El Tercer Cuaderno (Segunda Parte)
Un domingo por la tarde, Horiki vino a visitarme con una botella de sake de un litro bajo el brazo. Yoshiko había salido a hacer la compra.
"¿Estás solo? Perfecto."
Subió al segundo piso sin esperar invitación, dejó la botella sobre la mesa de dibujo, ocupó la única silla disponible y dijo:
"¿Tienes vasos?"
"En el armario."
Me senté en la estera. Horiki sacó dos vasos, los llenó y me tendió uno.
"Por la literatura y el arte."
Era el brindis habitual de Horiki. Chocamos los vasos.
"Oye, ¿qué es la comedia?"
Horiki lo soltó así, de repente, como si continuara una conversación que hubiera estado teniendo consigo mismo en el camino.
"¿La comedia?"
"Sí. Define la comedia."
"No sé. ¿La vida cotidiana?"
Horiki soltó una carcajada.
"Bien dicho. ¿Y la tragedia?"
"También la vida cotidiana."
"¡Eso es exactamente! ¡Perfectamente dicho!"
Horiki se llenó el vaso de nuevo. Yo también bebí.
"¿Y el amor?"
"El amor..."
"Sí, el amor. ¿Qué sustantivo usarías para definir el amor?"
Era un juego que habíamos jugado otras veces: elegir un sustantivo que definiría otra cosa. No una explicación, no una metáfora. Un sustantivo puro.
"El amor... una tarea pendiente."
"Demasiado pesimista."
"¿Y tú?"
"Yo diría... una emboscada."
"Eso también es pesimista."
"Toda la verdad es pesimista."
Seguimos bebiendo. La tarde se iba poniendo oscura y yo no encendí la luz. Horiki empezó a hablar de una pintora que conocía, luego de un escritor que publicaba en revistas baratas, luego de un músico que tocaba en un café de Ginza y que bebía demasiado.
"Todo el mundo bebe demasiado", dijo.
"Tú también."
"Yo bebo exactamente lo necesario."
Hacia las cinco, Yoshiko llegó con las bolsas de la compra. Asomó la cabeza por la puerta del cuarto y dijo:
"Ah, Horiki-san. Quédese a cenar."
"No me echaré para atrás ante una invitación tan generosa."
Horiki se quedó. Mientras Yoshiko preparaba la cena en la cocina, nosotros seguimos bebiendo. Ya habíamos terminado la botella de Horiki y habíamos abierto la mía.
"Oye", dijo Horiki en voz más baja, "¿cuál es el antónimo de pecado?"
"¿El antónimo?"
"Sí. ¿Cuál es el antónimo de la palabra pecado?"
Pensé.
"¿La ley? ¿El castigo?"
"No."
"¿La virtud? ¿El bien?"
"No, no. Eso es lo contrario al pecado, no el antónimo. El antónimo es otra cosa."
Me quedé pensando. Horiki me miraba con esa expresión de quien sabe la respuesta y disfruta viendo al otro buscarla.
"No sé. ¿Cuál es?"
"Dios."
"¿Dios?"
"Eso dicen. El antónimo del pecado es Dios."
Lo repetí para mis adentros. El antónimo del pecado es Dios. Era una respuesta que me parecía correcta y al mismo tiempo completamente ajena a mi vida.
"Y entonces, ¿cuál es el antónimo de Dios?"
Horiki pareció sorprendido de que se lo preguntara yo.
"Eso ya no lo sé."
"El pecado."
"Claro. Por supuesto. Da igual por dónde empieces, llegas al mismo sitio."
Cenamos los tres. Horiki se fue tarde, animado y un poco borracho.
Cuando Yoshiko recogía los platos, yo seguía sentado junto a la mesa.
"¿Quieres más sake?"
"No."
Yoshiko lavó los platos en la cocina. Yo encendí un cigarrillo y me quedé mirando el techo.
El antónimo del pecado es Dios.
¿Y el antónimo de la confianza? Ese pensamiento me vino de repente, sin razón. ¿Cuál es el antónimo de confiar en alguien? El miedo. O quizás la traición. O quizás simplemente la inteligencia. Cuanto más confías, más expuesto estás.
Yoshiko confiaba en todo el mundo. Era algo que me resultaba a la vez admirable y aterrador. Confiaba en los clientes del estanco, confiaba en los vecinos, confiaba en Horiki —a quien yo no habría confiado ni la guarda de un paraguas viejo— y me confiaba a mí.
Esa confianza sin fisuras era quizás su mayor atractivo, pero también era la cosa que más me angustiaba de ella. Me angustiaba porque yo sabía —aunque no podía explicar cómo— que esa confianza sin límites era una debilidad que el mundo explotaría sin ningún remordimiento.
Pasó un tiempo. No sé exactamente cuánto. Los días se parecían entre sí.
Fue una noche cuando ocurrió.
Yo estaba en el cuarto de dibujo trabajando en una tira, y Yoshiko estaba sola en la habitación contigua. La ventana de esa habitación daba a un callejón estrecho, y tenía un postigo pequeño que Yoshiko a veces dejaba entreabierto para que corriera el aire.
No escuché nada al principio.
Luego escuché la voz de Yoshiko, baja, extrañamente plana, y la voz de un hombre que yo no conocía.
Me levanté. Fui al pasillo. La puerta de la habitación estaba cerrada.
Me quedé inmóvil.
Lo que comprendí en ese momento es difícil de explicar. No fue sorpresa. Fue algo más parecido a la confirmación de algo que siempre había sabido que podía ocurrir, algo que yo mismo había dejado que ocurriera al no defenderme, al no defenderla.
Me quedé inmóvil durante lo que pareció un tiempo muy largo.
Luego Horiki —que había llegado mientras yo estaba absorto en el dibujo, y yo no lo había escuchado subir— tosió desde la entrada. Una tos fuerte, deliberada.
La voz del hombre desconocido desapareció. Escuché pasos en el callejón.
Pasé un rato más en el pasillo sin moverme. Luego entré en la habitación.
Yoshiko estaba sentada en la estera, con la cabeza gacha. No levantó la vista cuando entré.
Me senté a su lado en silencio.
Al rato Yoshiko dijo, sin levantar la vista:
"Perdona."
No respondí. No tenía nada que responder. O más bien, tenía demasiado que responder y ninguna de las respuestas servía para nada.
Después de un rato largo, me puse a llorar. No por la rabia, no exactamente por el dolor. Lloraba porque en algún lugar de ese momento había algo que era culpa mía también, y no podía explicarlo, y no podía no llorarlo.
Yoshiko me miró entonces. Tenía los ojos secos. Fue ella quien me limpió las lágrimas.
"¿Tienes hambre?" dijo.
"No."
Pero luego dijo que iba a hacer algo de comer y fue a la cocina, y regresó con un cuenco de habas cocidas con sal. Las pusimos entre los dos y las comimos en silencio.
¿Es el pecado confiar? Esa pregunta me daba vueltas en la cabeza. No era una pregunta hacia Yoshiko. Era hacia mí mismo. Yo no había confiado en nadie, nunca había confiado de verdad, y aun así el desastre llegó. ¿Qué protección podía dar entonces la desconfianza?
Empecé a beber más.
Eso es lo que hay que decir. No hay otra forma de describir lo que siguió: bebía más, y luego más todavía. Horiki, de vez en cuando, me traía botellas o me buscaba en los bares, y yo lo seguía sin resistencia.
El trabajo de las tiras cómicas seguía. Copiaba estampas eróticas japonesas para suplementar los ingresos. Era trabajo tedioso pero pagaba, y no requería nada de mí más que la mano.
Encontré pastillas para dormir en un tarro de azúcar en la cocina. Se llamaban Dial. No recordaba haberlas comprado, así que debían de ser de Yoshiko.
Las tomé todas.
No fue una decisión deliberada. O quizás sí, pero no lo pensé como "decisión". Simplemente abrí el tarro, las miré, y las tomé. Las tragué con un vaso de agua, me acosté, y no pensé en nada.
Tres días después, o algo así, abrí los ojos.
Estaba en nuestra habitación. Hirame estaba sentado en la silla junto a la cama, y la dueña del bar de Kyōbashi estaba de pie junto a la puerta. Los dos me miraban.
"Idiota", dijo Hirame.
La dueña del bar no dijo nada. Fue a la cocina y volvió con té.
Cuando pude hablar dije, sin saber muy bien por qué:
"Quiero ir a algún lugar donde no haya mujeres."
Hirame y la dueña se miraron.
Lo que siguió fue una serie de cosas que ocurrieron a velocidades distintas. Algunas muy lentas y otras de repente.
Horiki apareció un día con una mujer de aspecto extraño: una viuda de mediana edad que cojeaba apoyándose en muletas, con una pierna inutilizada por una parálisis. Tenía un hijo en la facultad de medicina y un suegro que había sufrido un ictus. Vendía morfina bajo mano, creo que obtenida a través de su hijo o del suegro, aunque nunca lo pregunté.
La primera inyección me la puso ella misma. La segunda ya me la puse yo.
No lo haré aquí una lista de lo que siguió, porque sería una lista sin interés. Lo que hay que saber es esto: que la morfina funcionaba. Funcionaba mejor que el sake, mejor que las pastillas, mejor que cualquier otra cosa que hubiera probado. Por un tiempo, el terror a los seres humanos desaparecía por completo. Era la primera vez en mi vida que sentía algo parecido a la paz.
Pero la morfina quería más morfina. Y luego más. Y luego el dinero se acababa. Y luego buscaba más dinero. Y así.
No sé cuánto tiempo pasó.
Un día llegó Horiki con Hirame. Yoshiko no estaba. O quizás sí estaba, no lo recuerdo bien.
Horiki sonreía. Era una sonrisa que yo no le había visto antes, o quizás sí la había visto pero nunca me había fijado: una sonrisa hermosa, casi gentil, que no correspondía en absoluto con lo que estaba haciendo.
"Hay un sitio donde puedes descansar", dijo Horiki.
"¿Un sanatorio?"
"Algo así."
Lo que era ese "algo así" lo descubrí cuando llegué: era un hospital psiquiátrico. Una institución para enfermos mentales.
No protesté. Para cuando llegué, yo mismo no estaba seguro de que no estuviera loco. Y la posibilidad de que alguien se hiciera cargo de mí, de que no tuviera que pensar en nada ni decidir nada, me produjo un alivio que era casi indistinguible de la felicidad.
Me dijeron que me quedaría un tiempo. No dijeron cuánto.
Pasé meses allí. No los contaré porque no los recuerdo con precisión. Los días del hospital son todos iguales, con una regularidad que en el mundo exterior consideraríamos terrorífica pero que yo encontraba descansada.
Me hicieron dejar la morfina. No fue fácil.
Recibí carta de mi hermano mayor. Mi padre había muerto de un úlcera de estómago en el pueblo. No pude llorar al leerlo. Me di cuenta de que el miedo a mi padre, que había sido uno de los miedos más constantes de mi vida, se había extinguido en algún momento de los últimos años sin que yo me diera cuenta. Mi padre había muerto y yo no sentía nada. Eso también me pareció raro, pero no encontré ningún remedio para ello.
Cuando salí del hospital, mi hermano mayor vino a buscarme. Me llevó en coche al tren, y en el tren me dijo que habían arreglado para que me fuera a vivir a un balneario en la costa, una aldea pequeña, donde una conocida de la familia tenía una pensión. Me lo dijo con ese tono de quien ha tomado una decisión que es definitiva y que no admite discusión.
Asentí.
La aldea era pequeña y tranquila. El mar se veía desde la habitación. No conocía a nadie. Nadie me conocía a mí.
Una tarde, Tetsu, el chico que me hacía los recados, volvió de la farmacia con un medicamento. Yo le había pedido Calmotin —un somnífero— pero le habían dado Henomotin, que era un laxante.
Tetsu me lo trajo con toda la inocencia del mundo, convencido de haber cumplido el encargo.
Lo miré un momento. Luego me reí. Una risa sin humor, pero era lo que había.
Ahora no tengo ni alegría ni tristeza.
Todo pasa.