El Corredor de los Mil Años: Cuentos de la Cultura China

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Capítulo Nueve: Compañía

Tras el gran raspado, Wang Erlang comenzó a repintar desde lo alto de la cúpula. Sin embargo, aun teniendo solo dieciocho años, no lograba soportar el dolor y la rigidez en el cuello y los hombros que le producía mantener la cabeza levantada durante tanto tiempo, sumado a que el pigmento le goteaba una y otra vez sobre la cabeza, los ojos, el rostro y la ropa; cada cierto tiempo, Wang Erlang tenía que detenerse a descansar un momento. Además de estirar y darse golpecitos en el cuello y los hombros, tenía que escurrir constantemente un paño para limpiarse el pigmento de la cara y los ojos, o de lo contrario no podría abrirlos ni seguir pintando.

Al principio, cuando terminaba de limpiarse la cara, la joven le tendía su propio odre; más tarde, cuando apenas podía abrir los ojos, la joven escurría el paño y se lo acercaba directamente. Él, tras un instante de asombro, lo tomaba; el paño sobre su rostro le resultaba de una frescura que le llegaba hasta el alma. En cuanto terminaba de pasárselo, la joven recuperaba el paño lleno de pigmento, lo restregaba limpio en el cubo con sus delicadas manos, y volvía a tendérselo...

Wang Erlang no sabía cómo describir el alboroto de aquel pequeño ciervo que le brincaba en el pecho de pura alegría; al principio sentía cierta timidez, pero poco a poco fue acomodándose a disfrutar de aquel placer sereno y dichoso. Nunca se daba cuenta de cuándo bajaba la joven del andamio a cambiar el agua, pero cada vez que le tendía el paño por primera vez, el agua era siempre clara y limpia.

Y lo mismo ocurría con el cubo de la orina.

Jamás dejaba que acumulara más de dos meadas antes de que la joven volviera a dejarlo limpio. Sumados los tres cubos de "agua" que se usaban para mezclar los pigmentos, la joven siempre los mantenía, en el momento justo, en su estado más limpio.

Wang Erlang se sentía un tanto culpable; ya fuera agua u orina, sumado al peso del cubo de madera, ir y venir por el andamio no era tarea fácil. Pero la joven nunca se quejaba; tendiéndole el paño, tendiéndole el agua, formaba una calidez silenciosa, acompañando día tras día a Wang Erlang a través de aquellos días tediosos y arduos sobre el andamio.

Más aún, en una ocasión la joven le indicó con un gesto que se pusiera el paño limpio sobre el cuello y los hombros; al principio no entendió por qué, pero al hacerlo descubrió que el paño que le entregaba la joven no solo servía para limpiar, sino que también aliviaba el cansancio y calmaba el dolor.

Wang Erlang quedó sencillamente pasmado...

Miró el paño sobre su hombro, y luego a la joven, incapaz de decir palabra durante largo rato.

En realidad, tampoco solía hablar mucho; el arduo trabajo de pintar no le dejaba mucho tiempo libre para la charla, y además, por haber vuelto a empezar desde cero, el retraso acumulado no le daba, en ningún caso, derecho a conversaciones sosegadas.

Y la joven también hablaba poco; desde el primer día que llegó a aquel andamio, rara vez abría la boca, y cuando lo hacía, era siempre breve y directa. Pero su compañía era, en cambio, algo real y palpable; la vida cotidiana de ambos sobre el andamio se había fundido en una sola, no en dos. Cada mañana, en cuanto Wang Erlang entraba en la cueva, su mirada se dirigía sin falta hacia lo más alto del andamio, y al ver la silueta de la joven sentada allí, balanceando las piernas, sentía que aquel día tenía algo que esperar. Pensaba en silencio que, en cuanto terminara el trabajo que tenía entre manos, le preguntaría sin falta a la joven cómo se llamaba y dónde vivía su familia.