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«¡Pum!»
Del establo, situado en la parte de atrás de la granja junto al río Meuse, llegó un estruendo considerable. Cooper, que estaba viendo la televisión, se levantó de un salto del sofá; se quedó paralizado unos segundos, y al instante siguiente su sorpresa se transformó en furia. Cogió la escopeta y la linterna que tenía sobre la mesita y salió disparado de la casa.
«¡Os voy a hacer papilla, malditos lagartos!»
Cooper atravesó el patio de la granja, poblado de sombras de árboles en la noche; el alboroto que llegaba del establo no cesaba. Mientras maldecía, cargó el arma y avanzó furioso hacia el establo.
El establo estaba construido cerca del río, con una entrada delante y otra detrás: la de delante se abría para que las vacas salieran a pastar, y la de atrás para que fueran solas a beber agua. De vez en cuando algún ternero se caía al agua, pero eso siempre había sido cosa menor. En cuanto a los caimanes, durante la gran sequía de 1962 más de una decena de caimanes moteados, hambrientos, treparon hasta el establo y devoraron a dos terneras; en 1996 se perdió una vaca adulta. Pero esta vez las pérdidas eran todas de reses adultas. ¿Le habían tomado gusto?
En algún momento, el alboroto se había apagado, y solo se oía algún mugido esporádico. Cooper aminoró el paso, algo desconcertado; aquel silencio le producía inquietud y desasosiego.
Miró hacia el establo: la puerta delantera estaba intacta, así que sin duda habían entrado desde la orilla por la puerta trasera. Cooper aligeró el paso y rodeó el establo hacia atrás, dispuesto a cortarles la retirada a los caimanes y acabar de una vez con aquellos comensales glotones. Llegó a la parte trasera del establo; en aquella noche sin luna, apenas podía distinguir la escena en la oscuridad con ayuda de la linterna. Desde la orilla hasta el establo, el suelo estaba cubierto de barro blando y resbaladizo, con un gran rastro sinuoso de agua y lodo que se adentraba directamente en el establo. Hasta ahí, todo era igual que días atrás, pero, esta vez, la valla recién puesta esa misma mañana, y también la puerta trasera, estaban hechas pedazos.
«¡Maldita sea!»
La confusión y el desasosiego se esfumaron de golpe; una furia absoluta le llenó la cabeza a Cooper. Con una mano sostenía la linterna y la culata del arma, y con la otra la empuñaba en alto, entró en el establo.
Las reses mugían y bramaban asustadas, pero esos sonidos no llamaban tanto la atención como el crujido de huesos triturados y el golpeteo de algo contra el suelo que venían del fondo del establo. Cooper barrió el lugar con la linterna de un lado a otro: el rastro de agua y lodo se adentraba hacia el fondo, pero ahora se le sumaban manchas de sangre roja fresca, y el aire estaba impregnado de un hedor metálico. Cooper no pudo avanzar más, porque bajo la luz de su linterna había una gran extensión lisa de color amarillo tierra, salpicada de manchas azules en forma de bloques; aquella cosa estaba devorando a bocados enormes a una de sus vacas.
«¿Qué demonios es esa co...?»
Antes de que terminara la frase, algo le golpeó en el tobillo; con aquel líquido viscoso resbaladizo, Cooper cayó sentado al suelo, y el rifle y la linterna, que por el susto no sujetaba con firmeza, se le cayeron de las manos. Y aquella cosa se abalanzó sobre Cooper.
La linterna, caída en el suelo, rodó media vuelta e iluminó el establo; ante su luz solo flotaba el polvo suspendido en el aire, mientras los gritos desgarradores y las escenas de sangre resonaban una y otra vez en la oscuridad, sin cesar.