muy buena, he de reconocerlo —y refirió lo que Sir Frank había dicho.

Cuando terminó el relato, Lucy se levantó para irse.

—Voy a ver a Archie en seguida —dijo, moviéndose apresuradamente hacia la puerta.

—¿Para qué? —preguntó su padre benévolamente.

Lucy se volvió.

—Esto no puede continuar así —declaró resueltamente—. La señora Jasher fue acusada por usted, padre…

—Solo en un momento de exaltación —exclamó el Profesor, excusándose.

—No importa, fue acusada —replicó Lucy con terquedad—; y ahora este marinero acusa a Sir Frank. ¿Quién sabe quién será el próximo acusado de cometer el crimen? Voy a pedirle a Archie que tome el asunto en sus manos y dé caza al verdadero criminal. Hasta que se encuentre a la persona culpable, preveo que no vamos a tener un momento de paz.

—Estoy completamente de acuerdo con usted —dijo la señora Jasher con seriedad—. En interés mío deseo que este misterio quede aclarado. ¿Por qué no me ayuda usted? —añadió, dirigiéndose a Braddock, que escuchaba plácidamente.

—Lo estoy haciendo —dijo Braddock tranquilamente—. Pienso poner a Cocatúa en la pista en seguida. Que se instale en el Sailor's Rest con algún pretexto y sin duda será capaz de encontrar una pista.

—¡Vaya! —exclamó la viuda incrédula—, ¿un salvaje como ese?

—Cocatúa es mucho más listo que el hombre blanco corriente —dijo Braddock secamente—, especialmente para seguir una pista. Él, más que nadie, averiguará la verdad. Prefiero confiar en el canaco a confiar en el joven Hope.

—¡Qué disparate! —gritó Lucy, defendiendo a su amado—. Archie es quien descubrirá al asesino. Voy a verlo ahora mismo. ¿Y usted, padre?

—Yo, querida —dijo el Profesor tranquilamente—, me quedaré aquí y haré las paces con la futura señora Braddock.

—Ya las ha hecho —dijo la viuda con gracia, y tendió la mano, que el Profesor besó inesperadamente, sentándose luego en su silla, bastante desconcertado ante su propio arrebato de galantería.

Viendo que todo iba bien, Lucy dejó a la pareja de ancianos seguir con su cortejo y se apresuró a ir a los aposentos de Archie en el pueblo. Sin embargo, él resultó estar ausente, y su patrona no sabía cuándo volvería. Bastante contrariada por esto, pues deseaba mucho abrir su corazón, la señorita Kendal se encaminó pensativa hacia las Pirámides. A medio camino la detuvo la viuda Anne, con aspecto más sombrío y fúnebre que nunca, y locuaz por efecto de copiosas libaciones de ginebra. No es que estuviera borracha, pero tenía la lengua suelta y lloraba copiosamente sin aparente motivo. Según dijo, había detenido a Lucy para reclamar, a través de la muchacha y dirigiéndose a Hope, ciertos artículos de vestir que habían sido prestados con fines artísticos. Consistían en un chal, una falda y un corpiño, y eran de extraordinario valor; la señora Bolton los quería de vuelta o su equivalente en dinero. Dijo que preferiría la suma de cinco libras.

—¿Por qué no se lo pide directamente a Mr. Hope? —dijo Lucy, que no tenía paciencia para soportar los desvarios de la vieja—. Si usted le dio las cosas, él se las devolverá sin duda.

—Si es que no las ha echado a perder con la pintura —gimió la viuda Anne—. Él le dijo a mi Sid que las quería para que se las pusiese un modelo mientras lo pintaba. Sid me lo pidió, y yo se las di a Sid, y Sid se las pasó a su buen caballero. Había una falda casi nueva, y un cuerpo del vestido muy bien adornado, y un chal de tartán que me dio mi madre. Pero no —se corrigió la vieja—, no era de tartán. Era un chal oscuro con puntos rojos y…

—Pídaselo a Mr. Hope, pídaselo a Mr. Hope —gritó la señorita Kendal con impaciencia—. Yo no sé nada de esas cosas —y arrancó su vestido de la mano que la retenía para apresurarse a volver a casa. La señora Bolton lamentó en voz alta este abandono y se dirigió a los aposentos de Hope, donde declaró su intención de permanecer hasta que el artista le restituyese su ropa.

Lucy no prestó mucha atención, por el momento, a esta entrevista; pero al reflexionar sobre ella le pareció extraño que Archie hubiera tomado prestada ropa de la señora Bolton a través de Sidney. No que hubiera nada extraño en que Archie procurara tales prendas, pues quizás las quería para vestir con ellas a algún modelo. Pero podría haberlas pedido prestadas fácilmente a su patrona, o, si era de la viuda Anne, podría habérselas pedido directamente sin recurrir a Sidney. ¿Por qué entonces el muerto había actuado como intermediario? Esta pregunta era difícil de contestar, aunque Lucy deseaba mucho una respuesta, pues de repente recordó cómo una mujer con vestido oscuro y con un chal oscuro sobre la cabeza había sido vista por Eliza Flight, la criada del Sailor's Rest, hablando con Bolton por la ventana. ¿Habían sido tomadas prestadas las prendas como disfraz, y la persona que las tomó prestadas quería dar la impresión de que era la viuda Anne quien hablaba con su hijo? Una mano fría estrujó el corazón de Lucy mientras volvía a casa, porque las palabras de la señora Bolton parecían comprometer indirectamente a Hope en el misterio. Decidió preguntarle directamente cuando él viniera aquella noche a su visita habitual.

En la cena, el Profesor estaba de excelente humor y llegó a ser tan humano que cumplimentó a Lucy por la administración de la casa. También mencionó que esperaba que la señora Jasher cumpliría igualmente bien. Al café, informó a su hijastra que había ganado por completo el corazón de la viuda postrándose a sus pies y retirando la acusación. Habían convenido en casarse en mayo, una o dos semanas después de que Lucy se convirtiera en la señora Hope. En otoño partirían para Egipto y permanecerían en el extranjero durante un año o más.

—En fin —dijo el Profesor, dejando su taza y preparándose para marcharse—, todo está ahora magníficamente arreglado. Me caso con la señora Jasher; usted, querida, se casa con Hope, y…

—Y Sir Frank se casa con Donna Inés —terminó Lucy rápidamente.

—Eso —dijo Braddock con rigidez—, depende enteramente de lo que De Gayangos diga a esta acusación de Hervey.

—Sir Frank es inocente.

—Así lo espero y lo creo. Pero tiene que demostrar su inocencia. Haré lo que pueda, y he mandado recado a Don Pedro para que venga aquí. Así podremos discutirlo.

—¿Pueden Archie y yo asistir también? —preguntó la señorita Kendal con ansiedad.

Para su grata sorpresa, el Profesor asintió en seguida.

—Por supuesto, querida. Cuantos más testigos, mejor. Debemos hacer todo lo que esté en nuestro poder para llevar este asunto a buen término.

Así quedaron las cosas, y cuando Archie subió al saloncito, Lucy le informó de que Braddock estaba en el museo con Don Pedro, contándole todo lo que había ocurrido. Hope se alegró de saber que Lucy había conseguido el consentimiento del Profesor para que estuvieran presentes, pues el misterio de la terrible muerte de Bolton le tenía intrigado y deseaba ardientemente saber la verdad. En realidad, aunque él mismo no lo sabía, sufría un ataque de fiebre detectivesca y quería resolver el misterio. Fue por eso con gusto al museo con su prometida. Casualmente —como recordó Lucy cuando ya era demasiado tarde para hablar— se le olvidó por completo referir lo que la viuda Anne había dicho acerca de las prendas prestadas.

Don Pedro, de aspecto más tieso y majestuoso que nunca, estaba en el museo con Braddock. Los dos hombres estaban sentados en cómodos sillones y Cocatúa, a cierta distancia, estaba lustrando con un paño el estuche verde de la momia del fatal objeto causante de todos los problemas. Lucy había esperado a medias ver a Donna Inés, pero De Gayangos explicó que la había dejado escribiendo cartas a Lima en el Posada del Guerrero. Cuando la señorita Kendal y Hope estuvieron sentados, el peruano expresó su gran sorpresa ante el cargo que se había formulado contra Sir Frank.

—Si puedo hablar de estas cosas en presencia de una señorita —dijo, inclinando la cabeza ante Lucy.

—Desde luego —contestó ella con viveza—. Me han contado todo lo referente al cargo. Y me alegro de que esté usted aquí, Don Pedro, porque quiero decirle que no creo que haya una sola palabra de verdad en la acusación.

—Ni yo tampoco —afirmó el peruano con decisión.

—Estoy de acuerdo, estoy de acuerdo —gritó Braddock con semblante radiante—. ¿Y usted, Hope?

—Nunca lo creí, ni siquiera antes de oír la defensa de Random —dijo Archie con una sonrisa seca—. ¿Llegó usted a ver al Capitán Hervey en persona, señor? —añadió, volviéndose a Don Pedro—; fue a Pierside a buscarle.

—No le he visto —dijo De Gayangos con su grave estilo—, y lo siento mucho, pues desearía preguntarle sobre la acusación que se ha atrevido a formular contra mi muy buen amigo, Sir Frank Random. Ojalá estuviera aquí en este instante, para decirle lo que pienso del cargo.

En cuanto habló Don Pedro, ocurrió lo inesperado, como si algún genio hubiera obedecido sus órdenes. Como transportado a la habitación por arte de magia, el patrón americano apareció, no a través del suelo, sino por la puerta. Una doméstica lo introdujo y anunció su nombre, y luego huyó para evitar la cólera de su amo al ver que había violado los sagrados recintos del museo.

El Capitán Hervey, divertido por la sorpresa visible en todos los semblantes, se acercó tranquilamente, con el sombrero puesto y el puro en la boca como de costumbre. Pero al ver a Lucy, se quitó ambas cosas con una cortesía que apenas podía esperarse de un marinero tan tosco, listo y rudo como él.

—Pido perdón por venir sin ser invitado —dijo Hervey con torpeza—, pero he estado persiguiendo al Don por todo Pierside y por este pueblo. Me dijeron en la comisaría que usted —se dirigió a De Gayangos— había cambiado de rumbo, así que aquí estoy para una pequeña conversación privada.

El peruano miró gravemente el rostro de Hervey, que quedaba claramente iluminado por la potente luz de los numerosos faroles con que estaba lleno el museo, y se levantó para saludarle.

—Me alegro de verle, señor —dijo cortésmente, y con una mirada aún más escrutadora—. Con permiso de nuestro anfitrión, le ruego que tome asiento —y se volvió hacia Braddock.

—¡Por supuesto, por supuesto! —dijo el Profesor solícitamente—. ¿Cocatúa?

—Permita usted, déjeme a mí —dijo De Gayangos, y trajo una silla sin dejar de mirar al patrón, que estaba algo confuso ante tanta cortesía—. Sírvase sentarse, señor; así podremos hablar.

Hervey se sentó tranquilamente junto al peruano; este se inclinó entonces hacia adelante para dirigirse a él.

—¿Gusta usted de un cigarrillo? —preguntó, ofreciéndole una pitillera de plata.

—Gracias, no. Fumaré un puro si la señorita no lo tiene a mal.

—De ningún modo —respondió Lucy, que, junto con Archie y el Profesor, estaba desconcertada por el comportamiento de Don Pedro—. ¡Fume usted!

Al tomar de vuelta el estuche, Don Pedro lo dejó caer. Como no hizo ningún ademán de recogerlo, Hervey, aunque molesto consigo mismo por su cortesía hacia el que él llamaba el «panzaamarilla», se vio obligado a alargarse para cogerlo. Al devolvérselo a Don Pedro, los ojos del peruano se iluminaron y asintió gravemente.

—Gracias, Vasa —dijo De Gayangos, y Hervey, cambiando de color, saltó de su silla como si le hubieran tocado con la punta de una lanza.