La momia verde

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CAPÍTULO XIX. MÁS CERCA DE LA VERDAD

Durante un momento reinó el silencio. Lucy y Archie permanecieron sentados, demasiado aturdidos por el descubrimiento de don Pedro de que el capitán Hervey era el marinero sueco Vasa para moverse o hablar. El profesor, sin embargo, no pareció especialmente sorprendido. El único sonido que rompió el silencio fue su risa irónica en voz baja. Quizás este hombrecillo había superado ya el asombro ante cualquier cosa, o acaso, como el personaje de Molière, sólo se sorprendía al encontrar virtud en lugares inesperados.

El peruano y el capitán estaban de pie, mirándose mutuamente con la ferocidad de dos perros de pelea. Hervey fue el primero en recuperar su muy conveniente lengua.

—Lleva usted las de ganar —dijo, intentando hacer frente al peruano con la mirada. Años de navegación por las costas de América del Sur le habían infundido el mayor desprecio hacia esa nacionalidad.

Pero en De Gayangos encontró un adversario digno.

—No lo creo —dijo don Pedro tranquilamente, plantándose ante el falso americano con valentía—. Jamás olvido un rostro, y el suyo es notable. Cuando habló por primera vez, creí recordar su voz. El truco de la silla fue para acercarme y ver la cicatriz que tiene en la sien derecha; sigue ahí. Y dejar caer el cigarrillo para que usted lo recogiera fue para ver, al extender el brazo, qué marcas llevaba en la muñeca izquierda. Una serpiente enroscada al sol: Lola Farjados se la tatuó cuando usted estaba en Lima hace treinta años. Sus ojos son azules y luminosos. Cuando lo conocí tenía usted veinte años; los años han pasado y debería tener cincuenta ahora: esa es su edad.

—Váyase a paseo —dijo Hervey, indiferente, sentándose a fumar.

Don Pedro se volvió hacia Archie y el profesor.

—¡Señor Hope! ¡Profesor! —dijo—. Si recuerdan la descripción que hice de Gustav Vasa, vean si encaja perfectamente con este hombre.

—Encaja —dijo Archie sin vacilar—. Aunque no puedo ver el tatuaje de la muñeca izquierda que mencionó usted.

Hervey siguió fumando sin mostrar voluntariamente la marca, pero Braddock intervino inesperadamente en apoyo de don Pedro.

—Este hombre es Vasa, sin duda —dijo de repente—. Si es sueco o americano no lo sé. Pero es el mismo que conocí en Lima hace treinta años, tras la guerra.

Hervey dirigió lentamente sus ojos azules hacia el académico, con un leve destello en su interior.

—¿De modo que me conocía? —dijo despacio, con acento yanqui.

—Lo reconocí en cuanto lo contraté como capitán del Diver para traer la momia desde Malta —replicó Braddock—. Pero consideré más prudente no decir nada. ¿Usted no me reconoció a mí?

—No, a decir verdad —respondió Hervey, arrastrando más que nunca las palabras—. No tengo esa memoria para los rostros que parecen tener usted y el Don. ¡Hum! —giró la silla para quedar frente a Braddock—. Pensé que no tomaría partido por el Don, señor.

Los ojillos de Braddock centellearon.

—Usted no me asusta —dijo con profundo desprecio—. Nunca he hecho nada que le permita chantajearme, capitán Hervey, Gustav Vasa o como quiera llamarse.

—Siempre ha sido usted un hombre listo —convino el capitán con calma—. Aunque en mi opinión, un hombre demasiado listo comete errores precisamente por serlo demasiado.

Braddock se encogió de hombros, y don Pedro intervino.

—Todo esto no viene al caso —dijo con irritación—. Capitán Hervey, ante estas pruebas, ¿niega usted ser Gustav Vasa?

Hervey se remangó la manga izquierda de su chaqueta marinera y mostró en la muñeca desnuda el tatuaje de la serpiente enroscada al sol.

—¿Es suficiente? —dijo despacio—. ¿O quiere ver esto también? —y volvió la cabeza para mostrar la cicatriz de la sien derecha.

—¿Admite entonces que usted es Vasa?

—Sí —respondió el capitán pausadamente—. Es uno de mis nombres; no lo he usado desde que vendí esa maldita momia en París hace treinta años. Lo mejor es reconocerlo francamente.

—¿No es usted sueco? —preguntó Lucy con timidez.

—Digamos que soy ciudadano del mundo —respondió Hervey, con una cortesía inusitada en él—. América sirve tan bien de base de operaciones como cualquier otro lugar. Podría ser sueco, danés o latino. Vasa puede ser mi nombre, o Hervey, llámeme como quiera. Pero soy un ser humano, sin duda alguna.

—¡Y un ladrón! —exclamó don Pedro. Había vuelto a sentarse pero le costaba mantener la calma.

—Pero no de las esmeraldas —replicó el capitán con frialdad—. ¡Maldita sea, cuando pienso en lo que perdí! Hace treinta años podría haberlas cogido, y hace unos días tuve otra oportunidad. Pero no lo sabía, ¡no lo sabía! —exclamó Hervey con amargura, dirigiendo sus intensos ojos azules a la momia—. Caballeros, cuando pienso en esa equivocación, me entran ganas de darme una buena patada.

—¿Entonces no robó el manuscrito junto con las esmeraldas?

—Eso sí lo robé —exclamó Hervey, volviéndose hacia Archie, que había hablado—. Pero estaba en lengua extranjera y no entendí ni una palabra. De haberlo entendido, habría sabido lo de las malditas esmeraldas.

—¿Qué hizo con la copia del manuscrito que robó? —preguntó don Pedro con brusquedad—. Sé que existe una copia, porque mi padre me lo dijo. El original lo tengo yo; pero hoy se ha encontrado una transcripción —no una traducción, como yo suponía— escondida detrás de un libro en la habitación de Sir Frank Random.

Hervey no se movió; siguió fumando con la vista fija en la alfombra. Pero Archie, que observaba atentamente, advirtió que estaba más desconcertado de lo que habría querido admitir. La revelación le había sorprendido.

—¡Explíquese! —dijo el peruano secamente.

Hervey levantó la vista y fijó en el Don una mirada de intensa malevolencia.

—Mire —dijo—, si no hubiera una dama presente, le demostraría que no acepto órdenes de ningún amarillo… es decir, de ningún maldito Don.

—Lucy, querida, sal un momento —dijo Braddock, levantándose muy agitado—. Tenemos que llegar al fondo de esto, y si Hervey puede explicarse con más libertad sin ti, creo que deberías salir.

La señorita Kendal habría preferido quedarse a escucharlo todo, pero comprendió que era prudente seguir ese consejo, especialmente cuando Hope le indicó con un significativo codazo.

—Me voy —dijo dócilmente, y dejó que su prometido la acompañara hasta la puerta. Allí se detuvo. —Cuéntame todo lo que pase —susurró, y cuando Archie asintió, desapareció rápidamente. El joven cerró la puerta y volvió a su asiento justo cuando don Pedro volvía a pedir una explicación.

—Suponiendo que no pueda satisfacer esa exigencia —dijo el capitán, más relajado desde que la dama se había ido.

—Entonces le detendré —fue la rápida respuesta.

—¿Con qué cargo?

—Robar mi momia.

Hervey rió groseramente.

—Dudo mucho que, treinta años después, la ley me moleste por algo sucedido en un país tan atrasado como el Perú. Su gobierno ha cambiado cincuenta veces desde que robé aquel cadáver.

Era completamente cierto, y no había la menor posibilidad de que el capitán rindiese cuentas. Don Pedro parecía algo abatido, y ante la mirada reluciente de Hervey, los ojos del Don se bajaron. Lo cual era injusto, porque el Don era el bueno y el capitán el malo.

—No puedo tolerar ese robo —murmuró.

—No esperaba que lo hiciese —replicó Hervey fríamente—. No niego que robé el cadáver. Y además…

—Después de que mi padre le trató como a un hijo —dijo don Pedro amargamente—. Usted no tenía hogar ni amigos; mi padre le acogió bajo su techo, y usted robó lo que más le importaba.

El capitán se ruborizó a su pesar y se revolvió incómodo en su silla.

—Es la pura verdad —masculló con la cabeza gacha—. Creo que he sido un hombre malo en todos los sentidos. Pero un amigo quería ese cadáver y me dijo que me daría un buen puñado de dólares si lo conseguía.

—¿Quiere decir que alguien le encargó robarlo?

—No —intervino Braddock inesperadamente—. Ese amigo era yo.

—¡Usted! —don Pedro se volvió con gran asombro, pero el profesor le afrontó con la conciencia tranquila.

—Sí —dijo serenamente—. Como ya le expliqué, estuve en el Perú hace treinta años. Buscaba un ejemplar de momia inca. Vasa —este hombre que ahora se llama Hervey— me dijo que podía conseguirme un buen ejemplar de momia, y le prometí cien libras por traerme lo que necesitaba. Pero le juro, De Gayangos —el hombrecillo continuó con semblante serio—, que no sabía que pensaba robar la momia de su casa.

—¿Sabía usted que era la momia verde? —preguntó don Pedro con agudeza.

—No; sólo sabía que era una momia.

—¿Y Vasa se la consiguió?

—Supongo que no —dijo aquel que había reconocido el nombre—. El profesor fue a Cuzco y se metió en líos…

—Unos indios me llevaron a las montañas —intervino el profesor—, y me tuvieron prisionero durante un año, hasta que logré escapar. Eso en sí no me importó, pues me dio oportunidad de estudiar una civilización en declive. Pero al regresar libre a Lima, encontré que Vasa ya había abandonado el país con la momia.

—Así es —concedió Hervey con un gesto—. Conseguí plaza de segundo oficial en un velero con rumbo a Europa, pues después de robar la momia verde el país ya no era lugar para mí; la saqué del país y la vendí en París por doscientas libras. Con ese dinero cambié de nombre y me divertí a lo grande. No volví a saber nada de la maldita cosa hasta que el profesor apareció en Pierside con el señor Bolton y me pidió que la trajera de Malta en el Diver. Una pequeña coincidencia, me parece —añadió Hervey despreocupadamente—; pero cuando me enteré de que el profesor había pagado novecientas libras por algo que yo vendí por doscientas, me sentí bastante avergonzado. Si hubiera sabido lo de las malditas esmeraldas, habría abierto el cajón en el barco y me habría resarcido. Pero yo no sabía nada, y Bolton tampoco me dijo nada.

—¿Cómo iba a decírselo —dijo Braddock tranquilamente— si él mismo ignoraba que había joyas enterradas con el difunto? Yo tampoco lo sabía. Ya he explicado por qué quería la momia. Pero hasta oírle ahora, no se me había ocurrido que esta momia —asintió hacia el cajón verde— fuera la que usted robó a De Gayangos en Lima. Pero, capitán Hervey, hágame el favor de decirle a don Pedro que yo nunca incité ese robo.

—No, siempre ha sido usted un hombre justo, creo. La culpa es enteramente mía y no pienso echársela a nadie.

—¿Qué hizo con la copia del manuscrito? —preguntó don Pedro.

Hervey reflexionó un momento.

—No lo recuerdo —dijo pensativo—. Cuando robé la momia de su casa de Lima, di con un documento en latín, pero lo que le ocurrió después se me ha borrado de la memoria. Puede que se lo diera con el cadáver al hombre de París, y que él lo vendiera junto con el cadáver al maltés.

—Pero le digo que la copia ha aparecido en la habitación de Sir Frank —insistió De Gayangos—. ¿Cómo llegó allí?

El capitán Hervey se levantó y paseó por la habitación. Cocatúa le estorbó el paso y lo apartó de un puntapié sin inmutarse.

—¿Qué opina usted, señor Hope? —preguntó deteniéndose ante Archie. Cocatúa se alejó con semblante muy sombrío.

—No sé qué pensar —respondió el joven de inmediato—. Sólo sé que Sir Frank es mi amigo muy querido y que cuando él dice que no sabe cómo llegó el manuscrito a su estante, le creo.

—¡Hum! —dijo Hervey con desprecio, y volvió a pasearse en silencio—. Creo que su amigo no es un hombre honrado.

Hope se puso en pie de un salto.

—Está mintiendo —dijo claramente.

—En Chile le habrían disparado por eso —replicó el capitán.

—Puede ser —respondió Archie secamente—. Pero yo también estoy bastante familiarizado con el revólver. Repito: está mintiendo. Random no es el tipo de hombre capaz de cometer un crimen tan vil.

—Entonces, ¿cómo entró el manuscrito en su habitación? —insistió Hervey.

—Él mismo está averiguándolo ahora mismo, y en cuanto lo sepa vendrá a comunicárnoslo, capitán Hervey. Pero dígame en qué basa su acusación. Oh, ya sé todo lo que ha dicho hoy —añadió Hope con desdén—. Pero ¿puede probar que Random obtuvo ese manuscrito?

—Si estaba en su habitación, como ustedes admiten, sí puedo —dijo Hervey con un tono bastante más refinado—. Verá: como ya he dicho, la copia debe de haber ido con el cadáver al maltés. Bien; pues el profesor compró el cadáver y así obtuvo también el manuscrito.

—No —negó el hombrecillo con gran agitación—. Bolton me escribió con todo detalle sobre la momia, pero no mencionó ningún manuscrito.

—Claro que no —replicó Hervey con calma—. Porque él sabía latín.

—Sabía latín —admitió Braddock inquieto—; fui yo mismo quien se lo enseñé. ¿Pero dice usted que se apoderó del manuscrito, lo leyó y pensaba guardar en secreto lo de las esmeraldas?

Hervey asintió tres veces y rodó el cigarro en la boca.

—¿Cómo explicarlo de otro modo? —preguntó serenamente, con los ojos fijos en el agitado profesor—. Bolton debió de quedarse con el manuscrito, pues no recuerdo que le ocurriera nada distinto a que lo entregué con el cadáver. Él —como usted admite— no le escribió mencionándolo. Así pues, calculo que proyectaba transportar el cadáver a Inglaterra e irse con las esmeraldas cuando estuviera a salvo en tierra.

—Pero podría haberlo hecho a bordo —dijo Archie rápidamente.

—No a bordo de mi barco —replicó Hervey con frialdad—. Yo habría calado el truco y exigido mi parte.

—¿Cómo se atreve a decir eso? —preguntó De Gayangos acaloradamente.

—Tranquilícese. Yo digo lo que pienso. No voy a doblarme ante ningún barriga amarilla…

El largo brazo de don Pedro salió disparado y Hervey fue a parar contra la pared. Esbozó una sonrisa feroz mientras metía la mano en el bolsillo de la cintura, pero antes de que sacara el revólver, Hope le golpeó el brazo y el disparo atravesó el techo. —¡Lucy! —exclamó el joven, sabiendo que la sala de estar estaba justo encima; salió de la habitación de un salto y subió las escaleras a toda velocidad. Hervey pareció abrumado por la vergüenza al pensar que podría haber herido a la muchacha, y se encogió de hombros guardando el revólver en el bolsillo.

—Me rindo y pido disculpas —le dijo a don Pedro, quien inclinó la cabeza solemnemente.

—Maldito sea, señor, ha estado a punto de disparar a mi hija —exclamó Braddock—. La sala de estar donde está sentada está justo encima, y además…

Mientras hablaba, la puerta se abrió y Lucy entró del brazo de Archie. Estaba pálida de miedo, pero ilesa. Por lo visto, la bala había atravesado el suelo muy lejos de donde ella estaba sentada.

—Le pido mis más sinceras disculpas, señorita —dijo el humillado Hervey.

—¡Te voy a retorcer el cuello, canalla! —gruñó Hope con una expresión peligrosa que lo era de verdad—. ¿Cómo te atreves a disparar aquí y encima…?

—Estoy bien —interrumpió Lucy, sin desear más alborotos—. No me ha pasado nada. Pero, capitán Hervey, voy a quedarme durante el resto de la conversación, y estoy segura de que no volverá a disparar delante de una dama.

—No, señorita —murmuró el capitán. Y alentado de nuevo por el airado profesor, volvió a hablar en voz baja. —Bien, como iba diciendo —continuó, sentándose con expresión obstinada—, Bolton pensaba escapar con las esmeraldas, pero calculo que Sir Frank se le adelantó, lo metió en ese maldito cajón y se quedó con las esmeraldas. Luego cogió el manuscrito —encontrado en el cadáver de Bolton— y lo escondió en sus libros, tal como ustedes dicen, y dejó la maldita momia en el jardín de la anciana que mencionaron. Eso es lo que digo yo.

—Todo son conjeturas —dijo don Pedro irritado.

—Sin una palabra de verdad —dijo Lucy indignada, saliendo en defensa de Frank Random.

—No me atrevo a contradecirla, señorita —dijo Hervey, tan manso como siempre—. Pero pregunto: si lo que digo no es verdad, ¿cómo llegó la copia del manuscrito a la habitación de ese caballero?

Nadie pudo responder. Aunque todos los presentes, salvo Hervey, creían en la inocencia de Random, nadie podía explicarlo. La respuesta llegó después de mayor conversación, cuando el propio militar apareció con su uniforme. Entró de repente con Donna Inés y se disculpó de inmediato ante De Gayangos.

—Fui a la posada a buscarle, señor —dijo—, y al no encontrarle, traje a su hija para dar explicaciones sobre el manuscrito.

—Ya. Justamente estábamos hablando de eso. ¿Cómo entró en su habitación?

Random señaló a Hervey.

—Ese bribón lo puso ahí —dijo con toda claridad.