La leyenda del Boyero y la Tejedora

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Capítulo Quinto — La Estrella del Buey Dorado desciende al mundo para salvar a Jinlang; la malvada señora Ma trama en su corazón la ruina del cuñado

Retomando el hilo: mientras la señora Ma apaleaba a Jinlang en medio de sus gritos y llanto, llegó de improviso alguien. ¿Quién era? Resultó ser su hermano mayor, Niu Jincheng, que volvía de la ciudad. Al oír el alboroto en el salón interior, entró a grandes zancadas; vio a la señora Ma aferrar a Jinlang y golpearlo con saña, le arrebató la vara de las manos, le propinó a la señora Ma más de diez azotes y la mandó a un rincón. Luego llevó a Jinlang junto a sí, le limpió la sangre, ordenó a un criado que trajera agua para lavarlo, lo vistió y le dio de comer. Aún no se le había apaciguado la cólera; apuntó con el dedo a la señora Ma y la increpó: «¡Mujer desvergonzada! ¿Dónde tienes el corazón? Siempre estás maltratando a tu cuñado, que es tan pequeño. Hoy no sé por qué motivo has vuelto a caer sobre él. Gracias a que he llegado a tiempo; si no hubiese venido, ¿no lo habrías matado a golpes? A partir de ahora, si vuelves a hacer lo mismo, no te dejaré pasar». La señora Ma, después de haber recibido la paliza y la reprimenda de su marido, quedó con el rostro encendido de vergüenza; esperó un momento, se levantó y se retiró a los aposentos interiores.

Jincheng preguntó también a los criados y así supo que Jinlang había caído al estanque con la cometa y que por ello habían mojado su ropa, por lo que fue apaleado. Suspiró con honda tristeza. Sentado en el salón, reflexionó: «El mandato que me dejó mi padre fue que tratara bien a mi hermano pequeño; mas no esperaba que mi esposa, que no merece ese nombre, lo maltratara de este modo. ¡Qué indignante! Ahora que mi hermano menor tiene ya ocho años, podría ingresar en la escuela para estudiar, y así evitaría tantos sufrimientos. Recibiendo la instrucción del maestro, su inteligencia se abrirá, y además se alejará de las garras de esa mujer feroz, con lo que yo también me libraré de esa preocupación». Tomada la decisión, se levantó y se puso a revisar los asuntos de la casa.

Pasados unos días, por medio de un vecino buscó a un erudito de apellido Ren y nombre Xiaofan, que vino a dar clases en casa. Jincheng mandó a los criados que habilitasen tres habitaciones del salón anterior oriental como sala de estudio, las barrieran a fondo y, eligiendo un día propicio —a comienzos del otoño, en el séptimo mes—, recibió al maestro para que instruyera a Jinlang. Ren Xiaofan era un profesor de larga experiencia, y Jinlang resultó ser muy listo; maestro y discípulo se apreciaron mutuamente. En el transcurso de un año, Jinlang memorizó los Cuatro Libros sin olvidar una sola palabra; su agudeza no tenía igual. Desde el día en que Jincheng reprendió y golpeó a la señora Ma y mandó a Jinlang a vivir aparte para que estudiase, ella, aunque guardaba el rencor en el corazón, no se atrevió a volver a poner la mano encima; si bien entre marido y mujer surgían de vez en cuando roces y desavenencias, no era nada grave. Al año siguiente Jinlang cumplió nueve años; tras un año de estudios y la guía del maestro, su entendimiento se fue abriendo. Pero el astro adverso de Jinlang aún no había completado su ciclo; no podía escapar del mar de sufrimientos. De repente el maestro cayó enfermo en cama, y al poco tiempo murió. Jincheng gastó de nuevo dinero en los funerales y cerró el asunto. Desde entonces Jinlang se quedó sin maestro que lo instruyera y, por listo que fuera, los estudios quedaron a medio camino; inevitablemente se hundió de nuevo en el mar de penalidades. Cuando Jincheng estaba fuera de casa, Jinlang pasaba frío y hambre, y no faltaban las palizas y los regaños mañana y noche. ¿Cómo podía Jincheng protegerlo plenamente? Los sufrimientos de Jinlang se aplazaban, pero no concluían.

Volvamos ahora al Inmortal Estrella de Venus. Aquel día, montado en su nube y viajando por tierras de Henan, contempló la situación de Jinlang y le nació un sentimiento de compasión. Después de concluir sus asuntos en casa del Señor de la Osa Mayor, regresó al Palacio de la Transparencia ante el Trono del Emperador de Jade para rendir cuentas, y expuso: «En el año en que Vuestra Majestad ordenó a este servidor llevar al Decimosegundo Niño Dorado al mundo de los hombres para que se reencarnase, ayer, mientras viajaba en mi nube por esos territorios, vi de repente una emanación de resentimiento que ascendía hasta el cielo; aparté las nubes y miré, y descubrí que el Niño Dorado estaba siendo sometido a toda suerte de tormentos. Aunque el Niño Dorado debe padecer su karma, ¡qué digno es de lástima y de piedad! Por eso vengo a suplicar a Vuestra Sagrada Majestad que le conceda un medio de liberación; de lo contrario, temo que su cuñada lo mate a golpes y ya no haya remedio posible». El Emperador de Jade escuchó el informe y respondió: «El Decimosegundo Niño Dorado descendió al mundo en aquel año para reencarnarse; ahora sólo tiene nueve años, y debe llegar a los trece para que su penitencia quede cumplida y pueda ascender al Palacio Celestial. Como tú sientes compasión y temes que su cuñada lo mate, ¿tienes acaso algún medio para liberarlo?». El Inmorsal Estrella de Venus respondió: «Puesto que Vuestra Majestad se compadece, yo expondré el método de rescate. En casa de Jincheng hay una vaca; ahora mismo está a punto de parir. Vuestra Majestad puede emitir un edicto ordenando a la Estrella del Buey Dorado que descienda al mundo y se incorpore al cuerpo del ternero que va a nacer, para que haga compañía al Niño Dorado. Cuando haya algún peligro, la Estrella del Buey Dorado se lo comunicará y así podrá salvar su vida». El Emperador de Jade escuchó el informe, asintió con la cabeza y promulgó el edicto: «Encargaré a dicho inmortal que vaya al Palacio del Buey Estelar y ordene a la Estrella del Buey Dorado que descienda al mundo a rescatar al Niño Dorado, para que cuando se cumpla el plazo de su penitencia, la Estrella del Buey Dorado pueda abandonar su cuerpo terrenal y conducirlo junto consigo de regreso al Palacio Celestial». Promulgado el edicto, el Emperador de Jade se retiró al palacio interior. No hay más que decir al respecto.

El Inmortal Estrella de Venus recibió el edicto imperial, salió del Palacio de la Transparencia y abandonó el patio de las puertas del trono; montó en su nube y partió. Viajando de este a oeste, pasó junto al Palacio de las Sedas Celestes a orillas del Río Celeste, tomó el gran camino sin polvo y llegó ante el Palacio del Buey Estelar, donde descendió de su nube. Entró en el palacio, se reunió con la Estrella del Buey Dorado en la galería occidental y le transmitió el edicto imperial. La Estrella del Buey Dorado no se atrevió a desobedecer; se despidió de los inmortales y generales celestiales, recogió sus libros sagrados y sus objetos preciosos, siguió al Inmortal Estrella de Venus fuera del Palacio del Buey Estelar, ambos montaron en sus nubes y partieron directamente hacia la Puerta Sur del Cielo. Traspasada la Puerta Sur del Cielo, viajaron derechos hacia las tierras de Henan; llegaron al pueblo de la familia Niu en el condado de Luoyang, apartaron las nubes y bajaron cada uno por su lado. El Inmortal Estrella de Venus montó de nuevo en su nube y regresó al Palacio Celestial para rendir cuentas. No hay más que decir.

Digamos ahora que la Estrella del Buey Dorado, llevando consigo los libros sagrados y los objetos preciosos ocultos en el cuerpo, descendió y se introdujo en el cuerpo del ternero que estaba a punto de nacer. En el preciso instante en que el parto se iniciaba, la Estrella del Buey Dorado ya había fundido su alma en el cuerpo del animal. Alguno de nuestros lectores podría objetar al redactor de esta obra que dice disparates: «Si la Estrella del Buey Dorado descendió al mundo para reencarnarse, ¿cómo pudo llevar consigo libros sagrados y objetos preciosos? ¿Acaso, tomando cuerpo de buey, podría aún hacer uso de los libros sagrados y los objetos preciosos?». Lo que los lectores no saben es que los actos de los inmortales son impenetrables para los mortales; ¿cómo podrían percibirlos o conocerlos? Ocurre lo mismo que cuando alguien viola la ley celestial y se dispone a cometer una acción malvada en secreto: de repente, en el espacio, retumba un trueno y el malhechor muere al instante, sin que se vea rastro alguno del inmortal. Se ve así que los actos de los inmortales son de una profundidad insondable, y que los mortales no pueden conocerlos. Dejemos estas digresiones y volvamos al relato. Cuando el ternero nació, Jincheng mandó a los criados que lo lavaran y que atendieran también a la vaca madre. No tardando mucho, la vaca vieja enfermó y murió, dejando sólo al ternero. Éste fue creciendo poco a poco hasta que pudo labrar la huerta y los campos; conocía los asuntos humanos y podía hablar el lenguaje de los hombres. Pero el buey sólo hablaba para Jinlang; ante Jincheng y los demás, no emitía sonido alguno. Desde que Jinlang abandonó los estudios, pasó otro año; no tenía nada que hacer, ni libros que leer, y todos los días era maltratado. Lo que se cuenta pone el corazón oprimido y las lágrimas en los ojos. Como bien se dice:

Al hombre de buen corazón, el cielo acude en su ayuda;

el cielo no abandona eternamente al inocente.

La señora Ma, al ver que Jinlang tenía ya diez años, se opuso a que Jincheng volviese a llamar a un maestro para que continuara sus estudios; lo obligó a llevar el buey a pastar y a cortar hierba en el monte durante todo el día. Jinlang no se atrevía a desobedecer, y no le quedó más remedio que sacar el buey al monte a pastorear. El buey, que conocía bien los asuntos de los hombres, en cuanto veía a Jinlang actuaba como si se reencontrara con un viejo amigo: sacudía la cabeza, movía la cola y mostraba un semblante de alegría. En el monte dejaba que Jinlang se sentara, se echara o jugara como quisiera, sin alejarse nunca de su lado; por la mañana salía con Jinlang y por la noche volvía con él. Como la señora Ma había convertido a Jinlang en boyero, lo trataba aún más como a un cerdo o a un perro; lo obligaba a pastar el buey en el monte durante el día y a dormir en el establo con el buey por la noche. Jinlang no se atrevía a protestar y tuvo que obedecer.

Una noche Jinlang dormía en el establo; cerca ya de la medianoche, en el momento de más profundo sueño, el buey lo despertó con una patada. Se oyó la voz del buey: «Pequeño amo Jinlang, despierta; tengo algo que decirte». Jinlang, despertado de una patada por el buey, quedó tan asustado que el alma casi se le fue del cuerpo. ¿Cómo podía hablar un buey? Luego escuchó al buey decir: «Jinlang, mañana a la hora del almuerzo tu vida correrá peligro. Por eso te he despertado, para avisarte». Jinlang, perplejo, preguntó: «¿Cómo sabes que mañana a la hora del almuerzo mi vida estará en peligro? Te ruego que me lo expliques con detalle». El buey respondió: «Mañana, cuando regreses a casa a comer, tu cuñada habrá preparado unos fideos envenenados especialmente para ti; tu hermano habrá ido a la ciudad y no habrá regresado, y ella aprovechará la ocasión para envenenarte. Yo ya lo sé, y te lo digo de antemano para que no caigas en el veneno». Jinlang dijo: «Que mi cuñada quiere hacerme daño es algo que entiendo; pero tú no eres humano, ¿cómo puedes saberlo de antemano?». El buey respondió: «Dado que sirvo en esta casa como buey, entre amo y siervo hay un vínculo del destino. Me preguntas cómo lo sé de antemano; los hombres del mundo creen que los animales no saben hablar, pero sus oídos pueden escuchar a cien li de distancia. En cuanto a que yo hable como los hombres, esto no puede revelar los misterios del cielo; no debes seguir preguntando, sólo grábatelo bien en el corazón». Dicho esto, el buey no habló más y se tendió a descansar. Jinlang, al verlo así, también se echó a un lado y se puso a cavilar: no podía entender cómo, si la cuñada quería hacerle daño, el buey podía saberlo de antemano, ni cómo un buey hablaba como un hombre. Todo le parecía de lo más extraño. ¿Qué ocurrirá mañana? Que el siguiente capítulo lo revele.