Oda a las Flores Voladoras

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Capítulo Octavo: La señorita Chāng, presa de añoranza femenina, entona un lamento solitario; el joven Duān, consumido por el anhelo masculino, llora desconsoladamente

Canción preambular:

Dulce y agria es la vez primera en que se ven los ojos,

mas el sabor del amor ausente pronto amarga el pecho.

¿Por qué no arrancarlo del corazón de una vez?

Porque sacarlo no está en nuestra mano.

Se canta largo, se llora con fuerza, buscando alivio,

mas no hay remedio que baste.

Si acaso quieres hallar la dicha plena,

aguarda a que las dos estrellas enamoradas se encuentren de nuevo.

(Al son de «Qué dichosa la ocasión»)

  Cuéntase que Chāng Quán, en medio del caos de la soldadesca, rescató a la hija de Fèng Yí, la reconoció como hija adoptiva y la condujo de regreso a la prefectura, donde la presentó ante la señora Dù. Le refirió con pormenor todo lo ocurrido. La señora Dù no cabía en sí de asombro y alegría: aunque la niña era de corta edad, su apostura parecía nacida del hueso mismo, y su hermosura brotada desde el vientre materno; hablaba con dulzura y se mostraba solícita y respetuosa, como si fuera hija de sangre. La señora Dù la quiso y la amó como a propia. Sabiendo además que era señorita de cuna distinguida, acostumbrada a los esplendores de la riqueza y el rango, le asignó dos doncellas: una llamada Chūnhuā —«Flor de Primavera»— y otra llamada Qiūhuā —«Flor de Otoño»—.

  Chāng Quán mandó asimismo poner en orden una hilera de aposentos en el jardín trasero, para que sirvieran de habitación a su hija. Reunió también sus propios libros y los amontonó en el piso inferior, amueblándolo con primor como sala de estudio: los anaqueles rebosaban de obras y pinturas, y la vista se recreaba en aquel esplendor. Cada vez que Zhōu Zhòngwén le enviaba asuntos de escritura o de pluma, Chāng Quán acudía a aquella sala a revisar y a copiar. La señorita se sentaba y reposaba entre aquellos libros, hojeando a su antojo cuanto le placía, y hallaba en ello gran contento. Considerando además que los nombres de las doncellas eran harto vulgares, los cambió: Chūnhuā pasó a llamarse Chūnhuī —«Resplandor de Primavera»— y Qiūhuā, Qiūsù —«Nitidez de Otoño»—. Ambas tendrían unos trece o catorce años, poco más o menos que la señorita. De las dos, Chūnhuī se distinguía por su viveza y diligencia, y era la que más complacía a la señorita, quien solía enseñarle a leer algunas páginas y a trazar unos cuantos caracteres. Con ello la muchacha llegó a entender algo de los principios del saber, y se distinguió del común. La señorita, en los ratos libres de su labor de bordado, leía algunas crónicas e historias para disipar la soledad.

  Ahora bien, si consideramos a la señorita Fèng: habiendo escapado con vida de entre nueve muertes, instalada ya en la quietud, lo natural sería que hubiera dejado atrás todo lo pasado. Mas he aquí que el corazón humano es el más vivo de los seres, y no puede medirse con una sola vara. En el infortunio hay su propio infierno, y en la dicha hay su propio paraíso. Cuando uno se halla en el infierno, apenas puede salvar su propia vida, ¿cómo ha de pensar en los demás? No pensar en nadie en tal trance no es falta de sentimiento ni es ingratitud. Pero si, una vez instalado en el paraíso de la dicha, se arroja sin más al olvido los favores y las lealtades recibidos, ese tal es peor que una bestia.

  Así pues, desde que la señorita Cǎiwén reconoció a Chāng Quán y a la señora Dù como padres adoptivos, hallándose en lugar seguro y con el cuerpo en reposo, y siendo ya algo mayor de edad, ¿cómo no había de volver la vista atrás y adelante? A ratos pensaba en sus propios padres naturales: separada de ellos hacía años, ¿qué sufrimientos habrían padecido después del asalto? ¿Cuánto la habrían llorado? Sin duda la creerían destrozada y muerta. Jamás imaginarían que ella seguía errante por el extremo del mundo, con la vida todavía en el cuerpo. ¡Pobres ancianos, sin hijos varones que los sustenten, ignorando si ella vive o ha muerto, con los años ya encima! ¿Cómo no devanarse uno el corazón de angustia? Pensaba también en los padres adoptivos de Fèng Yí: su crianza y su ternura habían superado incluso a la de los padres naturales. Ellos habían puesto toda su esperanza en una hija adoptiva que alegrase su vejez, y sin embargo se la llevaron a seguir el destierro, y luego la soldadesca los dispersó. Por fortuna, su corta edad la salvó de la muerte. Mas ellos, viajando de incógnito, eran magistrados de rango sin saberlo nadie, con las bolsas vacías. Si topaban con soldados amotinados, no tenían oro ni plata que ofrecer, y de no caer bajo las espadas, morirían de hambre en alguna cuneta. Aun si lograban salvar la vida, ¿quién sabría en qué lugar se encontraban ahora? Sin duda ignoraban que ella había hallado cobijo y nuevos padres adoptivos.

  Al llegar a este punto, las lágrimas resbalaban una a una por sus mejillas. A menudo quería confiar a sus padres adoptivos de ahora quiénes eran sus padres naturales; pero desde el primer encuentro los había reconocido como padres de la familia Fèng, y todos la llamaban «señorita». Si ahora lo aclaraba, parecería que antes había mentido con artilugios. Y cuando recordaba la gracia de los padres Fèng, quería rogar a sus padres adoptivos que hiciesen pesquisas para dar con su paradero; pero temía que sospecharan que ella, instalada aquí, ansiaba a los de allá, lo cual no sólo nada lograría, sino que quebrantaría el vínculo de gratitud y lealtad. Y así sólo podía suspirar en silencio. Se decía entonces: «Si el Cielo me dotó de tales prendas y talento, ¿por qué permite que aquí me falte lo que allá abunda? ¡Qué adverso es mi sino!»

  Cada vez que llegaba a este punto, el dolor le atravesaba el corazón. Pensaba también en aquel primer encuentro con su primo Táng Chāng: la ternura afectuosa que él le prodigó, aquella intimidad suave; y cómo, en los versos, se hablaban en silencio, velando el sentido bajo las palabras, hasta que ambos se amaron el uno al otro y sellaron su promesa para toda la vida. En la despedida, cuántas palabras entretejidas de ternura, cuántas recomendaciones y encargos; uno y otro confiaban en que aquel lazo para siempre los uniría, y así sus corazones descansaban tranquilos. Mas ¡ay!, apenas separados, sobrevino de improviso aquel infortunio del cielo: el destierro y la dispersión, la vida errante en tierra extraña. Él estaría allá en paz, leyendo sus libros, sin saber nada de lo ocurrido. Si llegase a enterarse, sin duda creería que ella, perla hundida en las aguas, jade quebrado, luna mengüante y flor marchita. Y siendo él de corazón profundo y lealtad firme, velaría en las noches claras sin poder dormir, frente al candil solitario y la llama breve, con infinita congoja. Y en el pleno día, sin ánimo para nada, trataría de leer y versificar y no podría contener el llanto. ¡Y sin embargo, ella estaba aquí, llevando una vida de relativa calma! El mundo no tiene consistencia alguna; ella había sufrido su desgracia, y no sabía qué faz mostraba en aquel momento y hora su primo. Quería buscar noticias suyas, pero entre el sur y el norte del cielo se alzaba la distancia, y las águilas mensajeras no llegaban a Héng Yáng. ¿Con qué consolar la espera del ser que la conocía de verdad? Todo era motivo de dolor. Y así, de mañana en mañana lo recordaba, de mes en mes lo añoraba, sin atreverse a desahogarse del todo; sólo se quedaba con la aguja inmóvil y sin hablar, paseando sola y cabizbaja. Cuando llegaban la lluvia triste y el viento frío, cuando las flores abrían y caían, la melancolía se le acrecentaba más aún. Y era entonces cuando buscaba en el paisaje un desahogo, confiando sus sentimientos a la poesía.

  Un día, Chūnhuī dijo: «En el jardín han florecido cien flores. ¿Por qué no deja un rato el bordado la señorita y va a dar un paseo? No sea que la primavera se ría de nosotras.» La señorita oyó esto y, no hallando en qué distraerse, se fue con Chūnhuī a pasear por el jardín. Chūnhuī la condujo de aquí para allá contemplando las flores; aunque el sendero serpenteaba graciosamente entre flores y los pabellones se alzaban en curva armoniosa, al mirarlo todo con detenimiento, sólo se sentía que la luz de la primavera era fría y apagada, y el perfume de las flores, solitario y vacío. Por más que las ramas rebosaran de carmín, no había nada de aquella lozanía deslumbrante y fragante que seduce al corazón. La señorita se entristeció al verlo. Preguntó entonces a Chūnhuī: «He oído decir que cuando las hierbas y los árboles encuentran su estación, necesariamente exhiben una belleza que deslumbra la vista y un perfume que envuelve el cuerpo, de modo que uno se detiene al pie de las flores sin querer marcharse. Hoy las flores de este jardín, aunque bellas no son del todo bellas, aunque vistosas no son del todo vistosas, aunque fragantes no parecen del todo fragantes. ¿A qué se debe esto?» Chūnhuī sonrió y respondió: «La señorita no lo sabe aún. En verdad, lo de que el mundo se divide en Sur y Norte no es mera palabrería: el suelo y el agua difieren entre el Sur y el Norte. En el Sur, el agua y la tierra son húmedas y suaves, el aliento de la tierra es apacible y tierno, y por eso las plantas que allí crecen también son apacibles y tiernas; en el Norte, el agua y la tierra son áridas, el aliento de la tierra es seco y exhausto, y por eso las plantas que allí crecen también son secas y exhaustas. Por eso se dice desde antiguo que cuando el hielo se rompe a orillas del río, las flores ya han caído en Cháng'ān: no es que las estaciones sean distintas, sino que los lugares son distintos. En este sitio no había costumbre de cultivar flores; todas estas que hay aquí las hizo traer el señor Zhōu a gran precio desde el Sur, por ser él sureño de corazón; y así, aunque se llamen melocotoneros y abricoteros, aunque tengan nombre de flores, su color al final no pasa de ordinario.»

  La señorita oyó esto y asintió en silencio, pero se sintió más triste aún. De pronto recordó las palabras que un día intercambiara con Táng Chāng al pie de las flores, y sin poderlo remediar derramó unas lágrimas. Temiendo que Chūnhuī las viera, agachó la cabeza a toda prisa y las limpió en secreto. Pero Chūnhuī ya las había visto, y apresurada dijo: «Justo es este momento para que la señorita abra el corazón; ¿por qué viene a añadir pena? ¿Tiene acaso la señorita algún otro pensamiento en el pecho? Cuéntemelo a mí, Chūnhuī, que no importa.» La señorita, interpelada, sólo pudo evadir la pregunta: «Ha sido un impulso del momento al ver el paisaje; ni yo misma sé por qué; en verdad no hay nada.» Chūnhuī, viendo que a la señorita le había pasado el ánimo, la acompañó de regreso al tocador de bordado. Y es que, como dicen:

  El melocotonero, ávido de fruto, empieza a echar volátiles pétalos;

  el sauce, queriendo dar sombra, sopla entonces su pelusa al viento.

  No pienses que en vano se derraman las lágrimas sin causa:

  hay en el fondo del dolor un lugar que sólo el dolor conoce.

La señorita Chāng, de regreso al tocador tras ver las flores con Chūnhuī, se sintió más apagada y sin ánimo que nunca, incapaz de encontrar sosiego. Compuso entonces una suite de canciones del aposento íntimo, las ajustó a las notas del palacio y las dispuso para las cuerdas de seda, a fin de aliviar la pesadumbre acumulada:

«Las doce flores rojas»

[Tonada del Talud de la Montaña]

Junto al biombo de plata, sumida en hondo pensamiento,

de pronto nos hallamos los dos, uno al lado del otro.

Yo aún no sabía quién era él; él ya se sorprendía y alegraba, cortés y tímido.

[Tonada de las Cinco Vigilias]

Lo contemplé de soslayo, lo fui reconociendo poco a poco,

sin haber tenido trato alguno entre nosotros.

¿Cómo fue que bajó del cielo de improviso?

Y se valió del pretexto de ser pariente próximo,

volviendo hacia mí su rostro sonriente como una flor.

[Tonada del Jardín Hermoso]

Joven era, de cabellos que caían sobre los hombros.

Gallardo en el porte, perfumado el rostro y brillante el semblante.

[Tonada del Agua del Río]

Sin reparar en sospechas ni en murmuraciones de ausencia.

Hermanita, hermanito: sólo fingíamos ser dos niños sin malicia.

[Tonada de la Rama de Jade]

Engañando al padre, embaucando a la madre,

guardando en el corazón astuto un secreto que no convenía.

La ternura se pegaba directo al corazón;

¿quién iba a fijarse en que los ojos se lastimaban y las cejas se fruncían?

[Tonada de las Cinco Ofrendas]

Me río de mí misma: por un momento el corazón se alborotó

y ya los tenía por un par de mandarines enamorados,

juntos los dos.

Ya iba afinando el qín con el sè,

distinguiendo con cuidado las notas del palacio y del mercado.

Aunque la melodía saliera de amantes separados,

aun así no querría dejar de tocar.

[Tonada de la Hermana Bondadosa]

Necio era el deseo de caminar siempre juntos cantando,

mas en un instante la flor se fue corriendo y el sauce se apresuró.

[Tonada del Jade de la Montaña]

La familia del Este fue desterrada y dispersada,

y pronto la familia del Oeste sufrió también su derrumbe.

A la deriva, sin lugar fijo donde posarse,

como la pelusa enloquecida en el viento.

¿Quién sabe adónde fueron sus pasos?

[Tonada del Aliento del Sello]

Recuerdo que su apellido es Táng.

Cuántas veces evocué la fragancia de su nombre.

Confío en que los libros y las letras no lo traicionarán en lo que hace ni en lo que calla.

[Tonada de la Mesa Inclinada]

Aunque no llegan noticias.

Esta deuda de afecto, ¿cómo olvidarla? ¿cómo?

Sólo he de mantener firme el corazón,

sólo he de mantener firme el corazón.

[Tonada de la Alegría Auspiciosa]

Aunque traicione esta vida, no importa:

tomaré al autor de «La oda de las flores que vuelan» por mi amadísimo.

Tomaré a «La oda de las flores que vuelan» por mi amadísimo.

Aunque pase toda la vida mirándome sola,

sólo reconoceré que somos dos.

[Tonada del Azar Afortunado]

En vano luce la flor en el cabello entre lágrimas;

frente al espejo, el maquillaje no llega a completarse.

Aunque el viento y la luna sean hermosos, ¿quién va a disfrutarlos?

Me resigno a vivir esta fría y desolada escena hasta el final.

[Canción Final]

Este cuerpo, una vez que ha sido perla en palma de mano,

¿por qué habría de enterrar también a otra persona?

Al fin y al cabo, la voluntad del Cielo es un misterio que no puede interrogarse.

  La señorita Chāng, una vez acabada la composición, la escribió en papel de carta y la leyó para sí varias veces. Pensó entonces: «Ha salido así de improviso; me parece que las palabras y los sentimientos se ven demasiado claramente; no es asunto propio de una muchacha. Si llegara a trascender y otros la leyesen, ¿no vendría a ser una mancha en lo que no tenía mancha alguna?» Quiso destruirla, pero luego pensó: «Aunque ahora no sirva para nada, si algún día nos encontramos, podrá ser prueba de que la añoranza existió de verdad.» Dobló entonces el papel en forma de rombo doble, lo guardó bien en el cofrecillo, y no se habló más del asunto por el momento.

  Ahora bien, cuéntase que Fèng Yí y la señora Wáng, acosados por los soldados, cada cual buscó salvar su pellejo, y sin darse cuenta perdieron a la señorita. La señora Wáng lloró desconsoladamente en varias ocasiones e hizo buscarla por todas partes, pero sin ninguna noticia. Al enterarse de que el comandante general Zhōu había enviado tropas a sofocar los amotinados y que la región estaba en paz, Fèng Yí pudo al fin partir de nuevo con la señora Wáng en dirección a la posta de Yúlín. Por el camino, solos y abatidos, el corazón les pesaba.

  Al cabo de unos días llegaron a la posta de Yúlín. Sólo había dos cuartos de paredes de paja, con los muros desportillados y rotos. El matrimonio Fèng esperó allí medio día sin que nadie saliera a recibirlos. Pasó otro buen rato antes de que salieran tres o cuatro individuos de aspecto andrajoso como mendigos, que al ver a Fèng Yí se postraron y dijeron: «Los siervos no sabíamos que Vuestra Excelencia venía de tan lejos; no se avisó a los demás, y hemos fallado en el recibimiento. Mas no sabemos por qué motivo ha llegado Vuestra Excelencia a este lugar tan yermo y miserable. Además, esta posta no ha sido reparada; ¿cómo podrá soportar Vuestra Excelencia tales incomodidades?» Fèng Yí respondió: «Yo, Fèng Yí, ejercí el cargo de censor imperial, y por haberme atrevido a contrariar a los poderosos validos del trono, di por descontado que moriría. Hoy, gracias a la inmensa gracia del Hijo del Cielo, he sido destinado como jefe de esta posta de correos: ya es una fortuna sin par. Aunque el lugar no sea apto para detenerse, es el deber que me corresponde como vasallo. ¿Cómo podría hablar de sufrir incomodidades, faltando así a la gracia del Soberano? Sólo pido a ustedes que vayan a buscarme algo de hierba y paja para cubrirnos de la lluvia y el viento; con eso me basta.»

Dicho esto, sacó unas monedas de plata y las entregó a aquellos hombres. Estos, viendo que Fèng Yí hablaba con razonamiento, cercano a la humanidad,

sin pompa ni arrogancia, todos lo respetaron y compadecieron, y fueron a dar aviso a los demás,

quienes vinieron todos a arreglar la posta. En pocos días quedó limpia y aseada, y Fèng Yí se

instaló en ella. Por haber transformado con su virtud a aquella gente ruda, todo transcurrió en

paz y armonía en aquella posta. Y es que:

Se creía que moría al rozar las escamas del dragón, atacando al villano;

pero el Soberano sagrado le concedió el destierro como una gracia.

Sólo lamenta que su lealtad solitaria haya sido en vano oprimida,

sin poder llamar de nuevo a las puertas del cielo.

  El matrimonio Fèng Yí se instaló provisionalmente en la posta, sufriendo sus estrecheces, y no se habla más de ellos por ahora.

  Cuéntase que Duān Chāng, después de seguir a sus padres adoptivos al nuevo destino, pasaba los días enteros estudiando y componiendo en la escuela. El padre adoptivo, Duān Jū, le enviaba también de tanto en tanto los textos de los exámenes mensuales de los estudiantes, pidiéndole que los corrigiera y evaluara. Duān Chāng escogió los ensayos más logrados y los anotó en cinco cuadernos, diciendo: «Estos cinco, sin duda alguna, aprobarán en los exámenes de este año.» El padre siguió su consejo y los despidió elogiados. Los cinco estudiantes oyeron el elogio y pensaron que era el cumplido habitual de un maestro, sin tomárselo en serio. Pero cuando se anunciaron los resultados de los exámenes provinciales, los cinco resultaron aprobados sin excepción. Agradecidos por aquel reconocimiento tan perspicaz de sus textos, reconocieron de corazón a Duān Jū como maestro suyo. Dijeron: «Cuando los discípulos vayan a la capital, si logramos encadenar el éxito, no dejaremos que el maestro permanezca mucho tiempo en la oscuridad. Los discípulos haremos todo lo posible por servir al maestro, en pago de la gracia de su reconocimiento.» Y en efecto, así ocurrió más tarde; pero eso es historia para otro momento.

  Cuéntase que por aquel entonces Duān Chāng tenía ya dieciséis años y había ido creciendo poco a poco. Instalado ahora en la prefectura, aunque recibía la crianza de Duān Jū como si fuera un hijo propio, sin embargo, al volver la vista atrás y adelante, a menudo caía en la tristeza callada. Pensaba con frecuencia en sus padres naturales, allá en la frontera, sin poder verlos. Pensaba también en cuánta bondad le habían prodigado los padres de la familia Táng, sin que él hubiera podido devolvérsela. Desde entonces el pecho se le llenó de zozobra; ya no podía concentrarse en los libros, y pasaba todo el día sumido en un sopor lánguido. Quería salir a distraerse, pero temía menoscabar el prestigio oficial de su padre adoptivo, y así se quedaba encerrado y silencioso en la sala de estudio.

  Un día, un criado de la prefectura trajo una carta: Duān Jū la abrió y vio que era el hijo del ministro Wáng quien enviaba unos ensayos pidiendo que el maestro los corrigiera. Duān Jū los leyó una vez y fue al estudio a entregárselos a su hijo, diciendo: «Estos ensayos los ha enviado el joven Wáng; córrígelos con detenimiento y escríbele unas palabras de aliento, que yo haré que se los lleven.» Duān Chāng los tomó y los fue leyendo con calma; al llegar al final, encontró un tema de los Clásicos. Lo miró: eran dos versos del Libro de las Odas: «Ya que te he visto, amado mío, no me abandones lejos de ti.»

  Al leer esto, Duān Chāng sintió de pronto que aquellas palabras le tocaban en lo vivo del recuerdo de la señorita Fèng, y sin poder contenerse lanzó un largo y doloroso suspiro: «Esta feliz unión: yo esperaba que fuera eterna como el cielo y la tierra. La señorita tuvo la bondad de hacerme su promesa, y la tía mayor consintió en el enlace para cuando fuera yo lo bastante crecido como para ser un yerno digno. ¿Quién iba a pensar que mi suerte sería tan adversa, que de pronto sobrevendría aquel peligro, y que alguien, por alguna enemistad u ofensa que yo desconozco, me daría por muerto? Si siguiera bajo el nombre y el techo de los padres Táng, aunque la señorita estuviera en la capital, todavía podría buscar algún pretexto para verla aunque fuera una vez. Pero ahora, arrojado hasta aquí, no hay manera de verla; he cambiado de nombre y de apariencia, y las montañas y la distancia nos separan. La puerta de los nobles es como el mar.» Y pensó además: «Las noticias de mi desgracia habrán llegado sin duda a la capital. Si acaso la señorita se entera, su corazón perspicaz y sensible estará dando mil vueltas. Si cree que he muerto, ella, con su naturaleza valerosa y generosa, no podrá dejar de llorarme de mañana y de noche hasta consumirse. Si así fuera, ¿no sería que yo, todavía con vida a escondidas, habría provocado primero la muerte de la señorita?» Pensó también: «Aunque mi tía, queriéndola tanto, la persuadirá de mil maneras para que no muera, sus pensamientos, tan difíciles de expresar, y sus sentimientos tan tiernos y callados, de seguro la habrán adelgazado y consumido por mi causa.»

  Al llegar a este punto en sus pensamientos, Duān Chāng se deshizo en lágrimas. De repente se desplomó sobre el diván y comenzó a golpearlo con los puños, llorando sin poder emitir sonido. Un paje lo vio y corrió adentro a avisar al señor: «El joven señor estaba en el estudio leyendo unos ensayos cuando de pronto se puso a llorar a lágrima viva. El siervo no sabe qué ha ocurrido y viene a informar.» La señora Lǐ fue de prisa con Duān Jū al estudio, y en efecto encontraron a Duān Chāng llorando con el rostro hundido en el diván. La señora Lǐ se acercó y lo acarició: «Hijo, ¿por qué te afliges tanto? Cuéntanos qué ha pasado.» Duān Chāng, al ver a sus padres adoptivos frente a él, se levantó del diván de un salto, tan asustado que no se atrevía a hacer un sonido. Duān Jū y la señora Lǐ le preguntaron una y otra vez, pero él sólo respondía con evasivas.

  Duān Jū se enojó gravemente y dijo: «Día tras día lees los libros de los sabios. ¿Cómo te atreves a disimular así ante tus padres? ¿A esto llamas ser filial? Si estás pensando en tus padres naturales, no hay inconveniente en decirlo abiertamente, para que pueda tomarse alguna medida. ¡Qué figura tan lamentable la de esconderse a llorar de este modo!» Duān Chāng, al oír esto, se arrodilló de inmediato y dijo: «¿Cómo osaría yo ocultar algo ante mis padres? Pero es que hay en ello una razón muy íntima que me cuesta mucho poner en palabras.» La señora Lǐ lo ayudó a levantarse y le enjugó las lágrimas, diciendo: «Hijo, habla sin rodeos: como padres que somos, haremos lo que sea necesario para ayudarte. ¿Para qué llorar hasta hacerte daño en el cuerpo?»

  Sin más remedio, Duān Chāng tuvo que contar con detalle cómo la señorita Fèng y él habían prometido unirse de por vida, y cómo los versos que la señorita evocara aquel día se le habían aparecido de improviso ante los ojos, hiriendo su corazón con el recuerdo. «No hay en ello ninguna otra intención», concluyó. Duān Jū respondió: «Vaya, conque era eso. Pues bien: si la señora Wáng y la señorita sienten ese afecto por ti y por tus prendas, esta unión tiene por sí misma su camino. Pero la familia del ministro Fèng es de alto linaje; quizás no estén dispuestos a tomar un yerno sin más recursos. Si el hijo ha de honrar la promesa hecha a la señorita Fèng, sólo ha de esforzarse en los libros y en las letras para abrirse camino hacia lo alto. Si por fortuna alcanza el primer grado en los exámenes imperiales, entonces se podrá implorar en persona al ministro Fèng, y habiendo además un compromiso previo entre ellos, no habrá razón para que se niegue. ¿De qué sirve ahora entregarse a estos pensamientos?» Duān Chāng oyó las palabras de su padre y las encontró muy razonables; se llenó de alegría y dijo: «El juicio de mi padre es acertadísimo. ¿Cómo no habría de seguirlo el hijo?» Y volvió alegre a sus libros. No se habla más de ello por ahora. Y es que:

  Callado, sin palabras, el asunto descansa en el corazón;

  desde la separación hasta este momento presente.

  Las flores de junco y la luna brillante, ¿dónde están?

  Sólo en la tristeza, sólo en los sueños, cabe buscarlas.

  Cuéntase que entre los generales de la frontera había uno de apellido Cháng y nombre Yǒng, comandante general que guardaba el paso de Tiānxióng, colega de Zhōu Zhòngwén. Las dos tropas se auxiliaban mutuamente, acudiéndose en los asuntos, y cada uno guardaba su sector. Este Cháng Yǒng era persona grata al eunuco cortesano Cáo Jíxiáng, quien lo había colocado allí para custodiar la frontera: los méritos que se lograban, todos se los atribuía Cáo Jíxiáng como propios. Con ese valedor tan poderoso a sus espaldas, Cháng Yǒng se sentía rodeado de una llama de autoridad, y todos los oficiales militares de las fronteras tenían que colmarlo de atenciones. Si no lo atendían debidamente, los reprendía sin cesar. Si no aceptaban las reprimendas, avisaba a Cáo Jíxiáng, y el oficial era degradado o trasladado. Los militares padecían a menudo su dominio. Sólo Zhōu Zhòngwén, que había acumulado muchos méritos en la frontera y tenía ya alguna fama, no podía ser intimidado fácilmente. Y así Cháng Yǒng, al contrario, lo trataba con deferencia; y Zhōu Zhòngwén, a su vez, lo trataba con modestia y cortesía.

  Aquel año, Cháng Yǒng se enteró de que su amo Cáo Jíxiáng cumplía cincuenta años y quiso aprovechar la ocasión para hacerle regalos. Ya desde medio año antes había enviado hombres a todos los rumbos a comprar objetos preciosos, antigüedades y curiosidades de toda suerte. Confiaba en que con tanta reverencia y generosidad alcanzaría el honor de un cargo ilustre. Preparó todo durante mucho tiempo; los regalos ya estaban listos; sólo faltaba un texto de felicitación que ensalzara sus virtudes y merecimientos. Aunque en el ejército había escribientes, todos empuñaban la pluma con mano de soldado, y se temía que no pudieran encomiar con suficiente elegancia. Si acudía a otro en busca de ayuda, no se le ocurría en ese momento a quién pedírselo. Entonces cayó en la cuenta: en el ejército de Zhōu Zhòngwén había un asesor llamado Chāng Quán, de vastísima cultura literaria. ¿Por qué no enviar un recado a Zhōu Zhòngwén pidiendo que Chāng Quán escribiera el texto en su nombre? ¿No sería esto lo más adecuado? Y así despachó una carta a Zhōu Zhòngwén. Zhōu Zhòngwén, al recibirla, se lo comunicó a Chāng Quán. Chāng Quán, ¿cómo iba a atreverse a negarse? Tomó las cartas y se dirigió al estudio. Y de este paso resultaría que:

  El talento dejó ver su hermosura, y en la hermosura se reveló el talento.

  ¿Qué ocurrirá después? Escúchese en el capítulo siguiente.