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El Sheriff expresó apenas una pesarosa condolencia superficial por lo ocurrido a Cooper, y después se enfrascó largo rato con Hugo en el tema de las finanzas del pueblo, porque su primo el alcalde probablemente no podría sacar ni un centavo; y si las cosas seguían así, era muy posible que Cooper sacara a relucir también las cuentas pendientes de antes y exigiera que el concejo se las pagara todas, con lo cual la cifra de la indemnización podría multiplicarse varias veces. Y si el problema de la reserva convertía en costumbre que la granja de Cooper recibiera compensaciones, no solo el alcalde actual saldría perjudicado: también el próximo alcalde —es decir, el propio Sheriff, ya predestinado a ocupar ese sillón frente a mí— vería afectadas las finanzas de su mandato. Y de qué manera.
«Entonces, ¿qué sugiere el señor alcalde... perdón, el señor Sheriff, que haga?»
«El de siempre: sigue calmando a Cooper.» El Sheriff lo dijo con auténtico fastidio. «Y deja ya de pincharme, ¿no tengo ya bastante de qué ocuparme?»
«Sí, sí, claro, si tomarse un café, leer el periódico y escaparse al pueblo de al lado con la excusa de arreglar el coche para ver a mujeres cuenta como "ocuparse de algo", entonces desde luego que está muy ocupado.» Pero estas palabras Hugo se las guardó para sí mismo.
«Clac.» La puerta de la oficina de la comisaría se abrió de golpe. Era una mujer de mediana edad; Hugo la reconoció al instante: era la señora Brown, que vivía cerca de la reserva.
«Buenas noches, eh, señora, aunque ya ha pasado nuestro horario para recibir denuncias, ¿en qué puedo ayudarla?» El Sheriff cambió de tema y se deshizo en atenciones con la señora Brown. Hugo sonrió con desdén: que un futuro alcalde ni siquiera supiera poner nombre a la cara demostraba lo poco que le importaba este pueblo.
«Sheriff, esa es la señora Brown» —Hugo tosió a propósito—, «vive cerca de la reserva.»
«Gracias, agente Hugo, gracias por el recordatorio. Señora Brown, ¿qué la trae por aquí tan tarde?»
«Señora Brown, ¿qué ha pasado? ¿Y su marido? ¿Ha venido usted sola?»
«Sheriff, Hugo, mi marido está ahora en el río. Mi hijo Joey no volvió a casa ayer después de clase. Mi marido, el hijo y la hija de nuestro vecino, el señor Louis, y yo hemos pasado todo el día buscándolo por la orilla, y no hemos encontrado ni rastro de él...»
Hugo y el Sheriff se miraron; a ambos les vino a la mente aquella manada de caimanes moteados tomando el sol perezosamente sobre el banco de arena. Caimanes de no más de tres o cuatro metros, ¿podrían haberse comido a tres vacas y a un estudiante de secundaria en una sola semana? Quizá una manada entera sí sería capaz, pero el tiempo de los últimos días no parecía propio de estación seca; ¿tan escasa estaría la comida?
«Señora Brown, ¿cómo ha venido hasta aquí? Tengo entendido que su familia solo tiene un coche, ¿no?» Hugo se puso el abrigo.
«Kevin, el hijo del señor Louis, venía al pueblo a recoger a su padre, que estaba borracho, y me trajo en su coche para aprovechar y poner la denuncia. Pensé que cuantas más manos ayudaran, más fácil sería encontrarlo...» La señora Brown había palidecido; parecía estar pensando en algo funesto.
«Sheriff, ¿le importa si llevo a la señora Brown a casa en el coche patrulla y de paso echo un vistazo por la orilla?»
«¿Por qué no?»
«Bien, entonces, ¿le dejo a usted el papeleo de la denuncia?»
El Sheriff se quedó un instante desconcertado. «Eso es un trámite menor, ya lo rellenas cuando vuelvas, o mañana, no hay prisa. Ve, ve.»
Hugo cogió las llaves del coche y salió de la comisaría.
«Este viejo zorro, hasta para rellenar un impreso de denuncia le da pereza.» Hugo se sentó al volante y masculló esto antes de que la señora Brown subiera al coche.