El Día que el Velo Blanco se Tiñó de Rojo

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8. Una madre amorosa después de la tormenta, luz entre las grietas

El tiempo se deslizó en silencio, y pasó un año entero.

En la sala de la mansión An, el sol de la tarde caía suave sobre la alfombra de terciopelo. An Yilin estaba sentada en silencio en un rincón del sofá, sosteniendo sin mucho interés un libro abierto por la mitad, con expresión serena. En este último año había mejorado un poco: al menos ahora sonreía al mirar a los gemelos, y les remetía con cuidado las mantas cuando dormían profundamente.

Sin embargo, aquella capa de cristal que la separaba del mundo seguía ahí, intacta. Era como si interpretara el papel de madre, sin haber logrado, en realidad, entregarle su alma a este mundo.

Hasta que, aquel día, ocurrió el cambio.

An Yuning, de un año, mientras aprendía a caminar, tropezó sin querer con el borde de la alfombra y se raspó la rodilla; el dolor le enrojeció los ojos de inmediato, y las lágrimas brotaron sin control. Cayó sentada al suelo, su cuerpecito se tambaleó un par de veces, y casi por instinto extendió ambos brazos hacia la figura del sofá, con un llanto infantil, urgente:

—Ma... mamá...

Aquella voz, apremiante y suave a la vez, cargaba la dependencia más pura y directa.

An Yilin, que hasta ese momento se había quedado mirando fijamente la página del libro sin verla en realidad, en cuanto oyó aquel «mamá», sintió como si una fuerza invisible la golpeara con violencia. Aquellos ojos, siempre vacíos, temblaron con intensidad en ese instante, y sus pupilas se contrajeron de golpe.

Ella no era una extraña.

Ella era la madre de esas dos criaturas.

Esto no era cuestión de «no poder superar la tristeza», ni una excusa de «no tener ganas de hablar». Era su hija, llorando, sangrando, llamándola. Lo que la niña necesitaba no era una sombra eternamente silenciosa, eternamente escondida en la oscuridad, sino una madre de verdad: alguien que la abrazara, que la consolara con ternura, que corriera hacia ella en el primer instante en que se hiciera daño.

Aquel bloque de hielo acumulado durante todo un año en su pecho, en ese instante, dejó escapar un leve crujido, como si empezara a resquebrajarse.

An Yilin se puso de pie casi de inmediato y avanzó a paso rápido. Se arrodilló sobre la alfombra y estrechó entre sus brazos a la pequeña An Yuning, que sollozaba entrecortadamente. Las manitas de la niña todavía temblaban, sus lágrimas empapaban la tela sobre el hombro de su madre, y aquel llanto se le clavó en los tímpanos, despertando de golpe su corazón, dormido durante tanto tiempo.

Abrazó a su hija, apretando poco a poco los brazos. Al bajar la mirada hacia aquella pequeña vida unida a la suya por la misma sangre, los ojos de An Yilin por fin empezaron a enrojecerse, gota a gota.

De pronto comprendió que ya no podía seguir así.

No podía permitir que su hija, en la edad en que más necesitaba a su madre, solo recibiera un cascarón sin calidez. Ella era la madre; debía aprender a levantarse, aprender a hablar, aprender a amar, aprender a ser el puerto seguro donde sus hijos pudieran refugiarse sin miedo.

—No temas...

Aquellas dos palabras cayeron de sus labios con la voz terriblemente ronca, pero sorprendentemente clara.

No fue un gesto mecánico: fue la primera respuesta que, tras un año de silencio, le daba a este mundo. Por fin comprendió que no estaba condenada a vivir solo dentro de la pérdida; todavía tenía a esas dos criaturas.

A partir de aquel día, An Yilin de verdad «despertó» un poco.

Empezó a acercarse a sus hijos por iniciativa propia. Antes, era la niñera quien los llevaba hasta ella para que los cargara por costumbre; ahora, en cuanto veía a los gemelos gatear demasiado lejos sobre la alfombra, extendía la mano de forma casi instintiva para atraerlos de vuelta hacia sí.

An Yuchen era tímido con los extraños, pero se pegaba a ella de un modo especial. Cada vez que se caía y, aguantándose, se negaba a llorar, limitándose a acurrucarse contra ella y murmurar un apagado «mamá», An Yilin se inclinaba con ternura y revisaba con sumo cuidado la herida, y en sus ojos por fin aparecía un destello de concentración propio de una madre.

An Yuning lloraba con facilidad, pero también reía con facilidad. Bastaba con que se aferrara al borde de su ropa para que las lágrimas se detuvieran al instante, como si, mientras estuviera en sus brazos, el mundo entero fuera un lugar seguro.

Todos esos cambios diminutos, la familia An los veía con sus propios ojos.

Shen Tinglan siempre la observaba de lejos desde la puerta, con una sonrisa teñida de un alivio agridulce; An Jingche, cuando pasaba de vez en cuando por la escalera y veía aquella figura en la sala abrazando a los niños, sentía que la frialdad en el fondo de sus ojos se suavizaba por un instante; An Jingchuan, al volver a casa después del trabajo y encontrar a su hermana ya no convertida en un cascarón vacío, sentía que aquella piedra que oprimía su corazón por fin caía al suelo.

Ji Yunshen también observaba todo esto.

Durante este año, la frecuencia de sus visitas a la mansión An no había disminuido, pero el lugar donde se colocaba iba avanzando, poco a poco, hacia adelante.

Antes, solía detenerse en la puerta o en el pasillo, y en cuanto comprobaba desde lejos que ella estaba bien, se marchaba. Ahora, se sentaba a resolver asuntos de trabajo en el sillón individual algo alejado del lugar donde jugaban los niños, y de vez en cuando, al levantar la vista, sus ojos se posaban en ella sin poder evitarlo, solo para mirarla un instante más.

Esta vez, An Yuning se había raspado la rodilla y lloraba desconsoladamente. An Yilin corrió hacia ella casi por reflejo, la sentó sobre su regazo y, mientras le pegaba una tirita de dibujitos, la consolaba en voz baja: —Si duele, llora, no pasa nada. Mamá está aquí.

Aquella voz era muy suave, muy sincera.

Ji Yunshen, de pie en la puerta de la habitación, al oír aquel «mamá», sintió que el pecho se le estremecía con violencia. En ese instante tuvo la sensación intensa y real de que ella de verdad se estaba esforzando, esforzándose por convertirse en una madre.

Cayó la noche, y los niños ya dormían.

En la sala solo quedaba encendida una lámpara de pie. An Yilin estaba sentada en el sofá, con un boceto de diseño que llevaba mucho tiempo sin tocar entre las manos, deslizando la punta de los dedos despacio sobre el papel.

Ji Yunshen se acercó y dejó con suavidad, sobre la mesa, un plato de manzana ya pelada.

—Ten cuidado de no volver a olvidarte de comer —dijo con un tono neutro, como quien menciona una nimiedad de lo más común.

An Yilin levantó la vista hacia él. Esta vez, su mirada ya no era tan vacía, ni tan distante. Se quedó en silencio unos segundos, y luego tomó un trozo de manzana y le dio un mordisco, tranquila.

Fue la primera vez, en todo ese año, que ella aceptaba sus atenciones frente a él como una «persona verdaderamente viva».

Ji Yunshen lo tenía perfectamente claro.

Ella todavía no estaba lista para enfrentar el amor; apenas acababa de recuperar el valor para ser madre. Pero para él, eso ya era suficiente.

Ella avanzaba hacia adelante, y a él solo le hacía falta seguir su ritmo, sin empujarla, sin presionarla.

Mientras ella siguiera avanzando, él estaba dispuesto a acompañarla siempre, esperando juntos a que amaneciera.