CAPÍTULO XVII. PRUEBAS CIRCUNSTANCIALES
Random se quedó tan desconcertado por la furiosa acusación del Profesor que se detuvo de repente en la puerta y no avanzó hacia el interior de la habitación. Sin embargo, su semblante no expresaba tanto miedo como perplejidad. Fuera lo que fuese lo que Braddock pudiera pensar, Hope, por la expresión del joven soldado, estaba más convencido que nunca de su inocencia.
—¿De qué habla usted, Profesor? —preguntó Random, genuinamente sorprendido.
—Ya lo sabe usted muy bien —replicó el Profesor.
—Le juro que no —dijo el otro, entrando en la habitación y desciñéndose la espada—. Los encuentro aquí, con el contenido de mi estantería por el suelo, y me acusan promptamente de ser culpable. ¿De qué, me gustaría saber? Quizá usted puede decirme, Hope.
—No hace falta que Hope le diga nada, señor. Usted conoce perfectamente sus propias villanías.
Random frunció el ceño.
—Con mis huéspedes acostumbro tener cierta condescendencia, Profesor —dijo con marcada dignidad—, pero para un hombre de su edad y posición, se ha excedido usted. Sea más explícito.
—Permítame hablar a mí —intervino Archie, anticipándose a Braddock—. Random, el Profesor acaba de recibir la visita del Capitán Hiram Hervey, que fue patrón de El Diver. ¡Le acusa de haber asesinado a Bolton!
—¿Qué? —el baronet retrocedió, con cara de quien ha recibido un rayo.
—Espere. No he terminado. Hervey le acusa a usted de este asesinato, de robar la momia, de hacerse con las esmeraldas y de colocar el cadáver profanado en el jardín de la señora Jasher para que recayese sobre ella la acusación del crimen.
—Exactamente —gritó Braddock, viendo que su anfitrión permanecía en silencio por puro asombro—. Hope ha expuesto el caso con gran claridad. Ahora, señor, su defensa.
—¡Defensa, defensa! —encontró Random al fin su lengua e habló con indignación—. No tengo ninguna defensa que hacer.
—¡Ah! ¿Reconoce entonces su culpabilidad?
—No reconozco nada. La acusación es demasiado absurda para que sea necesaria ninguna negativa. ¿Creen ustedes esto de mí? —miró a uno y a otro.
—Yo no —dijo Archie rápidamente—, debe de haber algún error.
—Gracias, Hope. ¿Y usted, Profesor?
Braddock deambulaba nerviosamente por la habitación.
—No sé qué pensar —dijo al cabo—. Hervey habló con mucha decisión.
—¡Ah, vaya! —respondió Random secamente y, yendo a la puerta, la cerró con llave—. En ese caso, voy a pedirles una explicación, y ninguno de los dos saldrá de esta habitación hasta que me la den. ¿Sus pruebas?
—Aquí tiene una de ellas —espetó Braddock, arrojando el manuscrito sobre la mesa—. ¿Dónde consiguió esto?
Random tomó el descolorido papel con aire desconcertado.
—Nunca he visto esto —dijo, muy perplejo—. ¿Qué es?
—Una copia del manuscrito mencionado por Don Pedro, que describe las dos esmeraldas enterradas con la momia del Inca Caxas.
—Ya veo. —Random lo comprendió todo en un instante—. O sea que afirman que yo sabía lo de las esmeraldas por esto, y que por eso maté a Bolton para obtenerlas.
—Perdone —dijo Braddock con elaborada cortesía—. Hervey dice que usted asesinó a mi pobre ayudante, y aunque mi hallazgo de este manuscrito prueba que usted debía de saber lo de las joyas, yo no digo nada. Espero oír su defensa.
—Es usted muy amable —observó Sir Frank irónicamente—. De manera que parece que estoy en el banquillo. Quizá el abogado de la acusación tenga a bien exponer las pruebas en mi contra —y miró de nuevo de uno a otro.
Archie estrechó la mano del baronet con mucho calor.
—Amigo mío —declaró con decisión—, no creo una sola palabra de las pruebas.
—En ese caso debe de haber algún fallo en ellas —replicó Random, aunque no parecía insensible al generoso gesto de Hope—. Siéntese, Profesor; al parecer está usted en mi contra.
—Hasta que oiga su defensa —dijo el anciano obstinadamente.
—No puedo hacer ninguna hasta que oiga sus pruebas. Continúe. Le escucho —y Sir Frank se dejó caer en un sillón, donde permaneció sentado con calma, los ojos fijos en el rostro del Profesor.
—¿Dónde consiguió ese manuscrito? —preguntó Braddock con brusquedad.
—No lo conseguí en ningún sitio; es la primera vez que lo veo.
—Y sin embargo estaba escondido entre sus libros.
—Entonces no sé cómo llegó allí. ¿Lo buscaban ustedes?
—¡No! En absoluto. Para pasar el tiempo mientras esperaba, examiné su biblioteca, y al sacar un libro, la estantería, que es oscilante, perdió el equilibrio y arrojó su contenido al suelo. Entre los papeles que cayeron con los libros, entreví el manuscrito y, al notar que estaba escrito en latín, lo recogí, sorprendido de que un joven frívolo como usted se dedicase a estudiar una lengua muerta. Unas pocas palabras me bastaron para ver que el manuscrito era una copia del mencionado por Don Pedro.
—Un momento —dijo Archie, que había estado pensando—. Quizá este sea el manuscrito original que De Gayangos le entregó a usted, Random.
—Es usted muy amable al buscarme un resquicio de escape —dijo Sir Frank, apoyándose hacia atrás con los brazos cruzados—, pero De Gayangos no me dio nada. Vi el manuscrito en sus manos cuando nos lo enseñó a todos en casa de la señora Jasher. Pero si este es el original o una copia, no sabría decirlo. Don Pedro, desde luego, no me lo dio a mí.
—¿Ha estado Don Pedro en sus habitaciones? —preguntó Hope pensativo.
—No. Solo me ha visitado en el casino. Y aunque Don Pedro hubiera venido aquí —pues adivino lo que piensa usted—, no veo realmente por qué habría de meter a escondidas entre mis libros un manuscrito que él valora mucho.
—¿Y no ha visto realmente esto antes? —dijo Braddock, señalando el papel sobre la mesa, e impresionado por la seriedad de Random.
—¿Cuántas veces quiere que lo niegue? —replicó el joven con impaciencia—. Quizá tenga usted la amabilidad de decirme con qué fundamento se me acusa.
Braddock asintió y carraspeó.
—El Capitán Hervey declaró que su yate llegó a Pierside casi al mismo tiempo que su vapor.
—Exacto. Cuando Don Pedro recibió un telegrama de Malta comunicándole que la momia le había sido vendida a usted y que la estaban enviando a Londres en El Diver, puse a todo vapor y perseguí el mercante hasta ese puerto. Como el mercante era lento y mi barco rápido, llegué el mismo día y casi a la misma hora, aunque el barco de Hervey me llevaba ventaja.
—¿Por qué tenía usted tanto empeño en seguir a El Diver? —preguntó Hope.
—Don Pedro quería recuperar la momia, y me pidió que lo siguiera. Como estaba enamorado de Donna Inés, y lo sigo estando, me alegré de complacerle.
Braddock asintió de nuevo.
—Hervey dice que subió usted a bordo de El Diver y tuvo una entrevista con Bolton.
—Es perfectamente cierto, y mi visita fue motivada por la misma razón que seguí al vapor hasta Londres: es decir, actué en nombre de Don Pedro. Quería cerciorarme de que la momia estaba efectivamente a bordo, y habiéndolo comprobado mediante Bolton, le instó a que le convenciera a usted de que la devolviera gratuitamente a De Gayangos, a quien le había sido robada. Se negó, pues declaró que tenía intención de entregársela a usted.
—Siempre supe que podía confiar en Bolton —dijo el Profesor con entusiasmo—. Habría usted hecho mejor en venir directamente a mí, Random.
—Quizá; pero como le he dicho, quería cerciorarme de que la momia estaba a bordo. Ese era el verdadero motivo de mi visita; pero, estando en compañía de Bolton, naturalmente le dije que Don Pedro reclamaba la momia como propiedad suya, y le advertí que si usted o él se quedaban con ella habría problemas.
—¿Profirió usted amenazas? —preguntó Hope, recordando lo que había oído.
—No, desde luego que no.
—Sí lo hizo —gritó Braddock rápidamente—. Hervey declara que usted le dijo a Bolton que se arrepentiría de conservar la momia, y que su vida no estaría segura mientras la tuviera.
Para sorpresa de ambos visitantes, Random admitió sin vacilar haber pronunciado estas graves amenazas.
—Don Pedro me dijo que muchos indios, tanto en Lima como en el Cuzco, que lo consideran descendiente legítimo del último Inca, esperan ansiosamente el regreso de la momia real. Añadió también que cuando los indios supieran quién poseía la momia, mandarían a uno de ellos a recuperarla si él —es decir, Don Pedro— no lo hacía. Para recuperar la momia, Don Pedro declaró que esos indios no se detendrían ante el asesinato. De ahí mi advertencia a Bolton.
—¡Oh! —Archie se levantó de un salto con los ojos muy abiertos—. ¡Entonces quizá esto resuelva el problema. Bolton fue asesinado por algún indio peruano!
Random meneó la cabeza gravemente.
—Una vez más me ofrece usted un resquicio de escape, amigo mío —dijo con aire de autoridad—, pero esa teoría no se sostiene. En este momento, los indios de Lima y el Cuzco no saben que la momia ha sido encontrada. Don Pedro se topó por casualidad con el papel que anunciaba la venta, y no tuvo tiempo de comunicárselo a sus amigos bárbaros de Sudamérica. De haber fracasado en conseguir que usted le devolviera la momia, Profesor, habría regresado al Perú y les habría dicho entonces quién poseía el cadáver del Inca Caxas, dejando a los indios que se encargasen del asunto. En ese caso, mi advertencia a Bolton habría sido necesaria. Pero en el momento en que se la hice, no lo era. Sin embargo, Bolton le fue leal, Profesor, y se negó a entregar la momia. Por eso mandé un telegrama a Don Pedro a Génova, diciéndole que la momia iba a bordo de El Diver y que la enviaban a Gartley. También le aconsejé que viniera aquí a verme para presentárselo a usted. Lo demás ya lo conocen.
Hubo un momento de silencio. Luego Archie, para comprobar si Random estaba dispuesto a admitirlo todo —como sin duda haría un inocente—, preguntó significativamente:
—¿Volvió a ver a Bolton después de su entrevista a bordo del barco?
Fue entonces cuando el baronet demostró su buena fe.
—Oh, sí —dijo con naturalidad y sin la menor vacilación—. Estaba paseando por Pierside y, al pasar por ese callejón junto al río, cerca del Sailor's Rest, vi una ventana abierta en la planta baja y a Bolton mirando al otro lado del río. Me detuve y le pregunté cuándo pensaba llevar la momia a Gartley, y si ya estaba en tierra. Admitió que estaba en el hotel, pero se negó a decirme cuándo la enviaría a usted, Profesor. Cuando cerró la ventana, entré en el hotel y tomé algo para preguntar de pasada cuándo pensaba marcharse el señor Bolton. Deduje —no directamente, sino de manera indirecta— que había dispuesto irse a la mañana siguiente y enviar su equipaje por adelantado. Luego me fui a Londres. Con el tiempo regresé aquí y supe del asesinato y de la desaparición del cadáver del Inca Caxas. Y ahora —Random se puso en pie—, habiendo admitido todo esto, quizá me crean inocente.
—¿No tiene usted ninguna idea de quién asesinó a Bolton y colocó su cuerpo en el cajón de embalaje? —preguntó Braddock, visiblemente decepcionado.
—Ninguna. No más de lo que tengo idea de la persona que colocó el cajón de la momia y su contenido en el jardín de la señora Jasher.
—¡Oh, eso lo sabía usted! —dijo Archie rápidamente.
—Sí. La noticia corrió por todo el pueblo esta mañana. No podía por menos de saberlo. Y creo que la momia ha sido llevada a su casa, Profesor.
—Así es —admitió Braddock secamente—. Yo mismo la saqué del cenador de la señora Jasher con una carretilla, con la ayuda de Cocatúa. Pero al hacer un examen esta mañana en presencia de Hope y de Don Pedro, comprobé que las vendas del cuerpo habían sido rasgadas y que las esmeraldas mencionadas en ese manuscrito habían sido robadas.
—¡Extraño! —dijo Random con el ceño fruncido—. ¿Y por quién?
—Sin duda por el asesino de Sidney Bolton.
—Probablemente. —Random enderezó una alfombra con el pie—. En todo caso, el robo de las esmeraldas demuestra que no fue ningún indio quien mató a Bolton. Ninguno de ellos habría profanado un cadáver tan sagrado.
—Además —como usted dice— los indios del Perú no saben que la momia ha reaparecido tras treinta años de ocultamiento —intervino Hope, levantándose—. Bien, ¿y qué se hace ahora?
Como respuesta, Sir Frank recogió el manuscrito, que aún permanecía sobre la mesa.
—Hablaré con Don Pedro sobre esto —dijo tranquilamente—, y averiguaré si es el original o una copia.
Braddock se levantó despacio y miró fijamente el papel.
—¿Sabe usted latín? —preguntó.
—No —respondió Random, sabiendo lo que el sabio quería decir—. Lo estudié, naturalmente, pero lo he olvidado en gran parte. Podría traducir una palabra o dos, pero no el latín de bárbaro clérigo en que está escrito esto. —Miró el manuscrito con atención mientras hablaba.
—¿Pero quién pudo haberlo puesto en su habitación? —preguntó Archie.
—No podremos averiguarlo hasta que veamos a Don Pedro. Si este es el manuscrito original que vimos la otra noche, quizá lleguemos a saber cómo pasó de manos de De Gayangos a mi estantería. Si es una copia, hemos de averiguar, si es posible, quién era su dueño.
—Don Pedro dijo que se había hecho una copia o una traducción —recordó Hope.
—Evidentemente una copia —dijo Braddock, con la vista fija en el papel que tenía Random en la mano—. Pero ¿cómo podría haber llegado desde Lima hasta este lugar?
—Quizá fue empaquetada con la momia —sugirió Archie.
—No —contradijo Random con decisión—; en ese caso, el hombre de Malta de quien se compró la momia habría descubierto las esmeraldas y se las habría quedado.
—Puede que lo hiciera. No tenemos nada que demuestre que el asesino de Bolton cometió el crimen por las joyas.
—Fue por eso, de eso estoy seguro —gritó el Profesor con irritación—, pues si no, no hay motivo para el crimen. Pero yo creo que debemos empezar por el otro extremo para encontrar una pista. Cuando descubramos quién colocó la momia en el jardín de la señora Jasher…
—Eso no será fácil —murmuró Hope pensativamente—, aunque, claro está, tiene que haber llegado por el río. Bajemos al malecón y veamos si hay alguna señal de que anoche atracó allí una embarcación —y se movió hacia la puerta—. ¿Random?
—No puedo ausentarme del Fuerte, porque estoy de servicio —respondió el oficial, guardando el manuscrito en un cajón y cerrándolo con llave—; pero esta tarde iré a ver a Don Pedro, y entre tanto trataré de averiguar, por mi asistente, quién me visitó últimamente en mi ausencia. El manuscrito tuvo que traerlo alguien hasta aquí. Pero confío —añadió al acompañar a sus dos visitantes hasta la puerta— en que ahora me declaran inocente de…
—¡Sí, sí, sí! —gritó Braddock, cortándole la palabra apresuradamente y estrechándole la mano—. Me disculpo por mis sospechas. Ahora mantengo que es usted inocente.
—Y yo nunca creí que fuera culpable —gritó Hope de todo corazón.
—Gracias a los dos —dijo Random sencillamente y, tras cerrar la puerta, volvió a un sillón junto al fuego para fumar una pipa y meditar sobre sus próximos pasos—. Un enemigo ha hecho esto —dijo Random, refiriéndose al ocultamiento del manuscrito, pero no se le ocurría nadie que deseara hacerle daño de ningún modo.