CAPÍTULO XVI. EL MANUSCRITO DE NUEVO
Pero el Profesor no pensaba dejar escapar al Capitán Hervey sin obtener de él información completa. Antes de que el patrón yanqui llegara a la puerta principal, Braddock le pisaba los talones, jadeando y resoplando como una marsopa.
—Vuelva, vuelva. Cuéntemelo todo.
—Eso me parece que no —repuso el marino, soltándose del apretón de Braddock—. Usted no es el que va a dar el dinero. Iré a ver al Don, o al Inspector Date de Pierside.
—Pero Sir Frank debe ser inocente —insistió Braddock.
—Que lo demuestre él —fue la seca respuesta—. Suélteme.
—No. Tiene usted que decirme con qué fundamento…
—¡Al diablo con usted! —dijo Hervey apresuradamente, y se sentó en una de las sillas del vestíbulo—. Así están las cosas, ya que no me deja marchar sin explicarme. Este señorón de la aristocracia llegó a Pierside la misma tarde que yo eché el ancla. Mientras Bolton estaba a bordo, se presentó a echar un parrafillo o cosa así.
—¿De qué?
—¿Y cómo diablos voy a saberlo yo? —espetó el patrón—. Yo no estaba allí, pues tenía bastante con descargar el cargamento. Pero su señoría se fue con Bolton al camarote de honor y estuvieron hablando media hora. Cuando salieron, vi que su señoría estaba muy alterado, y le oí decirle cosas a Bolton.
—¿Qué clase de cosas?
—Bueno, entre otras dijo: «Lo lamentará usted», y luego también: «Su vida no está segura mientras lo conserve.»
—¿Refiriéndose a la momia?
—Me parece que sí, a menos que me equivoque —dijo Hervey tranquilamente.
—¿Por qué no llevó usted esa información a la policía?
—¿Yo? Ni hablar. No vi manera de ganar un solo dólar con eso. Y es que tampoco se me ocurrió relacionar las cosas, hasta que descubrí que su señoría…
—Significando Sir Frank —interpoló el Profesor, frunciendo el ceño.
—Estoy hablando el inglés de la reina, o del rey, o de la república, según el gusto, y digo su señoría —declaró el patrón secamente—, hasta que descubrí que su señoría había estado en la taberna donde se cometió el crimen.
—¿En el Sailor's Rest? ¿Cuándo fue allí?
—Por la tarde. Después de hablar con Bolton, y después de una disputa —pues los dos parecían bastante irritados—, saltó por el costado y volvió a su yate, que no estaba muy lejos. Bolton llevó su maldita momia a tierra y se instaló en el Sailor's Rest. Supe luego, por el segundo oficial de El Diver (que ya no es mi barco), que su señoría entró en el hotel y tomó algo. Después mi segundo oficial lo vio hablar con Bolton por la ventana.
—¿En el mismo sitio donde habló la mujer? —preguntó el Profesor.
—Exacto, solo que fue más tarde aquella noche cuando la mujer se presentó a cotorrear por la ventana. He de reconocer —añadió el capitán con generosidad— que nadie de quien yo pueda dar fe vio a su señoría rondando el hotel pasada la noche. Pero ¿qué importa eso? Puede que ya hubiera trazado sus planes y dispuesto que encontrasen el cadáver después, dentro de ese maldito cajón de embalaje.
—¿Es todo eso lo que tiene usted como pruebas?
—Creo que es suficiente.
—No es suficiente para obtener una orden de arresto.
—Pues en los Estados Unidos lo electrocutarían a uno con la mitad de eso.
—Puede ser —replicó el hombrecillo con desprecio—, pero estamos en un país donde impera la justicia más pura. Todas sus pruebas son circunstanciales. No demuestran nada.
El capitán se molestó considerablemente.
—Yo calculo que demuestran que Sir Frank quería la momia; si no, ¿por qué subió a mi barco a ver a su infernal ayudante? Las palabras que usó mostraban que estaba advirtiendo a Bolton de lo que le haría. Y luego habló por la ventana, y estuvo en la taberna, que no es lugar donde se refugie un señorón de la aristocracia. Me parece que él es el hombre que busca la policía. Pero es que —añadió Hervey, calentándose con el relato—, tenía un yate de lujo fondeado junto a la maldita taberna, y bien podría haber embarcado el cadáver después de deslizarlo por la ventana. Cuando se cansó de él y le robó las esmeraldas, lo llevó en bote, desde debajo del Fuerte, al jardín de la señora Jasher y lo dejó allí para despistar a la policía. Para mí está más claro que el agua. Registre usted el caserón de su señoría y encontrará las esmeraldas.
—Es extraño —murmuró Braddock a su pesar.
—Extraño, pero no cierto —dijo una voz desde lo alto de la escalera, y el joven Hope bajó con calma, con el semblante pálido pero muy decidido—. Random es absolutamente inocente.
—¿Y usted cómo lo sabe? —preguntó el patrón con desprecio.
—Porque es un caballero inglés y un amigo íntimo mío.
—¡Bah! Esa defensa no lo salvará de la horca.
Mientras tanto, Braddock miraba a Archie con irritación.
—Ha estado usted escuchando una conversación privada, señor. ¿Cómo se ha atrevido?
—Si mantienen conversaciones privadas a voz en grito en el vestíbulo, deben esperarse que los escuchen —dijo Archie con frialdad—. Me declaro culpable y no lo siento.
—¿Cuándo llegó usted?
—A tiempo de oír todo lo que ha explicado el Capitán Hervey. Estaba charlando con Lucy y acababa de dejarla cuando oí sus altas voces.
—¿Ha oído algo Lucy?
—No. Está ocupada en su habitación. Pero voy a decírselo —Hope se volvió para subir la escalera—; ella aprecia a Random y no creerá que sea culpable, igual que yo en este momento.
—¡Alto! —gritó Braddock, abalanzándose para retener a Hope cuando ponía el pie en el primer peldaño—. No diga nada a Lucy por ahora. Tenemos que ir al Fuerte —usted y yo— a ver a Random. Hervey, venga usted también, y así podrá acusar a Sir Frank en su propia cara.
—¡Si se atreve a hacerlo! —dijo Archie con indignación.
—Oh, ya lo acusaré cuando llegue el momento —dijo Hervey con toda calma—, pero ese momento no es ahora. ¿Entiende? Primero voy a ver al Don y a asegurarme la recompensa.
—¡Bah! —exclamó Hope con asco—. ¡Dinero de sangre!
—¿Y qué? Si uno es asesino, que lo cuelguen.
—Mi amigo, Sir Frank Random, no es ningún asesino.
—Eso tiene que probarlo, como he dicho antes —repuso el yanqui con calma, y se encaminó hacia la puerta—. Hasta luego, caballeros. Voy al Posada del Guerrero a jugar mis cartas. Y les diré —añadió, deteniéndose en la puerta que fue abriendo— que no tengo ese maldito velero, así que necesito dinero para aguantar hasta que llegue otro barco. Cien libras inglesas llenarán exactamente el hueco. Así que ya saben a qué juego. Hasta luego —y salió tranquilamente de la casa, dejando a Archie y a Braddock mirándose el uno al otro con el semblante pálido. La desfachatez de Hervey los sorprendió y los horrorizó. Pero aun así no podían creer que Sir Frank Random fuera culpable de tan brutal crimen.
—Por una parte —dijo Hope tras una pausa—, Random no sabía dónde estaban las esmeraldas, ni siquiera que existían.
—Yo entendí que sí lo sabía —dijo Braddock a regañadientes—. Ante mí y ante usted mismo, usted oyó a Don Pedro declarar que le había contado a Random la historia del manuscrito.
—Olvida usted que yo me enteré de lo de las esmeraldas al mismo tiempo —dijo Hope tranquilamente—. Y sin embargo, ese patrón yanqui no me acusa a mí. El conocimiento de las esmeraldas llegó a oídos de Random y a los míos mucho después de cometido el crimen. Para tener un motivo para matar a Bolton y robar las esmeraldas, Random habría tenido que saberlo al llegar a Inglaterra.
—¿Y por qué no iba a saberlo? —preguntó el Profesor, mordiéndose el labio con disgusto—. No quiero acusar a Random, ni siquiera dudarlo; es un hombre excelente, aunque se negara a ayudarme con dinero cuando quise ofrecer una recompensa. Con todo, se encontró con Don Pedro en Génova, y muy bien pudo haberle contado el hombre lo de las joyas enterradas con la momia.
Archie movió la cabeza.
—Lo dudo —dijo pensativo—. Random estaba tan asombrado como el resto cuando Don Pedro contó su historia de Las mil y una noches. Pero el punto puede aclararse fácilmente mandando llamar a Random. Supongo que estará en el Fuerte.
—Mandaré a Cocatúa en seguida —dijo el Profesor con presteza, y fue al museo a instruir al canaco. Archie se quedó donde estaba y se sentó en una silla, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Era increíble que un caballero inglés de nombre intachable y tan conocido soldado cometiera tan terrible crimen. Y el asunto de la acusación de Hervey se complicaba por el hecho —del que Hervey ignoraba— de que Don Pedro deseaba que Random se convirtiera en su yerno. Hope se preguntaba qué diría el fogoso y altivo peruano cuando oyese denunciar a su amigo. Sus reflexiones sobre este punto fueron interrumpidas por el regreso del Profesor, que apareció en la puerta del museo despidiendo a Cocatúa. Cuando el canaco se marchó, Braddock le hizo señas al joven.
—No hay razón para hablar en el vestíbulo y dejar que toda la casa se entere de este nuevo contratiempo —dijo malhumorado—. Entre aquí.
Hope entró y contempló con repugnancia mal disimulada la siniestra figura de la momia verde, tendida sobre una mesa larga. Examinó las partes donde las vendas habían sido cortadas con algún instrumento afilado, para dejar al descubierto las manos secas y huesudas, que antes habían sostenido las costosas joyas. El rostro era invisible, cubierto por una máscara de mate oro batido. Anteriormente los ojos habían lucido joyas, pero estas también habían desaparecido. Señaló la máscara al Profesor, que se inclinaba sobre el misterioso cadáver con una gran lupa.
—Es extraño —dijo Hope con seriedad—, que no robaran también la máscara de oro, siendo tan valiosa.
—A menos que se fundiera, la máscara podría rastrearse —dijo Braddock tras una pausa—. Las joyas, según Don Pedro, son de valor inmenso y por eso pudieron desprenderse de ellas fácilmente. Random se conformó con esas.
—No hable usted de él así, como si su culpabilidad fuera cosa cierta —dijo Hope, con una mueca.
—Bueno, ha de reconocer que las pruebas en su contra son sólidas.
—Pero puramente circunstanciales.
—Las pruebas circunstanciales han ahorcado a más de un inocente. ¡Hum! —dijo Braddock con inquietud—. Espero que no ahorcuen a nuestro amigo. Pero ya oiremos lo que tenga que decir. He mandado a Cocatúa al Fuerte a traerlo en seguida. Si Random está ausente, Cocatúa dejará una nota sobre su mesa de escribir.
—¿No habría sido mejor decirle a Cocatúa que entregase la nota al asistente de Random?
—Me parece que no —respondió Braddock secamente—. El asistente de Random es, con certeza, uno de los hombres más torpes del ejército entero. Probablemente se olvidaría de entregársela, y como es importante que veamos a Random cuanto antes, es mejor que la encuentre colocada personalmente sobre su mesa de escribir por Cocatúa, en quien puedo confiar.
Archie abandonó el argumento, pues realmente importaba muy poco. Tomó otro hilo de conversación.
—Supongo que si el criminal intenta deshacerse de las esmeraldas lo pillarán —dijo—; semejantes joyas son demasiado llamativas para pasar sin comentarios.
—¡Hum! Depende de la habilidad del ladrón —dijo el Profesor, más absorto en la momia que en la conversación—. Podría hacer cortar las joyas en piedras más pequeñas, o podría ir a la India y venderlas a algún rajá, que desde luego no diría nada. Yo mismo no sé cómo actúan los criminales, pues nunca he estudiado sus métodos. Pero espero que la pista que usted menciona sea encontrada, aunque solo sea por el bien de Random.
—Ni por un momento creo que Random esté en peligro —dijo Archie—, y si lo estuviera, me convertiría yo mismo en detective.
—Le deseo suerte —repuso Braddock, inclinándose sobre la momia—. Mire, Hope, el maravilloso color de esta lana. Hay artes que hemos perdido completamente; el teñido de tan sorprendente belleza es uno de ellos. ¡Hum! —meditó el arqueólogo—. Me pregunto por qué esta momia en particular está teñida de verde, o más bien por qué está envuelta en vendas verdes. El amarillo era el color real de los antiguos monarcas peruanos. Lana de vicuña teñida de amarillo. ¿Qué le parece, Hope? Es extraño.
Archie se encogió de hombros.
—No puedo decir nada, porque no sé nada —dijo con brusquedad—. Lo único que sé es que ojalá esta preciada momia nunca hubiese sido traída aquí. Ha causado problemas desde su llegada.
—Bueno —dijo Braddock, contemplando el cadáver con cierto desagrado—, he de reconocer que también yo me alegraré de verla por última vez. ¡Ya sé todo lo que quería saber! ¡Hum! Me pregunto si Don Pedro me permitirá desenvolver la momia. ¡Por supuesto! Es mía, no suya. La desenvolveré por completo —y Braddock estaba a punto de poner sus manos sacrilegas sobre el difunto cuando Cocatúa entró sin aliento. Debía de haber corrido al Fuerte y vuelto.
—Llamé a la puerta —dijo el canaco, entregando su recado—, y no oí ninguna voz. Entré y no encontré a nadie, así que puse la carta sobre la mesa. Bajé y pregunté, y un soldado me dijo, señor, que su amo volvería en media hora.
—Debería haber esperado —dijo Braddock, apartando a Cocatúa con un gesto—. Venga conmigo al Fuerte, Hope.
—Pero Random vendrá aquí en cuanto regrese.
—Muy probablemente, pero no puedo esperar. Tengo ganas de oír lo que tiene que decir en su defensa. Vamos, Cocatúa, mi abrigo, mi sombrero, mis guantes. ¡Muévase, sinvergüenza!
Archie no tenía inconveniente en ir, pues también deseaba oír lo que Random dijera ante la absurda acusación formulada por el yanqui. En pocos minutos los dos hombres caminaban a buen paso por el camino a través del pueblo, el Profesor esforzándose por mantener el paso de las largas zancadas de Hope a trote ligero. A mitad del pueblo se cruzaron con un coche de punto, y en él el Capitán Hervey, que se dirigía a la estación de ferrocarril de Jessum.
—¿Ha visto a Don Pedro? —preguntó el Profesor, parando el vehículo.
—Me parece que no —respondió Hervey impasiblemente—. Se ha ido a Pierside a ver a la policía. Yo también voy allá.
—Mejor que venga con nosotros —dijo Archie con severidad—; vamos a ver a Sir Frank Random.
—Dele usted mis respetos —dijo el patrón a sangre fría—, y dígale que para mí vale cien libras —agitó la mano y el coche se alejó, pero él miró atrás con una mueca burlona—. Dígale que arreglaré el asunto por el doble del dinero y el mando de su yate.
Braddock y Archie vieron alejarse el coche con disgusto.
—¡Qué canalla es ese hombre! —dijo el Profesor con irritación—; vendería a su padre por lo que pudiera sacar.
—Eso muestra en qué medida puede confiarse en su palabra. Creo que esta acusación de Random es un asunto montado.
—Así lo espero, por el bien de Random —dijo Braddock, caminando con brío.
En poco tiempo llegaron al Fuerte y les informaron de que Sir Frank no había regresado aún, pero que se le esperaba de un momento a otro. Mientras tanto, como Braddock y Hope eran bien conocidos, los condujeron a las habitaciones de Random, que estaban en el primer piso. Cuando el asistente-soldado se retiró y se cerró la puerta, Hope se sentó junto a la ventana, mientras Braddock trotaba por la habitación, inspeccionando aquí y allá.
—Es una perrera —dijo el Profesor—. Se lo dije a Random.
—Quizá deberíamos haberlo esperado en el casino —sugirió Archie.
—¡No, no, no! Allí no podríamos hablar, con un montón de jóvenes necios rondando. Le dije a Random que yo no entraría nunca en el casino, así que me invitó a venir siempre a sus habitaciones. Entonces estaba enamorado de Lucy —el Profesor se rió entre dientes—, y nada era demasiado bueno para mí.
—Ni siquiera la perrera —dijo Hope secamente, pues la cháchara del Profesor era tan descortés que resultaba bastante irritante.
—¡Bah, bah! Random no se ofende por una broma. Usted, Hope, no tiene sentido del humor. Su nombre es también escocés. Creo que es usted un caledoniano.
—Nada de eso. Nací al sur de la frontera.
—Lo mismo me da que hubiera usted nacido en el Polo Norte —dijo el hombrecillo cortésmente—. No me gustan los artistas; generalmente son tontos. Ojalá Lucy se hubiera casado con un hombre de ciencia. Pero no diga sandeces. Ya sé lo que va usted a decir.
—Bueno —dijo Archie, siguiéndole la corriente—, ¿qué voy a decir?
Esto desconcertó al irritable sabio.
—¡Hum, hum, hum! No lo sé y no me importa. ¡Uf! ¡Qué calor hace aquí! ¡Cuántos libros de viajes tiene Random! —Braddock estaba ahora junto a la estantería, formada por tablas colgadas de la pared con cuerdas.
—Random viaja mucho —le recordó Archie.
—Muy cierto, muy cierto. Malgasta su dinero en ese estúpido yate. Pero no ha viajado por Sudamérica. Supongo que tiene intención de ir. Venga aquí, Hope, y vea cuántos libros sobre el Perú, Chile y Brasil. Debe de haber una docena, y todos de biblioteca.
Archie se acercó sin prisa a las estanterías.
—Creo que Random se está poniendo al día en el tema de Sudamérica para poder hablar con Donna Inés.
—¡Probablemente, probablemente! —exclamó Braddock, sacando varios libros—. Aquí no hay ningún… ¡Ah, Dios mío! ¡Qué catástrofe!
Bien podía decirlo, pues en su afán de examinar los libros, todos ellos se volcaron de las estanterías y quedaron en desordenado montón en el suelo. Hope empezó a recogerlos y a colocarlos de nuevo, e igualmente el autor del desaguisado. Entre los libros había varios papeles con notas garabateadas, y Braddock los amontonó todos juntos. Entonces fijó la vista en la escritura de uno de ellos.
—¡Hola! Latín —dijo, y leyó una línea o dos—. ¡Oh! —jadeó—. ¡Hope, Hope! ¡El manuscrito de Don Pedro!
—¡Imposible!
Archie se levantó y miró fijamente el papel descolorido.
—Siento haberles hecho esperar —dijo Random, entrando en aquel preciso momento.
—¡Villano! —gritó Braddock con furia—. ¿Con que era usted culpable, después de todo?