La leyenda del Boyero y la Tejedora

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Capítulo Sexto — En el reparto de la herencia, Jinlang recibe sólo un buey; la señora Ma se alegra de salir ganando

Retomando el hilo: Jinlang durmió hasta que amaneció y luego salió con el buey hacia el monte de costumbre. En casa, la malvada cuñada señora Ma cumplió exactamente lo que el buey había predicho: compró arsénico en secreto y lo mezcló en la harina para preparar el veneno destinado a matar a Jinlang. Llegado el mediodía, Jinlang volvió a casa a comer; entró en la cocina y la señora Ma le señaló un tazón de fideos ordenándole que los comiera. Jinlang al ver los fideos se acordó de las palabras que le había dicho el buey la noche anterior, y vio que eran exactas. Aunque tomó el tazón en las manos, no se atrevió a comerlo. La señora Ma, al verlo sostener el tazón sin comer, se abalanzó a darle un golpe. Pero aquel golpe, sin querer, hizo que el tazón de fideos cayera al suelo; en ese instante surgió un destello de fuego que aterró a Jinlang hasta dejarle el rostro del color de la tierra. Temiendo además que la señora Ma lo golpeara, salió huyendo a toda prisa.

Escapó al monte; el buey seguía allí pastando. Jinlang corrió hacia él y llorando le dijo: «Buey, buey, lo que anoche me dijiste ha resultado ser exactamente verdad. Por suerte me avisaste de antemano; de no ser así, entre los dos habría habido una separación entre la vida y la muerte». El buey, al oírlo, asintió con la cabeza y respondió: «Hoy ha ocurrido esto, y tu hermano no está en casa; desde luego no puedes regresar. Hasta mañana al mediodía, cuando tu hermano regrese a casa, vuelves tú también y se lo cuentas todo; tu hermano mayor sabrá qué hacer». Dicho esto, el buey no habló más y se puso a pastar.

Jinlang hizo lo que el buey le había dicho: pasó el día y la noche con hambre. Al día siguiente, cuando fue al mediodía, regresó a casa. El viejo criado que guardaba la puerta se apresuró a decirle: «¡Ha vuelto el señorito pequeño! Tu hermano mayor ya ha regresado y te ha estado buscando; yo ya le he contado todo el asunto desde el principio. Ahora tu hermano mayor está en el salón trasero reprendiendo a tu cuñada; aprovecha para entrar». Jinlang, al oírlo, entró obediente a ver a su hermano. Hecho el saludo, se quedó de pie a un lado.

La señora Ma, en cuanto vio llegar a Jinlang, frunció los ojos con odio, deseando devorarle la carne. Jincheng le ordenó que comiera primero, y durante la comida le preguntó por lo ocurrido. Al terminar, señaló a la señora Ma y la reprendió con estas palabras: «¡Mujer de corazón de loba! Siempre haces cosas contra tu conciencia; te he amonestado muchas veces, pero en lugar de mejorar el corazón, te has vuelto aún más despiadada. Con razón dice el proverbio desde la antigüedad: "El corazón de la mujer malvada es el más venenoso de todos". No tengo más remedio que llamar a mi tío materno para que nos ayude a repartir el patrimonio; así evitaré que hagas daño a mi hermano, y no olvidaré tampoco el mandato que me dejó mi padre, ni que los de fuera se rían de nosotros. Aunque mi hermano es joven, un criado de confianza le hará compañía, para que tú, mujer desalmada, no puedas ponerle la mano encima». La señora Ma, al escuchar estas palabras, se opuso con todas sus fuerzas y no dio su consentimiento. Jincheng, fuera de sí de ira, se levantó de un salto, agarró a la señora Ma de los cabellos, la derribó al suelo y la golpeó sin misericordia, hasta que ella aulló de dolor. Por fortuna los criados intervinieron para separarlos; lograron llevar a Jincheng de vuelta a la silla y, con palabras de consuelo de unos y otros, se restableció la calma.

Jincheng se retiró al estudio y de su propio puño y letra redactó una carta de invitación; mandó a un criado a buscar a su tío materno An Yunsheng para que viniera a la casa a repartir el patrimonio. El viejo criado recibió la orden, tomó la tarjeta de invitación y corrió a casa de An Yunsheng. Éste la recogió y al leerla vio que decía lo siguiente:

Al respetable tío materno:

Hace tiempo que no he podido presentarme ante usted, y la añoranza que le profeso no mengua. Dado que la fortuna ha sido adversa para nuestra familia y los padres han muerto el uno tras el otro, tenemos algún patrimonio que me causa preocupaciones y no me permite descuidar el interior de la casa; cuando salgo a atender los negocios, los asuntos exteriores me acucian. Mi hermano menor, que permanece en casa, ha sido repetidamente maltratado por la cruel cuñada. Recordando que no debo traicionar el mandato de mi padre y deseando que a mi hermano se le trate bien, le ruego por medio de esta tarjeta que se digne usted desplazarse hasta aquí para distribuir equitativamente el patrimonio entre nosotros, sus sobrinos. Atentamente,

Jincheng

An Yunsheng leyó la carta y reflexionó: «El difunto cuñado dejó un hijo pequeño que está siendo maltratado por la cuñada mayor; lo mejor sería que vivieran separados. Por suerte el sobrino mayor aún tiene amor fraternal; eso es de agradecer». Terminó de reflexionar, se vistió y siguió al viejo criado hasta la casa de Niu Jincheng. Jincheng lo recibió en el gran salón y lo agasajó con vino y manjares. Al terminar, los criados sirvieron el té; mientras tomaban el té, An Yunsheng dijo: «Esta mañana, sobrino, me enviaste una carta; al leerla no pude sino asombrarme. Cuando murió tu padre, sólo quedasteis vosotros dos hermanos; la hacienda es grande y próspera. Debíais llevaros bien el hermano mayor con el menor, y el marido y la esposa vivir en armonía; sólo así podríais honrar la memoria de vuestros padres en el más allá. ¿Cómo es posible que queráis repartir la familia?». Jincheng respondió: «Tío, usted no sabe todo lo que hay. Llevarme bien con mi hermano es algo que conozco bien; pero no puedo lograr que el marido y la esposa vivan en armonía, y además ella maltrata continuamente a mi hermano pequeño. No querría llegar a este extremo, pero temo mucho que mi hermano caiga en las garras de esa mujer feroz». An Yunsheng se dirigió también a la señora Ma y la reprendió: «Nuera, ese carácter tuyo va en contra de todo principio. El cuñado vive en la casa y debes tratarlo bien; golpearlo y regañarlo es de una crueldad extrema. ¿Cómo se puede obligarlo a dormir en el establo con el buey? ¡En el mundo no hay nadie tan cruel y desalmado! El sobrino ha decidido que el hermano viva separado, y eso también es una manera de proteger al hermano pequeño. Como ya estoy aquí, no hay más remedio que proceder a ello». Y dicho esto, ordenó a Jincheng que le trajera papel y pincel. Jincheng mandó a los criados que colocaran sobre la mesa los útiles de escritura, que molieron la tinta bien espesa; abrió el libro de cuentas del patrimonio, y An Yunsheng se caló los anteojos, lo leyó con detenimiento y luego tomó el pincel y escribió de un tirón:

Documento de división del patrimonio firmado por Niu Jincheng y Jinlang, hermanos. Por cuanto la fortuna ha sido adversa para nuestra familia y los padres han muerto el uno tras el otro, los asuntos exteriores son múltiples y las preocupaciones interiores, muchas. Los dos hermanos que sobreviven, aunque se llevan bien el mayor con el menor, no pueden lograr que el marido y la esposa vivan en armonía, por lo que deciden repartir el patrimonio y vivir separados, a fin de evitar que ocurran imprevistos. Se solicita respetuosamente al señor tío materno que actúe como testigo imparcial en el reparto, de manera que nadie salga perjudicado, y se espera que ambos conserven el patrimonio familiar y revitalicen la casa, en honor a las esperanzas que nuestros padres albergaron en vida. Cada hermano conservará un ejemplar de este documento como prueba permanente.

Firmado conjuntamente por Niu Jincheng y Jinlang.

La señora Ma, sentada a un lado, tenía el corazón lleno de resentimiento; habría querido tragarse todo el patrimonio sola y echar a Jinlang de casa, pero dado que el tío materno hacía el reparto con imparcialidad, ¿quién iba a escuchar las maquinaciones de la señora Ma? En ese momento se ordenó a Jincheng y a Jinlang que firmaran. Jincheng lo firmó sin demora. Jinlang se adelantó y dijo: «Aunque el hermano mayor ha firmado, yo no acepto la orden». Y dicho esto, escapó corriendo al monte. Los lectores que no saben qué pensaba Jinlang al negarse a firmar deben saber que Jinlang tenía algo que tratar en secreto con el buey; en todo se dejaba guiar por las palabras del buey y actuaba según lo que éste le aconsejara. Jinlang llegó al monte; el buey ya sabía que venía por algún asunto y, sacudiendo la cabeza y moviendo la cola, se dirigió a Jinlang: «Si has venido ahora, es porque tienes algo que consultarme, ¿verdad?». Jinlang respondió: «En efecto, tengo algo que preguntarte. Mi hermano y yo vamos a repartir el patrimonio; el tío ya ha redactado el documento de reparto y me pide que lo firme, pero a mí me invaden las dudas y he venido a preguntarte cómo resolver esto». El buey respondió: «Según yo lo veo, no debes codiciar el patrimonio. La riqueza y la pobreza en la vida del hombre las fija el cielo; ¿para qué imitar el corazón de los necios? Vuelve ahora mismo y dile a tu tío materno lo siguiente: que todo el patrimonio se lo quede el hermano mayor, que tú sólo pides que te dejen el buey de labranza como compañero, y que con eso y la comida y la ropa te conformas. Sostén estas dos condiciones y no cedas». Jinlang dijo: «Si me quedo sin nada en las manos, por ahora estará bien, pero ¿en qué apoyarme en el futuro?». El buey golpeó el suelo con la pezuña y dijo: «Aunque soy un animal, no hablo en vano; más adelante ya habrá un modo de salir adelante». Jinlang, al ver que el buey respondía así, no dijo más; bajó corriendo el monte y volvió a casa.

An Yunsheng seguía sentado en el salón conversando con Jincheng; en cuanto vio llegar a Jinlang, sonrió y le pidió que firmara el documento. Jinlang dio un paso al frente y se inclinó profundamente: «Mucho agradezco la bondad de mi tío materno. No debería yo desobedecer; pero siendo tan joven no puedo administrar el patrimonio. Por el momento encomendaré su custodia al hermano mayor; yo sólo me quedaré con el buey de labranza, de lo demás no quiero nada». Yunsheng respondió: «El hijo mayor hereda los bienes del padre, eso es lo natural; ¿cómo podría recaer todo sobre el hermano mayor? Si las cosas son así, mejor no repartir». Jinlang dijo: «Que el hermano lo reciba todo, con que a mí no me falten la comida y la ropa me basta. El buey de labranza me lo quedo yo; en eso el hermano no puede imponerme nada». Yunsheng y Jincheng, viendo que se mantenía firme en esta postura, no tuvieron más remedio que aceptar; se firmaron los documentos y An Yunsheng fue despedido con todos los honores. En cuanto a la señora Ma, su corazón rebosaba de alegría secreta: «Este pequeño animal tiene mala suerte; va a pasarse la vida entera cuidando bueyes y acabará muerto de hambre. Y yo aquí, tranquila y sin que nadie me moleste, me quedo sola con todo el patrimonio. ¡Qué felicidad!». Como bien se dice:

Ante la boca de la serpiente en el bambú verde

y el aguijón en la cola de la avispa amarilla,

de todos los venenos del mundo

ninguno supera al corazón de la mujer malvada.

¿Qué sucedió después? Que el siguiente capítulo lo revele.