CAPÍTULO X. EL DON Y SU HIJA
El Profesor Braddock era por lo general el hombre más metódico del mundo y medía su vida por el reloj y el almanaque. Se levantaba a las siete, en verano como en invierno, para tomar un copioso desayuno, que le duraba hasta la cena de las cinco y media. Braddock cenaba a esta inusual hora —salvo cuando tenía compañía— pues no tomaba almuerzo y ni siquiera se le ocurría la idea del té de las cinco. Dos comidas al día, sostenía, eran suficientes para cualquier hombre que llevara una vida sedentaria, ya que comer demasiado embota las ruedas del intelecto. Solía trabajar en su museo —si así puede llamarse a la indulgencia de su afición— de nueve a cuatro, después de cuyo hora daba un breve paseo por el jardín o por el pueblo. Al terminar la cena hojeaba alguna publicación científica o quizá, a modo de distracción, hacía una o dos partidas de solitario; pero a las siete se retiraba invariablemente a sus aposentos para reanudar el trabajo. Se acostaba a medianoche, con lo cual puede suponerse que el Profesor realizaba una cantidad enorme de trabajo durante el año. No existía hombre más metódico ni más laborioso.
Pero a veces incluso este entusiasta se cansaba de su afición y de la rutina anual. El deseo de ver a sus compañeros científicos de igual manera de pensar se apoderaba de él, y partía de repente hacia Londres para instalarse en una tranquila pensión y disfrutar del trato con sus semejantes. Braddock raramente anunciaba con anticipación su nostalgia urbana. En el desayuno declaraba de súbito que le había entrado el impulso de ir a Londres, y se marchaba en el coche junto con Cocatúa para coger el tren de las diez. A veces enviaba al Canaca de regreso; otras lo llevaba a la ciudad; pero fuera Cocatúa o no, el museo quedaba siempre cerrado con llave para que los criados no lo profanaran. En realidad, Braddock no tenía por qué preocuparse, pues Lucy, conociendo los caprichos y el violento genio de su padrastro, cuidaba de que la santidad del lugar permaneciera inviolada.
A veces el Profesor volvía en un par de días; a veces su ausencia se extendía a una semana; y en dos o tres ocasiones permaneció fuera durante quince días. Pero cuando regresaba, decía muy poco a Lucy acerca de lo que había hecho, quizás juzgando que los áridos detalles científicos no resultarían del agrado de una joven animada. En cuanto se instalaba de nuevo en el museo, la vida en Las Pirámides reanudaba su habitual rutina, hasta que Braddock volvía a sentir la necesidad de un cambio. Lo asombroso era, considerando la naturaleza de su trabajo y la minuciosidad de su aplicación, que no se permitiera más a menudo esas escapadas bohemias.
Lucy, por tanto, no se sorprendió cuando, a la mañana siguiente de su visita a la Señora Jasher, el Profesor anunció a su manera abrupta habitual que tenía intención de ir a Londres, pero que dejaría a Cocatúa al cuidado de su preciada colección. Quedó algo contrariada, sin embargo, pues, con la intención de ayudar a los proyectos matrimoniales de la viuda, la había invitado a cenar para la noche siguiente. Esto se lo dijo a su padrastro, y, bastante para su sorpresa, él expresó pesar por no poder quedarse.
«La Señora Jasher», dijo Braddock apresuradamente, bebiendo su café, «es una mujer muy sensata, que sabe cuándo callar.»
«También creo que es una buena ama de casa», insinuó la señorita Kendal con recato.
«¿Eh, cómo? ¿Y bien? ¿Por qué dice eso?» replicó Braddock con brusquedad.
Lucy esquivó el asunto.
«La Señora Jasher la admira a usted, padre.»
Braddock gruñó, pero no pareció disgustado, pues ni siquiera un científico con la vanidad masculina habitual es inaccesible a la adulación.
«¿Se lo dijo a usted la Señora Jasher?» preguntó, sonriendo con complacencia.
«No con esas palabras, exactamente. Sin embargo, soy mujer, y puedo adivinar cuánto deja sin decir otra mujer.» Lucy hizo una pausa, y añadió significativamente: «No me parece tan mayor, y hay que reconocer que está maravillosamente bien conservada.»
«Como una momia», observó el Profesor distraídamente; luego empujó hacia atrás su silla para añadir animadamente: «¿Qué quiere decir todo esto, pillastra? Sé que la señora está bien en cuanto una mujer puede estarlo; pero su maldita edad y su aspecto y su admiración inexpreasda. ¿Qué son esas cosas para un viejo como yo?»
«Padre», dijo Lucy con seriedad, «cuando me case con Archie, lo más probable es que deje Gartley para ir a Londres.»
«Lo sé, lo sé. ¡Cielos, niña! ¿Crees que no lo he pensado? Si fueras sensata, que no lo eres, te casarías con Random y te quedarías en el Fuerte.»
«Sir Frank tiene otros peces que freír, padre. Y aunque me quedara en el Fuerte como esposa suya, tampoco podría cuidarle a usted.»
«¡Hum! Empiezo a ver a dónde va. Pero no puedo olvidar a tu madre, hija mía. Fue una buena esposa para mí.»
«Con todo», dijo Lucy persuasivamente, haciéndose cada vez más defensora de la Señora Jasher, «usted no puede llevar solo esta gran casa. No me gusta dejarle en manos de los criados cuando me case. La Señora Jasher es muy doméstica y...»
«... y sería una buena ama de llaves. No, no, no quiero darte otra madre, niña.»
«No hay peligro de eso, aunque yo no me casara», replicó Lucy con rigidez. «Una chica no puede tener más que una madre.»
«Y un hombre, al parecer, puede tener dos esposas», dijo Braddock con humor seco. «¡Hum!» — se pellizcó la redonda barbilla — «no es mala idea. Pero, claro, no puedo enamorarme a mi edad.»
«No creo que la Señora Jasher pida imposibles.»
El Profesor se levantó con viveza.
«Lo pensaré», dijo. «Entre tanto, me voy a Londres.»
«¿Cuándo vuelve, padre?»
«No lo sé. No haga preguntas tontas. No me gusta estar sujeto al tiempo. Puede que una semana y puede que sólo unos días. Las cosas pueden seguir aquí como siempre, pero si Hope viene a verla, avise a la Señora Jasher para que haga de carabina.»
Lucy aceptó esta sugerencia, y Braddock se fue a prepararse para la partida. Ponerle en camino era como botar un barco, pues toda la servidumbre corría a sus talones veloces, haciendo maletas, atando mantas, cortando sándwiches, ayudándole a ponerse el abrigo y subiéndole al coche que habían mandado buscar apresuradamente a la posada del Guerrero. Todo el tiempo, Braddock hablaba, regañaba, daba instrucciones y dejaba órdenes, hasta que todos quedaron bastante aturdidos. Lucy y los criados soltaron un suspiro de alivio cuando vieron desaparecer el coche por la esquina de la carretera en dirección a Jessum. Además de ser un famoso arqueólogo, el Profesor era ciertamente una gran molestia para quienes habían de lidiar con sus caprichos y manías.
Durante los dos o tres días siguientes, Lucy se divirtió a su manera tranquila con Archie. A pesar de lo avanzado de la estación, el tiempo seguía siendo bueno, y el artista aprovechó la pálida luz del sol para hacer gran número de bocetos de los paisajes de la marisma. Por regla general, Lucy le acompañaba cuando salía, y a veces la Señora Jasher, locuaz y alegre, les seguía para hacer de carabina. Pero la chica notó que la alegría de la Señora Jasher era forzada a veces, y que a la cruda luz de la mañana parecía bastante mayor. En su cara regordeta aparecían arrugas, y líneas de cansancio en torno a la boca. También estaba distraída mientras los enamorados charlaban, y cuando le hablaban, volvía al momento presente con una sacudida. Como la viuda estaba ahora bien servida en cuanto a dinero, y su plan de casarse con Braddock iba bien encaminado —pues Lucy había informado debidamente de la actitud del Profesor— resultaba difícil comprender por qué la Señora Jasher tenía aquel aspecto tan preocupado. Un día Lucy le habló sobre el asunto. Random había pasado por la marisma para ver el boceto de Hope, y los dos hombres charlaban juntos, mientras la señorita Kendal llevó a un lado a la pequeña viuda.
«Espero que no le pase nada», dijo Lucy suavemente.
«No. ¿Por qué lo dice?» preguntó la Señora Jasher, ruborizándose.
«Ha estado usted con aspecto preocupado estos últimos días.»
«Tengo algunos disgustos», suspiró la viuda, «disgustos relacionados con la testamentaría de mi difunto hermano. Los abogados son muy desagradables y ponen toda clase de dificultades para inflar sus honorarios. Además, cosa extraña, empiezo a sentir la muerte de mi hermano más de lo que hubiera pensado. Ve usted que llevo luto, querida. Después de lo que dijo el otro día, sentí que era incorrecto no llevarlo. Claro que mi pobre hermano y yo éramos casi extraños. Aun así, como me ha dejado dinero y era mi único pariente, creo que debo mostrar algo de pena. Soy una mujer sola, querida.»
«Cuando vuelva mi padre no estará usted ya sola», dijo Lucy.
«Eso espero. Siento que necesito un hombre que me cuide. Ya le dije que deseaba casarme con el Profesor por su posible título, para formar un salón y tener algún entretenimiento e influencia. Pero también quiero un compañero para la vejez. No hay que negarlo», añadió la Señora Jasher con otro suspiro, «que me voy haciendo mayor a pesar de todo el cuidado que me tomo. Le agradezco su amistad, querida. En otro tiempo pensé que no le caía bien.»
«Oh, creo que nos llevamos muy bien», dijo Lucy algo evasivamente, pues no quería decir que haría de la viuda una amiga íntima, «y, como usted sabe, me alegra mucho que se case con mi padrastro.»
«¡Qué agradable es pensar que mira usted mis ambiciones de ese modo!», dijo la Señora Jasher, dándole una palmadita en el brazo. «¿Cuándo vuelve el Profesor?»
«No lo sé. Se negó a fijar una fecha. Pero suele estar fuera quince días. Le espero en ese tiempo, aunque puede volver mucho antes. Viene cuando le apetece.»
«Cuando estemos casados, cambiaré todo eso», murmuró la Señora Jasher con el ceño fruncido. «Habrá que enseñarle a ser menos egoísta.»
«Me temo que nunca le mejorará en ese sentido», dijo Lucy secamente, y se reunió con los caballeros a tiempo de oír a Random mencionar el nombre de Don Pedro de Gayangos.
«¿Qué hay, Sir Frank?» preguntó.
Random se volvió hacia ella con su agradable sonrisa.
«Mi amigo español, a quien conocí en Génova, llega aquí mañana.»
«¿Con su hija?» preguntó maliciosamente la Señora Jasher.
«Naturalmente», respondió el joven soldado, ruborizándose. «Donna Inés está muy apegada a su padre y no le abandona nunca.»
«Algún día lo hará, supongo», dijo Hope inocentemente, pues sus ojos estaban en su boceto y no en la cara de Random, «cuando aparezca el marido de su elección.»
«Quizás ya ha aparecido», rió entre dientes la Señora Jasher significativamente.
Lucy se compadeció de la turbación de Random.
«¿Dónde se alojarán?»
«En la posada del Guerrero. He reservado las mejores habitaciones. Creo que estarán cómodos allí, pues la señora Humber, la patrona, es una buena ama de casa y una excelente cocinera. Y no creo que Don Pedro sea exigente.»
«Un español, dice», observó Archie distraídamente. «¿Habla inglés?»
«Admirablemente, y la hija también.»
«Pero ¿por qué viene un español a un lugar tan apartado?» preguntó la Señora Jasher, después de una pausa.
«Creí que lo dije el otro día, cuando hablamos del asunto», respondió Sir Frank con sorpresa. «Don Pedro ha venido aquí para entrevistarse con el Profesor Braddock acerca de esa momia desaparecida.»
Hope levantó la cabeza con rapidez.
«¿Qué sabe él de la momia?»
«Nada, en cuanto yo sé, salvo que vino a Europa con la intención de comprarla y se encontró con que el Profesor Braddock se le había adelantado. Don Pedro no me dijo más.»
«¡Hum!», murmuró Hope para sí. «Don Pedro se llevará una decepción cuando sepa que la momia ha desaparecido.»
Random no captó las palabras e iba a preguntarle qué había dicho, cuando en el camino blanco que conducía al Fuerte se vieron moverse dos figuras altas, conducidas por otra más baja.
«¡Forasteros!», dijo la Señora Jasher, alzando su lorgnette, que usaba para causar efecto, aunque tenía una vista admirablemente aguda.
«¿Cómo lo sabe?» preguntó Lucy con indiferencia.
«Mire, querida, qué extrañamente va vestido ese hombre.»
«Yo no puedo verlo a esta distancia», dijo Lucy, «y si puede usted, Señora Jasher, verdaderamente no veo por qué necesita anteojos.»
La Señora Jasher se rió del cumplido sobre su vista, y se ruborizó bajo el colorete a la reprensión de su vanidad. Entretanto, la figura más pequeña, que era un muchacho del pueblo que conducía a un alto caballero y a una esbelta señora, señaló hacia el grupo en torno al caballete de Hope. En breve el chico volvió corriendo a la carretera del pueblo, y el caballero avanzó por el sendero con la señora. Random, que les había estado mirando atentamente, de pronto se sobresaltó, habiéndoles reconocido por fin.
«Don Pedro y su hija», dijo en voz asombrada, y se lanzó hacia adelante para dar la bienvenida a los inesperados visitantes.
«Ahora, querida», susurró la viuda al oído de Lucy, «vamos a ver qué clase de mujer prefiere Sir Frank a usted.»
«Bueno, como Sir Frank ya sabe qué clase de hombre prefiero yo a él», replicó Lucy, «estamos en paz.»
«Me alegra que estos recién llegados hablen inglés», dijo Hope, que se había puesto en pie. «No sé ni una palabra de español.»
«No son españoles, sino peruanos», dijo la Señora Jasher.
«El idioma es el mismo, más o menos. ¡Maldición! Ya viene Random trayéndoles aquí. Ojalá les llevara al Fuerte. Supongo que en la próxima hora no habrá más trabajo», y Hope, algo molesto, empezó a recoger sus materiales artísticos.
Visto de cerca, Don Pedro resultó ser un hombre alto, enjuto y seco, no poco parecido a la concepción que Doré tiene de Don Quijote. Debía de tener sangre india en las venas, a juzgar por sus ojos muy oscuros, su cabello tieso y lacio, llevado algo largo, y sus pronunciados pómulos. También, aunque vestido de negro puritano, su bárbaro amor al color se traicionaba en una corbata roja y en un pañuelo escarlata que se enrollaba holgadamente en torno a un sombrero blando de alas caídas. El sombrero y el brillante rojo de la corbata y el pañuelo habían llamado la atención de la Señora Jasher a tan gran distancia, y la habían inducido a pronunciar al hombre como forastero, pues la Señora Jasher sabía muy bien que ningún inglés gustaría de colores tan vivos. Aun así, a pesar de esta excentricidad, Don Pedro tenía aspecto de completo caballero castellano, e hizo una reverencia grave cuando Random lo presentó a las señoras.
«Señora Jasher, señorita Kendal, permítanme presentarles a Don Pedro de Gayangos.»
«Encantado», dijo el peruano, inclinándose, sombrero en mano, «y a mi vez, señoras, permítanme presentarles a mi hija, Donna Inés de Gayangos.»
Archie fue también presentado al Don y a la joven señora, después de lo cual Lucy y la Señora Jasher, sin parecer que miraban, hicieron un minucioso examen de la dama de la que estaba enamorado Random. Sin duda Donna Inés hacía su propio examen, y con la habilidad de su sexo, las tres mujeres, mientras charlaban afablemente, aprendieron en tres minutos todo lo que había que aprender del aspecto exterior de cada una. La señorita Kendal no podía negar que Donna Inés era muy hermosa, y admitía francamente — interiormente, claro — su propia inferioridad. Ella era meramente bonita, mientras la señora peruana era verdaderamente hermosa y de presencia bastante majestuosa.
Sin embargo, en Donna Inés había el mismo aspecto bárbaro indefinido que caracterizaba a su padre. Su rostro era bello, de expresión oscura y orgullosa, pero había en él una frialdad que dejaba perpleja a la inglesa. Donna Inés podía haber pertenecido a una raza que poblara otro planeta del sistema solar. Tenía grandes ojos negros y húmedos, una nariz recta de tipo griego y una boca perfecta, un mentón bien redondeado y un magnífico cabello oscuro y brillante como el ala del cuervo, dispuesto en el último estilo parisino de peinado. Además, su vestido — como adivinaron al instante las dos mujeres — era de París. Estaba perfectamente enguantada y calzada, y aunque traicionaba de algún modo un gusto bárbaro por el color en el tono rojizo apagado de su traje, que era atenuado con galón negro, tenía aspecto de mujer de buena crianza. Aun así, su apariencia general daba al observador perspicaz la idea de que estaría más en su elemento con un escaso traje y resplandeciendo con adornos de oro toscamente trabajados. Quizás el Perú, de donde venía, sugería la comparación, pero los pensamientos de Lucy volvían a un relato de las Vírgenes del Sol que el Profesor había descrito una vez. Se le ocurrió, quizás equivocadamente, que en Donna Inés contemplaba a quien en otro tiempo hubiera sido la novia de algún espléndido Inca.
«Temo que encontrará usted Inglaterra aburrida después del sol de Lima», dijo Lucy, terminado su rápido examen.
Donna Inés se estremeció un poco y miró en derredor la gris neblina a través de la cual el pálido sol luchaba con dificultad.
«Ciertamente prefiero el trópico a esto», dijo en musical inglés, «pero mi padre ha venido aquí por negocios, y hasta que concluya permaneceremos en este lugar.»
«Pues debemos hacer que las cosas sean lo más animadas posibles para usted», dijo la Señora Jasher alegremente y ansiosa por enterarse más de los recién llegados. «Tiene que venir a verme, Donna Inés; allí está mi casita.»
«Gracias, madame: es usted muy amable.»
Mientras tanto, Don Pedro conversaba con los dos jóvenes.
«Sí, llegué aquí antes de lo que esperaba», decía, «pero tengo que volver a Lima en breve, y deseo resolver cuanto antes mi asunto con el Profesor Braddock.»
«Lo lamento», dijo Lucy cortésmente, «pero mi padre está ausente.»
«¿Y cuándo vuelve, señorita Kendal?»
«Difícilmente puedo decirlo; en una semana o quince días.»
Don Pedro hizo un gesto de contrariedad.
«Es una lástima, pues estoy muy urgido de tiempo. Con todo, debo quedarme hasta que vuelva el Profesor. Tengo tanto interés en saber si ha encontrado la momia.»
«Todavía no ha sido encontrada», dijo Hope vivamente, «y no lo será nunca.»
Don Pedro le miró tranquilamente.
«Tiene que ser encontrada», dijo. «He venido desde Lima expresamente para obtenerla. Cuando oiga mi historia no le sorprenderá mi deseo de recobrar la momia.»
«¿Recobrar?», repitieron Hope y Random a una.
Don Pedro asintió con la cabeza.
«La momia fue robada a mi padre», dijo.