Crónica de la Niebla

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(1) El Maestro Nueve-Cuatro

La niebla flotaba densa entre las montañas, los pájaros del bosque trinaban sin cesar; en aquella hondonada del monte Kunlun, la tierra concentraba toda su gracia y su esplendor. En un pabellón junto al agua, dos hombres jugaban una partida de wéiqí; el de mediana edad, de unos cuarenta años, se rascaba la cabeza y se mordía las uñas, sumido en una angustiosa meditación, hasta que, por fin, dejó escapar un suspiro y, juntando las manos en señal de respeto, dijo: «El dominio del maestro sobre el juego es excelso, y su pensamiento, singular y profundo; este torpe Xu apenas alcanza a vislumbrar una fracción de ello.»

«El Señor Xu me halaga en exceso.» El Maestro Nueve-Cuatro bebió un sorbo del té que tenía junto a la mano, con gestos pausados y sin apresuramiento, de una elegancia y una nobleza innatas.

«El curso actual de los asuntos del mundo es, precisamente, como esta partida: aunque parezca intrincado y de difícil solución, aunque esté lleno de trampas y ardides imposibles de discernir, siempre se puede, hebra por hebra, deshacer el ovillo hasta hallar una salida.»

«Este Xu se halla sumido en la confusión; ruego al maestro que me ilumine.»

Aunque, en apariencia, Xu Cheng se sentaba a jugar con el Maestro Nueve-Cuatro, en realidad venía a pedirle consejo. El maestro tenía un rostro de rasgos apuestos y una gracia etérea, ajena por completo a las cosas vulgares del mundo mortal. Un año atrás, herido, había ido a parar allí sin proponérselo, y al contemplar el porte de aquel hombre —el espíritu tan claro como el agua de otoño, los huesos tan finos como el jade—, se había quedado mudo de asombro: ¿de veras existía en este mundo una figura semejante? Se había curado allí sus heridas durante diez o quince días, sin llegar a saber el nombre del maestro; solo recordaba que, la primera vez que lo vio, lo oyó murmurar una frase: «Nueve-Cuatro: Puede saltar hacia las profundidades, sin reproche.» Por eso lo había llamado desde entonces «Maestro Nueve-Cuatro». Más tarde, al maestro también le pareció bien aquel nombre, y así lo llamó desde entonces, sin cambiarlo jamás.

Aunque el maestro tenía el porte etéreo de un inmortal taoísta, su constitución era, sin embargo, frágil como el sauce, incapaz de resistir el frío ni el calor. En los ardores del verano el sudor le perlaba la piel como jade líquido; en los rigores del invierno no se separaba jamás de su capa de piel de zorro ni del brasero encendido. De vez en cuando se le oía toser un poco, pero siempre respondía con una sonrisa: «No es más que un viejo achaque; no os preocupéis.»

Un día, al ver al maestro jugar una partida contra sí mismo, Xu Cheng lo observó sin apartar los ojos: ¿no sería, acaso, un ser inmortal? ¿Cómo podía, jugando contra sí mismo, desplegar una partida tan llena de vuelcos, tan capaz de sobrecoger el ánimo? Él ni siquiera lograba seguir el hilo. Pero, aun así, alcanzó a percibir algo de su sabor, y su corazón quedó rendido de admiración ante el dominio del maestro; le suplicó entonces que le concediera alguna orientación. El maestro, al ver su ansia sincera de aprender, lo consintió en silencio, y unas veces lo dejaba observar la partida a su lado, otras jugaba con él; cuando surgían dudas, él las respondía. Aunque el maestro nunca escatimaba sus conocimientos, Xu Cheng a menudo se sentía como perdido entre una espesa niebla.

Xu Cheng era, en aquel tiempo de confusión general, el caudillo de un ejército que también aspiraba a disputarse el dominio de las Llanuras Centrales; se preciaba de dominar las dieciocho artes marciales, y su destreza en el wéiqí tampoco era desdeñable, pero descubrió, para su sorpresa, que siempre hay quien supera a los mejores, así como siempre hay un cielo más alto que otro cielo. La maestría del Maestro Nueve-Cuatro en el tablero era, sencillamente, algo poco común en este mundo; y aun si existiera algo semejante en alguna parte, él jamás lo había encontrado. Así que quedó atrapado por completo en aquella fascinación, y, incluso curado ya de sus heridas, no lograba resignarse a marcharse. De no haber temido que su ejército se inquietara al quedar sin cabeza que lo guiara, ¿cómo habría estado dispuesto a partir? Su gran ejército acampaba al pie del monte Kunlun, de modo que, aunque bajaba a reunirse con sus tropas, tuviera o no asuntos que atender, subía luego a pasar dos días junto al maestro.

Era ya pleno invierno, y la nieve caía copiosa; el maestro llevaba puesta su capa negra, y en el pabellón junto al agua ya ardían dos braseros de carbón. Xu Cheng, curtido por largos años de campaña, era de constitución fuerte y robusta, de figura tosca; un solo brasero le habría bastado, pero con dos el rostro se le encendía por completo y el sudor le corría a chorros. No quiso beber del agua que se calentaba en el pequeño hornillo, sino que fue hasta el estanque esmeralda, rompió a golpes la superficie ya helada, y, a la fuerza, recogió trozos de hielo para llevárselos a la boca y aliviar así el calor sofocante.

¿Qué achaque antiguo padecería en verdad el Maestro Nueve-Cuatro, para tener el cuerpo tan débil y temer tanto el frío? Pero el maestro hablaba poco; salvo cuando enseñaba y explicaba el arte del wéiqí, a menudo pasaba el día entero sin pronunciar palabra, de modo que Xu Cheng no sabía absolutamente nada sobre su origen ni su familia.

Y era precisamente aquella rareza lo que despertaba en él una curiosidad todavía mayor. Aquel aire de nobleza innata, que el maestro llevaba consigo desde su nacimiento, hacía que incluso él, que abrigaba en su corazón la ambición del trono, sintiera hacia el maestro un cierto temor reverencial.

«Ruego al Señor Xu que saque aquel mapa de la situación del mundo que consultaba ayer.»

Xu Cheng se quedó desconcertado un instante. En efecto, el día anterior había examinado con detenimiento un mapa de la situación del mundo, trazado por sus subordinados, cavilando sobre cómo salir del atolladero en que se encontraba, sin hallar ninguna estrategia satisfactoria. Varias facciones llevaban ya mucho tiempo enfrentadas en un punto muerto, sin que ninguna se atreviera a moverse imprudentemente; lo que más temía era que, como la mantis que acecha a la cigarra sin ver al pájaro que la acecha a ella, terminara cayendo, sin darse cuenta, en el destino de verse atrapado entre dos frentes. Así, sin poder hacer otra cosa que lamentarse en vano mirando al cielo, había guardado el mapa entre los pliegues de su ropa interior, con el rostro abatido.

Nunca imaginó que el maestro se hubiera fijado en ello.

«Las aspiraciones del Señor Xu no son pequeñas, y además lleva en el pecho un corazón compasivo hacia los sufrimientos del pueblo. El que hayáis llegado a esta Hondonada de Mingshan es ya una muestra del destino que os une a este Nueve-Cuatro; este humilde os prestará gustoso mi ayuda.»

Al oír aquello, Xu Cheng se sobresaltó profundamente, y quedó como petrificado durante largo rato, sin lograr recobrar el sentido.

Él no le había dicho nada de todo eso: ¿cómo podía el Maestro Nueve-Cuatro haberlo comprendido todo?

Y aquella hondonada de paisaje tan hermoso, ¿se llamaba la Hondonada de Mingshan? En más de un año que llevaba viniendo allí, solo ahora lo sabía.

Xu Cheng, algo turbado, sacó aquel mapa de la situación y lo extendió sobre la mesa.

El Maestro Nueve-Cuatro, sin la menor vacilación, extendió el dedo y señaló una vasta región marcada en el mapa. Era aquel bosque en el que nadie, desde tiempos antiguos, se había atrevido jamás a entrar: en su interior, la espesa sombra de los árboles velaba el sol y flotaban miasmas venenosas, y quien lo tocara moría al instante. Precisamente porque aquel bosque bloqueaba el avance del ejército de Xu Cheng, este se sentía profundamente angustiado. Si rodeaba el bosque por su perímetro exterior, el tiempo perdido sería enorme, y sin duda el enemigo advertiría el movimiento; por eso se encontraba atrapado, sin poder avanzar ni retroceder, sitiado por su propia angustia.

«Atravesando este espeso bosque, podréis coger a vuestro rival totalmente desprevenido; para cuando todas las demás facciones se percaten de ello, ya será demasiado tarde, y el Señor Xu podrá avanzar sin obstáculos hasta disputar el dominio de las Llanuras Centrales. Este es el camino que exige menos sacrificios, y el que estabiliza la situación con mayor rapidez.»

Xu Cheng abrió los ojos de par en par, mirando al Maestro Nueve-Cuatro, y murmuró: «Pero este bosque está lleno de miasmas venenosas, y ningún hombre puede entrar en él; de no ser así, este servidor no se habría visto obligado a cavilar hasta el agotamiento, sitiado por tal angustia.»

«Que el Señor Xu no se aflija.» El Maestro Nueve-Cuatro retiró la mano, tosió suavemente cubriéndose con la manga, bebió un sorbo de té, y solo entonces prosiguió, pausadamente: «Este Nueve-Cuatro tiene allí a una vieja amistad; hace ya muchos años que no la veo, y la echo mucho de menos; ya era hora de que fuera a visitarla. Esa vieja amistad, sin duda, podrá ayudar al Señor Xu a resolver este problema.»

¿Acaso aquella vieja amistad del maestro no era un ser humano? De otro modo, ¿cómo podría habitar en aquel bosque, y encima ayudarlo a resolver semejante problema? Xu Cheng se quedó con la boca abierta, tan pasmado que no lograba cerrarla; por su mente desfilaron muchas ideas y conjeturas, pero no se atrevió a pronunciar ninguna en voz alta.

«Este Nueve-Cuatro puede acompañar al Señor Xu de regreso al campamento; que ordenéis a todo el ejército avanzar en silencio y a marcha forzada, y que me llevéis primero a mí hasta el linde del bosque; el grueso del ejército acampará después junto al bosque, a la espera de noticias de Nueve-Cuatro.»

Xu Cheng volvió a sentirse asombrado; comparado con su parquedad habitual, el maestro, hoy que por fin hablaba, lo hacía con una precisión sorprendente: aunque no había mencionado tácticas concretas de disposición de tropas, demostraba conocer a fondo el arte de dirigir un ejército, con un mando sereno y un plan ya trazado de antemano en su mente. Pensando de nuevo en la maestría del maestro en el wéiqí, se preguntó si no sería también un consumado estratega.

Al pensarlo así, a Xu Cheng se le iluminó el semblante de alegría: quizá aquel largo estancamiento pudiera al fin desatarse con la ayuda del maestro. Y así, siguió sus instrucciones al pie de la letra.

Nueve-Cuatro llegó ante el Bosque de la Niebla y descendió del carruaje; la nieve acumulada en el suelo era ya muy espesa, y las copas de los árboles estaban también cubiertas de un blanco resplandeciente: aquella escena le resultaba dolorosamente familiar. En aquel entonces, con el pretexto de recuperarse de las heridas del látigo, había descendido a escondidas hasta el Bosque de la Niebla, y había visto a aquella muchacha que tanto amaba correr hacia él, radiante de alegría; sorprendido y feliz a un tiempo, recordaba que también entonces caía una nieve tan copiosa como esta. Pero ahora el paisaje seguía siendo el mismo, mientras que las personas ya no eran las mismas; no pudo contener un largo suspiro.

Xu Cheng bajó apresuradamente del carruaje y tomó un paraguas para protegerlo de la nieve que caía a raudales por todo el cielo.

Que el maestro, con su cuerpo frágil y enfermizo, tan sensible al frío, hubiera renunciado al calor abrasador del brasero solo por él, y se aventurara a entrar en el bosque en pleno rigor invernal... En realidad, aunque Xu Cheng sentía hacia el maestro una confianza inexplicable, no dejaba de albergar también una honda preocupación.

El maestro ya de por sí era frágil y enfermizo: ¿cómo podría soportar aquel frío atroz y aquellas miasmas venenosas?

«Que el Señor Xu aguarde con paciencia mis noticias.» El Maestro Nueve-Cuatro se lo advirtió con voz suave, y, sacando del pecho de su túnica una píldora, se la puso en la boca; tomó el paraguas y, paso a paso, echó a andar hacia lo más profundo del bosque.

Cada uno de aquellos pasos le costaba un esfuerzo extraordinario; en doscientos años, no había pasado un solo día sin desear volver a este lugar, pero ya no conservaba el elevado cultivo ni el poder mágico profundo de antaño. Había sido el Anciano Mu quien, por propia iniciativa, había intervenido en el asunto: en la Ciudad Yan le había revelado que en una hondonada del monte Kunlun existía la Hondonada de Mingshan, donde la energía vital de la tierra se concentraba con singular pureza, envuelta en un aura inmortal, propicia para nutrir un alma; y que, además, la protegía una barrera inmortal tendida por el propio Anciano Mu, capaz de ocultarla incluso de la percepción del Soberano Celestial. Le había entregado también la Píldora Reunificadora del Alma, con la orden de ponérsela en la boca en cuanto notara que algo iba mal, para que su alma, que ya había comenzado a dispersarse, pudiera reunirse a tiempo y regresar a la Espada Jinete del Dragón, donde sería nutrida con cuidado.

La Espada Jinete del Dragón había transportado a su dueño hasta la Hondonada de Mingshan, y él había permanecido dentro de ella durante más de cien años del tiempo humano, hasta poder recobrar su cuerpo de inmortal. Solo que, al carecer ya del sostén de su cultivo, apenas se distinguía de un mortal cualquiera. Peor aún: los seres celestiales, por naturaleza, no sufren ni el frío ni el calor, pero él, con su energía vital consumida hasta el límite, sintió por primera vez el frío y el calor, y los sufría incluso con más intensidad que un mortal acostumbrado a ellos. Sin su cultivo, tampoco le servía ya el paso veloz de los inmortales, y no le quedó más remedio que, como cualquier mortal, adentrarse paso a paso en el Bosque de la Niebla, soportando además el tormento de las miasmas venenosas; solo gracias a que el Anciano Mu le había dado también la Píldora Protectora contra el Veneno, pudo emprender este «camino en busca de su esposa».

La nieve arreciaba cada vez más dentro del bosque; aunque Xu Cheng le había preparado un calentador de bolsillo, ¿de qué podía servirle realmente? Incluso refugiado en la Hondonada de Mingshan necesitaba varios braseros para resguardarse del frío; aquel pequeño calentador apenas podía ofrecerle un consuelo simbólico. Tenía ya la mano que sostenía el paraguas completamente entumecida, y el cuerpo le temblaba levemente, pero no quiso retroceder: había llegado hasta allí con tanto esfuerzo, ¿cómo iba a rendirse tan fácilmente?

A aquella muchacha por la que había cambiado su propia vida no la había olvidado ni un solo instante, en más de doscientos días —cada uno de ellos peor que la muerte, cada uno tan largo como un año—; solo que, hallándose en un estado tan lamentable, tan apremiante, tan desvalido, se había visto impedido de emprender antes el camino hacia ella.

El suelo nevado estaba resbaladizo, y cada paso se volvía más difícil; avanzaba con sumo cuidado, lo cual reducía aún más su velocidad. Al final, sintió todo el cuerpo entumecido, y sus sentidos comenzaron a debilitarse uno tras otro. La pequeña superficie del paraguas no bastaba para detener los copos de nieve que lo azotaban furiosos desde todas direcciones, y le golpeaban como agujas que se le clavaban en la piel; y, lo que era peor aún, empezó a sentir el pecho oprimido, la cabeza pesada y los pies ligeros, y todo comenzó a darle vueltas ante los ojos.

Eran los signos del envenenamiento.

Cuando ya no le faltaba mucho para llegar a la cabaña, sintió que la vista se le oscurecía por completo.

¡Esto no debería estar ocurriendo! ¿Cómo podía la Píldora Protectora contra el Veneno que le había dado el Anciano Mu resultar tan poco eficaz? ¿Cómo podía haber perdido su efecto tan pronto?

Pero, en ese momento, ya no tenía fuerzas para pensar más; debía perseverar, la cabaña estaba ya ante sus ojos. Y así, dio, aturdido, unos diez pasos más, hasta que, por fin, sin poder sostenerse, se desplomó sin sentido...

Y en cuanto a Anu, aquellos doscientos años también los había pasado en un estado suspendido entre la vida y la muerte. Desde que Hemuda la llevara de vuelta en brazos a la Corte Asura, el Anciano Mu había dicho que su propio poder mágico, abundante en su interior, había protegido todo su cuerpo, de modo que, salvo por la herida infligida por la daga Qian, todo lo demás se hallaba intacto y sin daño. Pero las heridas del cuerpo son fáciles de curar, mientras que las del corazón son difíciles de sanar, y ni siquiera él podía hacer nada al respecto. Así, una vez cicatrizada la herida, ordenó a Hemuda que llevara de nuevo a Anu al Bosque de la Niebla, para que se recuperara allí con calma. La Reina, tras la muerte en batalla de sus tres hijos, y viendo a Anu también entre la vida y la muerte, había llorado hasta agotar sus lágrimas; con el corazón lleno de resentimiento hacia el Rey Asura, se había marchado también, presa de la ira, al Bosque de la Niebla, para acompañar a su hija, negándose a regresar a la Corte. Al verlo, Hemuda tampoco se atrevió a regresar solo, y optó por quedarse también en el Bosque de la Niebla; más tarde, Xiaoyi adoptó también forma humana, y cuidó de Anu con una atención todavía más esmerada.

Con los tres reunidos de nuevo, el tiempo parecía haber retrocedido seiscientos o setecientos años, a la época en que el Anciano Mu llegaba al Bosque de la Niebla y los tres estudiaban juntos. Pero, por desgracia, el tiempo pasa deprisa y los buenos momentos no duran para siempre; ahora ya nada era como antes. Durante el primer centenar de años, Anu se negó por completo a despertar; por muy preciados que fueran los remedios que le administraban, nada lograba hacerla volver en sí. Hemuda, por su hermana, mandó preparar una cómoda tumbona, y todos los días la llevaba en brazos hasta el pasillo, para que tomara un poco de sol. La Reina colgó bajo el alero un carillón de viento, con la esperanza de que su hija, incluso sumida en aquel sueño profundo, pudiera oír el tintineo claro y alegre de las campanillas; quizá, algún día, aquello lograra despertarla.

Durante aquel centenar de años, la Reina no dejó de llorar; de tanto llorar, la vista se le debilitó, y en su cabellera negra llegaron a aparecer, a fuerza de lágrimas, algunos cabellos blancos. No fue hasta el regreso de Xiaoyi que este logró curarle los ojos, y solo después de que él le advirtiera, ella redujo un poco la frecuencia de su llanto.

Al fin y al cabo, por mucho que llorara, los hijos ya fallecidos no regresarían; por mucho que llorara, su hija tampoco despertaría.

Pero quizá aquellas lágrimas sirvieran de algo, pues, con el tiempo, Anu comenzó a tener momentos de lucidez, aunque breves, y con la mirada vacía. Aquellos ojos violeta, antes tan radiantes, habían perdido ya toda alma, convertidos en un estanque de aguas muertas; sostenía entre las manos el colgante de jade que Ziyuan le había regalado en su día, y se quedaba absorta, mirándolo sin ver. De vez en cuando, intentaba murmurarle en voz baja «Ziyuan», pero, como era de esperar, nunca obtenía respuesta; entonces lloraba, y cuando el llanto la agotaba, volvía a caer en un sueño confuso, poblado de pesadillas incesantes. En todo el Bosque de la Niebla nadie se atrevía a consolarla, pues sabían que sería en vano: Ziyuan había cambiado su propia vida por la de ella, y se había disuelto en polvo de luz ante sus propios ojos; ¿cómo podría ella dejarlo atrás con facilidad?

Hoy Anu acababa apenas de despertar de su sopor, y, como de costumbre, sacó el colgante de jade y lo sostuvo en la mano; pero notó en él algo extraño. Desprendía un calor tenue, un calor que fue pasando de lo apenas perceptible a lo completamente evidente, tal como había ocurrido en aquellos tiempos en que, guiándose por aquel colgante, había seguido a Ziyuan hasta el campamento militar.

«Ziyuan... Ziyuan...» Anu no podía creerlo. ¿Cómo era posible? Ziyuan llevaba doscientos años ausente; ella lo había llamado a través del colgante, a modo de simple consuelo, sin obtener jamás respuesta alguna; ¿cómo podía el colgante, de pronto, empezar a arder?

¿Entonces Ziyuan no había muerto? ¿No se había disuelto por completo en el vacío?

¿Había venido Ziyuan?

Anu se incorporó de golpe de la tumbona, y, como enloquecida, comenzó a gritar el nombre de Ziyuan por toda la cabaña, hasta que acudieron corriendo la Reina, Hemuda, Xiaoyi y Xing'er, todos con el rostro incrédulo, pensando que Anu volvía a desvariar entre sueños; al fin y al cabo, nadie sabía ya cuántas veces, en su aturdimiento, había llamado a Ziyuan; ya ni siquiera se podían contar.

Nota: «Nueve-Cuatro» se refiere a la cuarta línea yang del hexagrama Qian en el I Ching (Libro de los Cambios), cuyo texto dice: «Nueve-Cuatro: Puede saltar hacia las profundidades (淵/yuan), sin reproche.» Significa «acumular fuerzas mientras se espera el momento oportuno».